Hace diez años me sorprendió la noticia de la muerte de José Agustín Goytisolo, un día sonriente de primavera, en pleno campo. Fue un aldabonazo en la espalda. No le tocaba todavía y, al principio, a pesar de que afirmaban sin dudarlo que se trataba de un suicidio, yo creí la versión de Ton, su mujer, de que probablemente resbalara mientras arreglaba un desaguisado de la persiana que llevaba tiempo molestándole. Ton lo decía porque le venía bien creerlo, supongo. Yo también lo creí. Los suicidas siempre dejan un rastro de culpa y dolor en los que se quedan sobre el asfalto más tiempo.
Suspendida su vida aquella tarde de marzo, quedó espacio infinito para las lucubraciones. Muerte poética la del suicida, algo dura pero poética. Ofelia flotaba en las aguas rodeada de flores tal como quedó en el cuadro prerrafaelita. A Mishima se le recordará como un g
uerrero, altivo y bello, en lo alto del edificio desde donde se lanzó al vacío. Hasta el frasco de pastillas rodando por el suelo, debajo de la mano que flota fuera de la cama sugiere una muerte poética. El ser humano busca desesperadamente poesía en la muerte porque sabe que no tiene ni maldita la gracia.
De JAG quedan poemas de verdad. Fue maltratado por sus contemporáneos: Barral le llamó "Lerroux de la poesía", envidioso como Salieri del poeta gigante frente al aprendiz de poeta que era el editor. Para lo único que sirven estas conmemoraciones es para buscar entre el polvo de la biblioteca y abrir las páginas de algún libro de JAG, regustar los poemas, los más conocidos, en voz alta; los menos, bisbiseando o para los adentros de cada quien.
Leed al poeta. Que no vuelva a morirse. "Porque la vida ya te empuja, como un aullido interminable..."

De JAG quedan poemas de verdad. Fue maltratado por sus contemporáneos: Barral le llamó "Lerroux de la poesía", envidioso como Salieri del poeta gigante frente al aprendiz de poeta que era el editor. Para lo único que sirven estas conmemoraciones es para buscar entre el polvo de la biblioteca y abrir las páginas de algún libro de JAG, regustar los poemas, los más conocidos, en voz alta; los menos, bisbiseando o para los adentros de cada quien.
Leed al poeta. Que no vuelva a morirse. "Porque la vida ya te empuja, como un aullido interminable..."