miércoles, 7 de diciembre de 2011

Boletus y endrinas para el otoño

Endrinas, membrillos y tres bellotas del camino
He reanudado los paseos diarios por el campo. En los alrededores del molino, el paisaje se ilumina cuando el sol pega contra las hojas que aún resisten de las viñas: carmesí y gualda, sepia y glauco, blancos diversos y sienas... Aunque en ocasiones el viento corta el cutis, aún se dejan los caminos patear por los espigadores de frutos de otoño, como yo. Aunque novata en este deporte, me había prometido no dejar pasar noviembre sin cosechar una buena cantidad de endrinas con vistas a hacer un buen pacharán. Hay por casa un orujo añejo, tanto que ni sé cuánto tiempo lleva ahí, que está pidiendo buena compaña. Un año ya hice la prueba con Marie Brizzard y no me salió malo. Seguramente es una herejía lo que hice, de modo que este año seré más ortodoxa.
Ya de paso, en otro paseo, muy intencionado, ya que fui pertrechada de cesta, cuchillo y guía de micólogo, me adentré en el bosque para comprobar si, en efecto, este año era mal año de setas. Me temo que así es. Las pocas lluvias y su tardanza en caer cuando cayeron, han ocultado las setas, aunque los hongos estén bajo tierra preparándose para el año próximo, o eso espero. Con todo, llegamos a reunir unos cuantos bolets de bou, como los llaman en esta parte de Cataluña, que, mirando en mi guía, parecen unos boletus piperatus, no muy apreciados pero que se dejan comer. Claro, nada que ver con los edulis deliciosos de los bosques de robles y hayas. Espero que tampoco con los llamados "mataparents", a los que se parecen. El caso es que, tras verificación fehaciente por Pere Sagués, mi vecino, que es quien sabe de esto y de la caza del jabalí, los he cocinado y congelado en bolsitas para guisos invernales.
El licor aún no lo he hecho. Tengan en cuenta que tardaré de dos a tres meses en dejarse probar. Ya iré contando. Vale (despedida latina).
Los bolets y unas carnets que me dio Sagués, encontrados en La Mata.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Es un cielo Madrid, y sonríe

Palacio de Cristal, en El Retiro
Querido Molino:

te escribo desde Madrid. Estoy en un hotel de la Gran Vía y, aunque la calle es ruidosa, las ventanas de mi habitación paran el bullicio para que no me moleste. Está genial Madrid, tan animada, tan incansable. Como hormigas, la gente no para quieta en su deambular presuroso para hacer recados, llegar a tiempo a una reunión, buscar la salida más conveniente del metro, preguntar por alguna dirección. Cuando cae la noche y se enfría la calle, iluminan Madrid las caras de los que quieren tomar una copa entre amigos o ver una buena película, asistir a una obra de teatro, en algún teatrito de los cientos que ocupan los rincones más ocultos, algún concierto, un recital de poesía, tal vez. Madrid se despliega en una enorme explanada que ofrece -como en el Rastro al que cantaba Patxi Andion- lo que quiera cada cual.
Esperando el metro cuando la huelga
Me gusta Madrid, donde el tópico de ciudad abierta se ajusta como un guante a la realidad, donde nadie te mira para incomodarte, donde quizás puedan pisarte el pie, sin querer, pero ya vuelven a pedir perdón, ofrecer el asiento en el metro, ceder el paso de una puerta... Y no a un señor mayor sino a cualquiera, a un chico de cresta, también.
No creas que debas sentirte celoso por lo que te cuento, Molinillo. Tú eres tan bonito que no se trata de hacer comparaciones. Solamente quería que supieras que Madrid me trata bien, me acoge y me ofrece una cara sonriente y esperanzadora. Nos viene bien eso, Molino, a ti y a mí. Por eso es bueno que lo sepas.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Al fin, la lluvia


Llueve sobre el estanque

El Molino bebe por fin el agua anhelada desde hace meses. Los kois saltan de un lado a otro del estanque de pura alegría. No ha sido mucha lluvia: han caído centenares de litros por todas partes pero aquí, apenas unas cuantas decenas. No importa; el Molino no es avaricioso, por eso ahora se siente tan feliz. Por la misma razón le ha dejado indiferente el debate acartonado que prepararon políticos y periodistas el lunes, 7 de noviembre, en televisión, muy al gusto norteamericano pero sin la brasa de los yanquis y con una puesta en escena pretenciosa y distante. Despilfarradora y fea.


Roca sobre azúl


Manca finezza en España para todo. Sin embargo, el Molino flota por encima de esa prosa malsonante de la carrera por el control de la miseria española. Es ligero como una pluma de golondrina. Cuando necesito liberarme del fardo que me machaca la espalda y me aplasta el corazón, me gusta escapar al Molino para que me contagie ese aire ajeno al plomo y al azufre que nos invade.
Es como abrir los ensayos de Montaigne, leer un poema de Antonio Machado, ver Qué bello es vivir o escuchar un aria de Mozart. La belleza está expuesta siempre a los ojos que saben mirar y a los oídos que escuchan con el corazón. Pero el empeño gigante de los aplastadores que pagan mal el trabajo, como en China; que rascan avariciosamente los bolsillos de los pobres para engordar sus panzas millonarias, como hace Alemania cuya deuda -superior a la española- la hace pagar al 1 por ciento (frente al 18 por ciento de la deuda griega).


El salto del Molino

Pero dejemos esto que suena inevitablemente a demagogia. Hasta en eso nos la tienen ganada.  La palabra, retorcida por pillos y sinvergüenzas. ¿Quién ha dado permiso para que sólo puedan dar la brasa los PP y los PSOE? ¿Dónde han preguntado al puto pueblo soberano si eso es decente? Seguiré votando fuera de la norma, desde luego. Les dejo estas fotografías del Molino para que se relajen.

lunes, 17 de octubre de 2011

Melancolía del adiós

Cae la tarde y se va la luz del día en el Molino. Con el otoño, se va también el calor de las horas de sol que se había acomodado entre nosotros sin importarle la estación otoñal. El jardín se apaga y gana el silencio todo el espacio, una vez que los pájaros deciden recogerse para la larga noche, bastante fría ya a estas alturas de octubre. El Molino se vende. Sus ocupantes, que amorosamente lo reavivaron y mimaron para que alcanzara todo su esplendor ya no pueden resistir más. Las cosas de los hombres, sus avariciosas ambiciones de tener más contra quien sea, han asfixiado las ilusiones de los habitantes del Molino.
                                                                                                               
Les gusta comer limones y naranjas
 El abismo de querer más sin límites, ser más guapo y más alto, más rico y más famoso. Tener más coches y más motos; más casas, palacios... Más aeropuertos fantasmas, más líneas de tren veloz que China, más miseria para el resto de la humanidad, no importa.

                                *****

Con lo bien que podríamos vivir los que preferimos ser ordinarios y silenciosos, pero felices. Buena música, buenos libros, buenos paseos. Amistad.
Guerrero y Emperatriz juegan despreocupados


Ojala que los kois sigan gozando de su gran charco, felices y ajenos a la crisis. Que la cuitada garza siga visitando el lugar en busca de su bocado favorito, los alevines de carpas, que los escarabajos rinoceronte, los nuncios de la muerte y hasta aquel gran capricornio que encontré una tarde de junio puedan seguir morando estos lugares. Y las vanessa atalanta y las limoneras y la bella antíope; y los pequeños y simpáticos chochines que gustan de anidar cerca del agua del estanque o los lúganos -algún polluelo he ayudado a recuperar su nido-, golondrinas y ruiseñores en junio. Que todos vivan en paz por los siglos de los siglos en el Molino. Ese es mi deseo.
La vieja Granja romana
Las casas y los árboles nos sobreviven. Sólo los animalillos y las plantas: budleyas, ailantos, fresnos y malvas, todos ellos se empeñan en seguir el ciclo de la vida para no dejar desolados los paisajes. Como mi alma en estos días. La vulgar prosa del dinero, el odioso afán mortal de hacer infelices a los demás, la pavorosa noche del hombre, no cesan de fabricar infelicidad por todo el mundo. También en el Molino.
El Molino se vende. ¿Quién querrá comprarlo? ¿Sabrá, quien se acerque a apoderarse de él, lo que encierran sus piedras, su agua, sus hierbas? ¿Querrá conocer la historia de sus habitantes, desde el siglo XVIII hasta aquí? ¿Qué hará con los atardeceres y las mañanas de gloria? Puede que los peces y los pájaros lo miren con curiosidad. Ellos son casi inmortales, como el Molino.
De pronto, con los pasos del verano aún sin borrarse del polvo -tierra sedienta desde abril-, se atisba el frío helador en el recodo del camino. Pintan bastos en todo el mundo. Una especie de vuelta a la edad media, con sus pestes y su miseria, su infinita tristeza, su desesperanza. Mi generación, y otras cuantas, nos habíamos librado de padecer una guerra. ¿Cuántas veces me lo habrá dicho mi padre que tuvo que combatir en una terrible? Que no os toque pasar una guerra, decía al contemplar nuestra desidia. Que no os toque una guerra. Y, mira por dónde, papá, nos ha tocado. Puede que no se oigan obuses lanzando proyectiles, ni bárbaros incendios ni haya millones de prisioneros, cientos de miles de muertos por el fuego enemigo. Pero muertos hay y habrá por falta de pan, por falta de aspirinas. No sólo en la pobre Africa.
¿Qué será del Molino, entonces? ¿Qué, de nosotros?
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viernes, 7 de octubre de 2011

Bodegón de otoño

Membrillos, caquis, tomatitos y uvas de mi huerta
A pasos de gigante se acerca el frío a la Conca de Barberá. Todavía podemos consolarnos con un tibio sol a mediodía pero no valen ilusiones: nos encaminamos al invierno, al frío, a las tardes minúsculas, las largas noches, las mañanas heladoras. La muerte de Jobs -que tenía apellido de santo pacienzudo- no ha parado la marcha de las estaciones. El ya no está aquí para verlo -de hecho, aquí no creo que haya estado jamás, viviendo como vivía en California-, pero el cielo se ha vuelto grisáceo, sopla un viento impío que hace volar las ramas de las palmeras y no apetece nada dejar el calor que emite la bombilla de la lámpara bajo la que escribo esto, para dar una vuelta. Hasta he tenido que meter en casa el semillero de acelgas y puerros para evitar que se queden tiesos. Ya lo exhibiré aquí cuando estén más presentables.
Kenia prueba refugios en todos los rincones. Regalé su cama de Ikea porque pensé que ya no le interesaba. Siempre dormían juntos ella y su hermano en un empeño que no podía ya repetirse porque son mucho más grandes que esa cama. Ahora parece reprobar mi decisión y me restriega sus apuros dentro de esta cesta que estudia minuciosamente para ver de sacarle algún partido.
Mientras esto escribo -al final, me he atrevido a caminar contra el frío viento de las narices- me entero por la radio de la concesión del premio Nobel de la Paz a unas cuantas mujeres de las que no se acuerda ni Santa Bárbara cuando truena. El Nobel de la Paz recupera su sentido este año. Mira que la han fastidiado veces.
Las juergas de las agencias de des-calificación de los países siguen, jaja, jiji, corre el champán que festejan a los tipejos que se están forrando, jiji, jaja. En España envejecemos sin remedio, se muere más gente que nace, los inmigrantes emigran a otros lugares, normal. Todo ello, dicho sobre un machacón fondo de música sobrante que contribuye a aumentar la inquietud y la sensación de malestar. Por suerte, empieza la retransmisión de un partido de fúmbol, así que puedo desconectar -clic- qué paz el silencio. Me retiro a practicar yoga. Yoga y silencio. A ver si recuerdo esta noche quedarme en silencio diez minutos (eso es difícil, ¿eh?) antes de dormir, como hace el Nobel de Literatura de este año, Tomás Transtörm. 

jueves, 29 de septiembre de 2011

Quién me mandaría a mí...

Cuando parece que el alma se llena de inquietud, las horas se escapan demasiado deprisa y todo lo que se ensaya sale mal o a medias, se impone algún ejercicio que ordene ese mal rollo capaz de arruinarte el día y hasta la noche.
Creo que fue por eso -aunque siempre digo que fue por la espalda- por lo que empecé a practicar yoga. Sobre todo, pranayama, ese conocimiento de la respiración que creíamos tener de nacimiento, como se tiene una peca o el pelo rizado. Ja.
Antes de que la furia me eleve varios centímetros del suelo o el mal humor me vuelva injusta conmigo misma en descalificaciones sin cuento, paro la marcha y tomo aire como si hubiera de nadar bajo el agua de la piscina cincuenta metros. Cuando parece que ya no me cabe más aire, sigo tomándolo. Asombra comprobar lo elástico de los pulmones. Y después, me quedo suspendida, sin exhalar ni un gramo, un par de segundos, para enseguida ir dejando escapar el aire, como si se tratara de un globo grande, al que sujeto por la boquilla con los dedos para evitar que salga disparado, revoloteando en eses furiosas. Aunque crea que ya no me queda ni una gota de aire en los pulmones, yo sigo exhalando como si tal cosa, hasta que, en efecto, parecen vacíos. Entonces, vuelvo a quedarme suspendida un par de segundos, para asombrarme otra vez con lo poco urgente que resulta el inhalar aire.
En fin; no es para contarlo, sino para practicarlo. El alma se serena. Había un programa en la tele de los 60 o 70 -cuando sólo había una tele y el adoctrinamiento embrutecedor estaba, por tanto, menos difundido- , al final de la emisión, que se llamaba así. Me gusta esa frase a la que descargo de toda obligación religiosa.
Mientras les cuento esto y escenifico mi pranayama para ustedes, Kenia, mi gata, me contempla silenciosa y quieta, como una pequeña escultura, sobre la mesa de la cocina. Ella es la serenidad con patas. Y nunca me cuestiona. Tiene un carácter permisivo pero seguro, exigente pero comprensivo. Me encanta esta gata.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Que llueva, que llueva

La Virgen de la Cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan, que sí, que no, que caiga un chaparrón con azúcar y limón, que se inunden los cristales de la estación (aunque creo que aquí, en realidad dice "que se rompan los cristales...", que acaso tenga más lógica; pero yo siempre decía "que se inunden").
Pero no llueve. En todas partes se moja la tierra devolviendo a las naricillas ese olor inconfundible y gozoso de la tierra mojada, aún caliente por las estribaciones del verano. Ha llovido en la Cataluña interior, pero el Molino ha vuelto a ser castigado sin agua. Así que la cascada que aparece en la fotografía está ausente y silenciosa.
La cosa no es una broma porque el río hace tiempo que se secó y hubo que salvar cientos de peces que se ahogaban sin agua (esto tiene gracia; son raros los peces, ¿no?). Ahora, tengo que entrar con botas de agua en el fango del estanque, descubierto por la sequía, para recolocar las macetas de nenúfares, lirios de agua, colas de caballo gigantes, calas, etc., que se habían quedado en dique seco y amenazaban con morirse. Dos veces al día, le quito a la hierba el riego para darle ese agua del pozo al estanque; así se evita que la evaporación vaya más deprisa en espera a que llueva.
Pero no llueve, y la melancolía propia de la lluvia de otoño se vuelve aún más triste por no poder sentirla. Es más triste no poder notar cómo los ojos se inundan de lágrimas por la emoción que produce la belleza de una música: la de las gotas de agua chocando con las hojas de los chopos, la tierra del bosque, las piedras del camino, el agua del estanque.
Sí; me doy cuenta de que me he pasado de rosca aunque no crean que me encuentro muy descaminada. Al fin y al cabo les hablo de sentimientos y éstos son siempre muy suyos, o sea, muy nuestros, de cada cual. Ya me entienden. Aunque, con esta sequía, dudo mucho que haya alguien ahí fuera. ¿Hay alguien ahí?

jueves, 15 de septiembre de 2011

El bancal se anima en verano

Habíamos dejado el bancal mudo y quieto, pero la vida sigue y la realidad se muestra muy animada en ese pedazo de tierra tan pequeño. Confieso haber dedicado poco tiempo al bancal, haber incluso olvidado regarlo más de una vez -gracias a que mi vecino de cultivo, Sergi, sí ha tenido la caridad de hacerlo por mí- con lo que lo he puesto en peligro, ya que algunos días de agosto han sido muy calurosos.
Ahí lo tenéis. Los rabanitos pasarom, comí unos cuantos muy fuertes y ricos, pero la verdad es que la cosecha fue pequeña -mea culpa, ya lo sé para la próxima vez-; sin embargo, la rúcula ha resultado generosa y resistente. Los escarabajos de la rúcula y yo estamos muy contentos con esta hierba tan rica que ha dado fruto todo el verano, con lo que las ensaladas en el molino han sido abundantes.
En agosto planté una tomatera de tomatitos pequeños, deliciosos, que ya ha rebasado el ecuador pero no para de producir. Cuando se pase del todo, pienso plantar acelgas y puerros. Se dice que son buenos para el invierno. Claro que soy tan novata que supongo que me quedan muchas meteduras de pata que perpetrar. Ya lo iré contando, por si interesa a alguien.
El invierno era una prueba dura ya que hay días en que se bajan muchos grados de cero. Supongo que me acordaré de proteger la cerámica con plástico. El invierno que viene será también para mí una prueba muy dura. Les dejo ahora, tengo que meditar para ver si recupero la respiración. nada grave; sólo importante.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Cosas hechas a mano

Este es un pan integral de nueces hecho por mí misma y una panificadora eléctrica. Ya no puedo hacer más porque la panificadora en cuestión era un préstamo y he tenido que devolverla a su dueño. Si se fijan en la fotografía verán que el pan -que estaba muy rico- salió con forma de cadena montañosa, de hecho, a mí me recordaba el perfil de Montserrat, cuando la saqué del molde.
Hacer pan es como hacer jabón, por ejemplo. Son cosas que crees que hay que comprarlas hechas hasta que alguien te explica cómo hacerlas tú misma. No se trata de dar ejemplo de ama de casa perfecta, tipo "We can do it", de ésas que acaban en un manicomio, por perfeccionistas. No. Se trata de supervivencia. En un mundo que avanza vertiginosamente hacia un concepto de progreso que nos conduce a la Edad de Piedra, lo mejor es aprender técnicas de supervivencia. A matar, ya aprende el resto del mundo. Nosotros, a vivir y dejar vivir a los demás.
Hace unos años, hice un jabón con el aceite que fui recolectando en una de esas botellas de plástico de cinco litros. Le añadí hojas de laurel picado y quedó de un suave color verde laurel con cierto aroma de laurel. No conseguí darle acabado de tienda, pero ¿qué falta hacía? Este año aún no lo he intentado, aunque ya tengo cinco litros de aceite usado para hacerlo. Probaré a hacer un jabón líquido para la lavadora o para la vajilla. A ver qué tal.


lunes, 22 de agosto de 2011

Un paseo por el cielo

Perseidas o Lágrimas de San Lorenzo
Llevábamos tiempo pensando en hacerlo pero, por pitos o por flautas, siempre lo hemos ido dejando para más tarde. Hoy, por fin, Gonzalo ha aparecido por casa y nos ha propuesto contemplar las estrellas, ahora que la luna ha dejado de brillar entera y luminosa y anda en rojo menguante.
Después de un rato de charleta estelar en la que nos hemos familiarizado con unas cuantas constelaciones, reunidos todos -y éramos un buen montón de amigos- alrededor de un buen cava y rico brazo de gitano (alguien tendría que explicar alguna vez por qué los gitanos tienen brazos tan ricos) en la gran sala que hace de cocina, comedor y cuarto de estar, de Diego, el gemelo de Gonzalo. Arriba, en la montaña.
Llegada la hora, nos pusimos en marcha encarando un camino pedregoso y oscuro, apenas alguna linterna, hacia el lugar abierto desde donde, tumbados en esterillas de goma, nos dispusimos al paseo con la mirada, por lo más alto de la bóveda celeste.
Allí estaban las dos osas y la estrella Polar; Casiopea y Andrómeda, Perseo y Pegaso, su caballo salvador; el gran dragón y el triángulo del verano, Altair, Vega, el Aguila, el Cisne... Qué pequeña me sentí, como siempre que camino de noche mirando hacia arriba, fundiendo mi mirada con las estrellas. Por eso, en el silencio nocturno sólo roto por el sonido de los grillos, compuse un viparita karani tranquilo, relajante, sostenido por la oscuridad. La magia surge de lo menos pensado. Hasta once estrellas fugaces contamos. Conté hasta diez antes de formular un deseo que beneficiara a alguien que yo quiero. Si ese deseo mío se cumple, seré regalada también por la generosidad de las estrellas voladoras. Mejor forma de egoísmo no conozco.

jueves, 4 de agosto de 2011

Las cosas que valen la pena exigen su esfuerzo y atención



Bajo los tilos

 Al fin me han arreglado la vieja Nikon. Abrigaba la esperanza de que no mereciera la pena hacerlo porque su pantalla es pequeña para mis ojos cegatos, aunque sospecho que -de haber sido así- pasaría mucho tiempo antes de comprarme otra, ahora que han bajado tanto de precio. No está el horno.
Me dijo el arreglador de máquinas fotográficas que se trata de un ejemplar de magníficas lentes (él dijo otra palabra que no encuentro y que me gusta más) y que, aunque el arreglo subía a 80 luros, me valía la pena. Así que le hice caso: adios al sueño de tener una cámara más pequeña pero con pantalla grandota.
Les pongo aquí una de las primeras fotos con la Nikon buena. Es un estanquito de agua potable del molino, al que se asoma un tilo que nació por su cuenta y riesgo -seguramente, plantado por los mirlos- hace unos pocos años. Su copa ahora se eleva más de dos metros y medio, quizás tres, y da una buena cantidad de tila, cuyo perfume resulta balsámico y tonificante a la vez. Me gustaría ponerles una foto de la tila seca, amontonada en el suelo, pero dudo que consiga hacerlo sin ayuda. Claro que siempre puedo pedir auxilio a una buena estrella que me acompaña en la distancia.




El arreglador de máquinas fotográficas es un personaje. Aficionado con pasión a la fotografía y a la observación del firmamento, hace fotos a las llamaradas del sol o a Orión si se pone a tiro. Me pidió que le esperara unos minutos, si no tenía prisa, ya que a esa precisa hora podría fotografiar a Venus antes de que la luz bajara demasiado. Aproveché que no llevaba dinero para buscar un cajero y asaltar mi cuenta corriente. También compré unas pastas de Valladolid en el colmado de cerca de Trafalgar, que tiene dulces de pueblo muy ricos y, de paso, envié una perdida a mi amiga Pilar, que vive cerca. Me contestó y subía a su casa a tomar un té de flor de Jamaica; me encanmta cómo lo hace.
A la vuelta, ya estaba el fotógrafo en su taller. Tiene el establecimiento -una casa vieja y limpia, a la que se accede bajando unos cuantos escalones, para sumirse en un espacio donde cámaras de distintos tipos y épocas tapizan las paredes, donde la madera y el vidrio abundan y un cálido silencio lo llena todo- un aire de cubículo privado de Merlín. Me sentía un ser privilegiado por estar allí charlando con ese hombre que tanto sabe y tan entusiasta es.
Me enseñó unas fotos que había tomado del sol unos días antes: pudo aumentar un detalle de las llamas que casi quemaban. Le detectamos unos lunares al sol: "Se está haciendo viejo", me aclaró. Y recordé, de pronto, la lección del libro de Geografía de primero de bachillerato en el que se hablaba de esas cosas. 
De modo que si tienen que arregalr una cámara, no duden en preguntarme a qué mago enviarla, en la capital de España. Les dejo este enlace porque la foto puede ampliarse y ver una parte del lugar.


martes, 19 de julio de 2011

Pensaba en la guerra, a la sombra de los chopos

Durante los tres años que duró la Guerra Civil, Veciana -el último harinero del Molí del Salt, desde donde escribo- llevó un diario en el que escribía lo que pasaba, lo que veía, lo que le contaban, lo que cavilaba en medio del desastre de la guerra. Después del 37, pensó que su diario lo comprometía y acabó destruyéndolo, pero pasados unos días decidió recomenzar, reconstruyendo, incluso, las páginas quemadas. Es un testimonio emocionante de un hombre humilde, audidacta, que se define como buen republicano y que cuenta también cómo le iba el oficio y el negocio a medida que la guerra avanzaba en Cataluña y en el resto de España. Su relato de las fechorías de los pistoleros anarquistas (cuánto siento tener que decir esto) es estremecedor. A estas alturas, nadie debe ignorar lo que pasó en Cataluña a causa de los excesos de los anarquistas. El diario llegó a mis manos, caligrafiado por él mismo, cuando ya había muerto. Me lo confió con mucho secretismo su hija. Estuve editándolo un año entero con el fin de que lo publicara alguna editorial española. Lo envié a varias, sin éxito. Se me ocurrió hacérselo llegar a la directora del Seminario de biografías y memorias de la Universidad Autónoma de Barcelona; me parecía el lugar perfecto. No obtuve respuesta siquiera. De modo que solamente dos o tres personas hemos leído ese documento que adquiere ahora relevancia por el aniversario del comienzo de esa guerra. 75º, ya.
Veciana cuenta que a menudo se dejaba acariciar por el aire fresco bajo los chopos del Molí, escuchando los trinos de los pájaros y se extrañaba de que a unos pocos cientos de metros la gente anduviera matándose, delatándose, haciéndose tanto daño.
Los españoles casi no podemos hablar de ello todavía sin que salgan sarpullidos y úlceras. Casi no dejamos hablar a los historiadores. Falta tiempo aún, o capacidad de perdón, o de acercamiento frío a los hechos. Reflexión falta y discusión educada.
Yo he traído esto aquí por dedicar un homenaje a Veciana que era un hombre bueno, un buen republicano, un hombre justo que cometió el error de saludar la entrada de Franco en Barcelona con alivio y alegría porque significaba el final de la guerra. Como tantos otros.

domingo, 3 de julio de 2011

Astynomia

Los griegos inventaron la democracia -algo precaria, pero luz y chispa de lo que ahora tenemos-. Su lengua subyace en la nuestra y en otras muchas más, con más base de lo que creemos: policía es palabra griega: el encargado de la polis, el que vigila por la polis. O, en palabras del deleznable Torrente: el que "apatrulla la ciudad". Pero los griegos se han portado mal, según han dicho los delincuentes habituales que firman con letras de oro las fachadas de sus edificios, cada vez más altos y más grandes. Ellos mismos, cada vez más gordos y más sinvergüenzas: las agencias de calificación, los dictadores de los mercados que condicionan a las democracias.
Ay, qué cansancio. Tanta lucha democrática para esto. Con razón dijo alguien que la libertad hay que mantenerla siempre bajo vigilancia: una palabra tan bella retorcida para beneficio de gentuza tan descerebrada.
Policía, la que vigila el bien de la ciudad, del espacio de todos, que protege a la gente de los abusos. En los escudos de los agentes del orden griegos lo escriben en inglés: police. Porque en griego dicen: astynomia. Ya ven, ellos lanzan la palabra y luego se descuelgan de ella para adoptar otra más propia que nadie excepto ellos tenga. Hellas for ever.

miércoles, 22 de junio de 2011

Helena, Elena, Yelena


Joan Manuel Serrat cantó una vez una canción que decía "ahora que tengo 20 años" y, pasados muchos años, otra que iba: "hace 20 años que tuve 20 años" y en este plan. Lo cierto es que, cuando hace 20 y hasta 30 años que tuviste 20 años, hay noticias que te trasladan por el túnel del tiempo a tus años adolescentes. Tal es la muerte de Helena Bonner, la viuda de Sajarov, el premio Nobel de Física, castigado por el régimen comunista soviético a quedar recluido en casa. El premio tuvo que recogerlo Helena -corría el año 1975- en Oslo.
Por alguna razón que sigue escapándoseme, Helena Bonner me cayó bien desde el principio, nada más ver su fotografía, sin saber nada de ella. Claro que debo confesar mi rusofilia inveterada, anque creo que eso ya lo he dicho alguna vez. Lo que leí después no me defraudó: una mujer cabal, valiente, generosa, elegante. Y ahora, ha muerto, porque se mueren incluso los mejores. A los tres años de edad comprendes que tienes que morir. Cuando muere alguien admirado por ti, te rebelas, reniegas, quisieras que no fuera cierto. Es el segundo descubrimiento de la muerte, el más duro. Vivía en Boston, una ciudad que existe gracias a una amiga que la habita también.
Pero el verano acaba de llegar; no le hagamos el feo de hablar funerariamente precisamente ahora que hay que limpiar la piscina. Invocaré a Helena para atreverme.

martes, 31 de mayo de 2011

Pepinoides

Manda carallo la que han liado las autoridades alemanas con los pepinos españoles a los que han acusado de ducharse con aguas fecales entre otras lindezas. Ahora resulta que los asesinos de 14 personas en Alemania, han sido verduras del norte de Hamburgo, exactamente como pasó hace diez años, también en la Locomotora de Europa. Jolines, ¿no?

Lástima que no encuentre la noticia para enlazarsela a ustedes.
Los agricultores andaluces están muy conyentos: sólo han perdido 200 € por semana, y creo que va por la tercera semana. Además, tampoco Austria va a consumir verdutras y frutas españolas. Ni Chequia, ni Rusia ni no séquiénmás. Pues que les den. Peor para ellos.
"Nos toman por moros", dice una gordita pastelera, encantadora y amable, por otra parte, con cierta pena. Pero ahora lo que toca es saber quién pagará los platos rotos.
Yo, los pepinos es que me los como con cáscara. Lavados, claro.

viernes, 20 de mayo de 2011

La Puerta del Sol está a la vuelta de la esquina

Así ha de ser. La protesta de los que no tienen miedo a perder o de los que protestan por aquellos que ni siquiera pueden o saben hacerlo quiere extenderse. Lo cuenta muy bien Chiqui en su blog. No es un fenómeno como el de Egipto y Túnez -como ha dicho el ex presidente sociolisto González- sino que ahonda en los males de la corrupción generalizada del sistema capitalista que tolera y hasta estimula comportamientos claramente delictivos para el enriquecimiento de los más listos, los más depredadores, los más insaciables, sin escrúpulos y detestables especímenes de la humana fauna. Esos que van empobreciendo cada vez más el mundo, desde sus vecinos de Cincinati a los habitantes de la aldea de Burkina Fasso que casi iban a recoger su cosecha cuando les cayó encima la dentellada de estas bestias de Wall Street o del infierno que sea.
Claro que hay rabia detrás de esta protesta, ¿qué, si no? Y sangre en las venas y vergüenza torera.
Londres, París, Roma, Lisboa, Berlín, ¿Nueva York? Con que, a mover el culo y a pensar con la cabeza. Porque no hay que dejarles dormir en paz. Porque la dignidad humana está en juego, ni siquiera se trata del trabajo que no hay de unos jóvenes españoles. Se trata de todos nosotros. Como dijo Primo Levy: "Si esto es un hombre..."

lunes, 9 de mayo de 2011

Resucitó

Se me ha ocurrido mirar otra vez la Nikon, sacarla de la funda y ver qué pasa. La última vez no pasaba nada y ése era el problema. Ahora, todo apuntaba a lo mismo. "Parece que me gusta darme disgustos", he llegado a pensar. Lo mejor sería tirarla al río y esperar mejores tiempos para comprar una barata y pequeña, de ésas que caben en el bolsillo y que tienen tropecientos mil píxeles o lo que sea. Pero he seguido manipulando, lo más suavemente que podía, aguantando las ganas de darle un puntapié a la dichosa máquina. He apretado la tapa del compartimento de la batería, que cedió desde el principio de usarla y ya tuve que llevarla a arreglar, sin éxito (tengo la desagradable sensación de que esto último ya lo había contado).
Cuando me disponía a guardarla de nuevo en su funda se ha iluminado. ¡Funciona! He salido pitando a fotografiar el bancal, mientras Sergi pasa la segadora por las hierbas de los frutales, no vaya a que se nos estropeen las manzanas este año. Y aquí está el resultado. He reparado en que ahora lo que falla es el visor cuando acerco la imagen, de modo que no responde la foto a lo que se ve en la ventanita y así, tanto corta la cara como parte las piernas del modelo. Una violenta.

miércoles, 27 de abril de 2011

Murió mi Nikon

Quizás, si en vez de una Nikon me hubiera comprado una Canon, que a fin de cuentas es un templo muy importante de Tokio, la cámara me habría durado más años. La compré hace unos diez años, tampoco es tan vieja, aunque su aspecto y lo pequeño de la pantalla contradigan esta idea mía. Al principio, creí que se trataba de la batería, pero no; me han asegurado unos que saben que la batería está bien. Cuando la meto en la cámara, ésta no reacciona de ninguna manera. Una vez sí lo hizo: sacó el objetivo y en la pantallita apareció un anuncio en rojo (no sé por qué carallo se empeñan en escribir cosas en rojo, un color imposible para los que vamos perdiendo vista): "Atención: batería agotada". De modo que le he dicho, sin miramientos (aunque mirándole a los ojos): "Atención: cámara agotada", de puritito cansancio de vivir.
¿Y ahora, cómo hago yo mis fotos?

jueves, 21 de abril de 2011

El aprendiz de mirlo



Anoche, cuando regresábamos de Barcelona, donde habíamos echado el día, nos encontramos con un pollo de mirlo a la puerta de la casa, acurrucado, junto a la madera; parecía una piedra. Los perros, que me seguían en busca de un trozo de mortadela -su premio favorito- ni habían reparado en él, por suerte.
Intenté llevarlo a un sitio seguro, sin que su cuerpecito se rozara con mi piel, pues los adultos lo rechazarían si llegan a percibir olor a humano, tengo entendido. No hubo suerte, el polluelo se deslizó por entre el tronco abierto de la vieja acacia y se perdió bajo las hojas de las violetas, a sus pies. No quise insistir porque sé que los terrícolas acabamos estropeándolo todo por muy buena intención que nos mueva. Fíjense, si no, en la ensalada de Libia (va con ironía).
Me fui a la cama un poco triste por la suerte que corriera el pollito de mirlo al tener que pasar la noche ahí fuera, sin la defensa de sus padres, al albur de culebras, búhos, gatos salvajes, mustélidos, ratas y otros habitantes de la noche. Por eso me llevé una grata sorpresa esta mañana, al verlo tan pimpante, quietecito en el suelo del jardín. Y mejor aún, esta tarde, al sorprender al mirlo ya sobre el poyete de la fuente, acompañado de un progenitor, haciendo malabares para acelerar las clases de vuelo. Bien, me dije; a veces la naturaleza es compasiva y compensa las tragedias producidas por la mano humana constantemente.
 En cuanto a mis actividades agrícolas, he de decir que mi bancal avanza despacio pero imparable. Ya he plantado semillas de apio, chirivías, rúcula, peregil y rabanitos. Lo he protegido con plástico para que los pájaros no se zampen las ricas semillas. De vez en cuando hay que abrir el plástico para que se ventile . Esta noche hay anunciada lluvia, de modo que he vuelto a taparlo. No quiero que la rabia del agua disperse las semilllas, apenas tapadas por un milímetro de mantillo. Pongo velas a Santa Rita para que salgo algo, aunque sólo sea peregil. Bueno, y chirivías. Mañana les pongo la foto que hoy se me ha hecho tarde.

sábado, 9 de abril de 2011

Las siete diferencias



La voz transparente de Kiri te Kanawa llena el espacio que va desde el jardin hasta el teclado de mi PC, como si ese timbre de ángeles se aliara con los rayos del sol, amagando entradas y salidas por las ventanas, en un juego propio de la siesta del fauno.

He querido fotografiar esas ventanas, la semisombra veraniega de la mañana, el aroma de las primeras lilas y peonias, la placidez de Kenia sobre mis piernas, el calor de su cabeza cuando roza mi brazo derecho, manos sobre el teclado. A Kenia le encantan las lieder de Strauss que suenan por Radio Clásica.

Ando a la espera de conocer el resultado del referendum islandés, pero me acabo de enterar de que no habrá resultados hasta el domingo por la mañana. No importa; no hay prisa.

Pero no me demoraré en esta entrega, porque me quedan lecturas varias de diarios y un catálogo de Xavier Corberó, de quien ya les tengo informados.

En cuanto al bancal, va despacio pero seguro.En esta foto, podrán comprobar varias diferencias con respecto a la fotografía anterior:
1. Como Sergi no está, la ventana de su cuarto permanece cerrada.
2. Hay más tierra en el bancal, ya casi lleno y protegido con plásticos para que no se me llene de hierbajos.
3. El pequeño huerto está rodeado por una malla para evitar que los jabalíes se zampen las plántulas (aunque en esta foto, aún no estaba acabado el corralito).
4. Que se ha tenido que talar el pino -buahh- porque amenazaba a higueras y casa.
5. Que he tenido que rodear con un alambre las cerámicas porque no me quedaron muy allá sólo con los pinchos de hierro, jo.
Y así.

Hombre, qué bien: ahora empieza una ópera bufa de Rossini.


martes, 29 de marzo de 2011

Un paseo y el bancal


Con la llegada de la primavera, a pesar de que los fríos se resisten a abandonar el campo de batalla (hum, no debería hablar así, tal como está el patio arábigo)lo que apetece es dar un buen paseo después de comer y de leer los titulares de los diarios. De modo que Luis y yo nos hemos animado a convertirlo en costumbre. Un día hizo un buen sol, el siguiente, nos mojó la lluvia y al otro, el viento resultó bastante desagradable, pero no hemos cejado en el empeño.

Así que, el día de sol me animé a cargar con mi vieja cámara. Pensé que podría merecer la pena, a pesar de que produce cierta pereza mental porque siempre piensas que ya lo has visto todo y que ese paisaje tan pateado y tan contemplado  no puede ofrecerte sorpresas. Es tan humano equivocarse constantemente...
El camino hacia el Carrigó, una especie de prado donde crece el cereal, resultó agradable. Buscábamos a Ana, una chica del pueblo que cultiva hortalizas ecológicas y las vende en su casa a quien quiera acercarse a comprarlas. Pero, Ana ya no está allí, nos dijeron. Está a punto de parir y se ha mudado. Vaya, me alegro por Ana pero adiós a mis lechugas ecológicas.

La cosa queda así: hay que acelerar el proceso de hacer un bancal cerámico para cultivar mis propias lechugas sin afeites químicos. Y en eso estamos. Os pongo una foto del estado en que se encuentra el bancal susodicho. Lo que no os podeis imaginar es cómo me encuentro yo tras hincar la horca decenas de veces, cargar la tierra, limpiarla a mano de hierbajos y rastrillar los noveles, por no hablar de colocar los rasillones de cerámica, sujetarlos con barras de hierro que hay que clavar en la tierra, etc. Huy. Qué bien me ha sentado soltar toda esta amarra.
Cuidado con la astenia primaveral.


miércoles, 16 de marzo de 2011

Tratar la adversidad

Llama la atención que las imágenes que nos llegan de Japón no estén salpicadas de gritos desgarradores, llantos que deforman las caras, gentes vociferantes que culpen al gobierno japonés de sus desgracias, ciudadanos que huyan en estampía hacia los aeropuertos: los que van en ese plan son occidentales. Hasta algún cadáver encontrado en la escalera de una casa, parecía descansar, dormido plácidamente, del ajetreo externo. Hay algo profundo, que dormita en el alma de los japoneses y que tiene que ver con su educación de disciplina y con sus creencias budistas.
Los españoles también tenemos creencias antiguas, cristianas, que, teóricamente, debieran ayudarnos en estos trances de dolor, pero nunca nos acordamos de ellas. Ni cuando truena, de Santa Bárbara.  Así que más bien montamos números ruidosos y agresivos ante las desgracias. Somos de otra manera.
Hace mucho, un pintor japonés excelente pintó una ola gigante -¿anuncio de tsumani?- entre cuyas salpicaduras podía verse el adorado monte Fuji. No por replicada deja de ser admirable esa estampa del Edo. La dejo aquí por ver si su presencia pudieran refrescar esos depósitos nucleares tan peligrosos, obra humana, de ahí lo temible.

lunes, 7 de marzo de 2011

Ya llega


Kenia tras los primeros narcisos de marzo
 Aunque bien puede ser una apreciación muy subjetiva, el invierno me ha parecido largo y duro este año. Creo que influye mucho el ánimo alicaído que produce la certeza de no poder escapar a la tormenta que provocan los poderosos psicópatas que gobiernan el mundo. El caso es que he pasado mucho frío en el molino. He tenido que racionar el gasto de calefacción y había días, cuando salía el sol, en que prefería salir afuera, a rastrillar hojas o a arrancar hierbas para entrar en calor. No voy a comparar este padecimiento con el de los habitantes pobres de Moscú, desde luego, pero aún así, he sentido mucho frío.
Por eso, el viaje a Etiopía ha sido un oasis de calorcito que no solamente le ha venido bien a mis pies y manos sino a mi espíritu. Igual que la gimnasia, la natación, las técnicas de Feldenkrais o de yoga ayudan a no hacerse daño, incluso a sentirse mejor a medida que pasan los años y sentirse peor es lo más fácil del mundo, de la misma manera, convivir en lugares donde la necesidad material es real y no un decir metafórico, resulta aleccionador y estimula la glándula simpática. O el nervio. O lo que sea.
Anuncia la primavera su llegada inminente en el molino y mi alma se apresta también al acontecimiento. Hay que prepararse. Este año me propongo construir un bancal pequeño en el que cultivar zanahorias, chirivías, espárragos, escarola, apio, tomates, fresas... Les iré informando, con fotos y todo. Quién sabe, quizás se acerque alguien de ustedes a probar las hortalizas. Creo que extenderé la alfombrilla para hacer unos cuantos saludos al sol. Sigan bien.

viernes, 25 de febrero de 2011

Hotel, dulce hotel

Desde niña. cuando era una lectora empedernida, imaginaba el ambiente y los colores de una ciudad descrita en una novela, no recuerdo cuál, ni siquiera su autor, porque a lo mejor se trata de varias novelas. Luz brillante y temperatura cálida, olor a flores, sombras apaciguadoras del radiante sol, cosas así. Y gente vestida de manera exótica, como los negritos que venían en productos como el colacao o en algunos paquetes de café. Ahora ya no los ponen: se ve que no es correcto.
De grande, leí un libro de Evelyn Waugh, que recomiendo: When the Going was Good, en el que cuenta algunas de sus andanzas como viajero en Africa. Y menciona su hotel, el Ras, de Addis Abeba. De modo que quise verlo, ya que existe todavía. De hecho, hay varios Ras en diferentes ciudades etíopes. Pero éste era el de EW. Conserva, dentro, un lobby anticuon, de tinte colonial, con lámpara de cristal en el centro del techo y sillones desfondados que alguna vez fueron confortables, alrededor de veladores cuya misión seguiría siendo la de sujetar tacitas de café si alguien lo pidiera. El suelo, de piedra hidráulica, con dibujos de flores en diversos tonos de blanco y negro. Sí, había aún ambiente en ese lobby. Ni intenté siquiera entrar en alguna habitación. Prefiero seguir imaginando.
Luego de un suspiro, mientras tiraba la foto con mi cámara-patata, salí de allí hacia otra cosa.

viernes, 18 de febrero de 2011

¿Qué habrá bajo la tierra de Etiopía?

Vendedor de parasoles en Addis Abeba/ EH
Cuentan los etíopes que sus reyes proceden del encuentro amoroso de la reina de Saba y el rey Salomón, cuando ésta -mujer de ímpetu viajero- fue a visitarle a su reino, Israel. El fruto de ese amor fue el rey Menelik que reinó con misterio y leyendas. Tienen muchas razones para estar orgullosos de su estirpe: la reina era célebre por su belleza y de tonta tampoco parece que tuviera un pelo. Etiopía es el único país africano que jamás ha sido colonizado. Los italianos lo intentaron, cuando Musolini, y la broma les salió cara. En Axum, vieja ciudad que ahora apenas vive de sus recuerdos, gracias a los arqueólogos y a algún viajero curioso, se conserva la que llaman piscina de la reina de Saba, donde acuden cada día las mujeres a cargar agua en bidones pesados, con que hacer la colada. Es la foto de abajo.

Sonrisa etíope/ EH

Axum es un paraíso envenenado para los arqueólogos. Sólo un 0,3 por ciento de sus riquezas han sido excavadas, de ahí lo de paraíso. Pero ni hay dinero, ni voluntad, ni ayuda de ningún tipo para continuar el trabajo de Helmut Zieger, muy anciano ya y cansado para seguir en el tajo, según me asegura Chane, el guía, que habla un esdpañol excelente, aprendido en sus años de estudios en Cuba.
Etiopía tuvo un régimen socialista tras el triunfo de Haile Mariam Mengistu al derrocar al Negus, al Rey de Reyes, Haile Selassie, en 1977. Admiro cuánto bueno ha hecho la Cuba de Fidel por el español en el mundo; me río yo del Instituto Cervantes.

Etiopía es un país misterioso; y, si bien pobre, su gente sonríe tan ampliamente que no parece que las riquezas sean tan necesarias para ser feliz. A ellos les vendrían bien buenos sistemas de potabilidad y transporte de agua, oportunidades para los jóvenes a fin de no pudrirse en el far niente no tan dolce. Dignidad en su pobreza ya la tienen de natural: una elegancia en el porte que hacfe olvidar al que contempla que son andrajos y no Armani los que visten sus cuerpos.
Qué intensa lección la que dan las gentes de Etiopía.

Mujeres en la piscina de la reina de Saba/ EH


viernes, 4 de febrero de 2011

DESDE ETIOPIA


Mercado de cat (hojas de mascar estimulantes de las que Etiopía es principal exportador), en Aweday.

Viajar a Etiopía es como abandonar los parámetros territoriales para

entrar en el tiempo de la Biblia, los días del Antiguo Testamento, por

las caras, los tipos, las cosas, las casas, los perros y las hienas.

Aunque Addis Abeba ha cambiado desde hace doce años cuando la vi por

vez primera, los altos edificios y los follones de tráfico no ocultan

su piel ancestral. Y eso es lo que me gusta. Eso y una gente que de

tan excelente parece también de otro tiempo.

Comparto con vosotros mi amor por Etiopía con estas fotos y el deseo

de que podáis visitarla algún día. Gracias, Chiqui, por tu mano amiga. 

Tiendecita de ultramarinos del mercado de Harar

Addis Abeba, ciudad de contrastes, tras una tormenta.










viernes, 21 de enero de 2011

Palabras, dicen

Galileo Galilei
Leo, bajo la amena sombra del templete del Molino, cómo menudean los chistes y comentarios en la prensa española a cuenta de los sueldos que dos ex presidentes del gobierno cobran por asesorar a dos importantes compañías de energía. Se trata de Felipe González, en Gas Natural, quien a su sueldo vitalicio de ex (80.00 €) añade otro de 126.500€. Algo semejante, José María Aznar, en Endesa. Debido a mi humana condición, no voy a negar cierto tinte de envidia  en mis palabras, aunque les aseguro que nunca he sido -y no voy a empezar a serlo a estas alturas- codiciosa ni avarienta en materia de dineros. Que lo digan los jefes que he tenido. Mi relación con el dinero no sobrepasa los límites de la necesidad y la resolución de pequeños problemas, se lo aseguro. Por si fuera poco, de pequeña yo siempre iba con la cigarra. Lo confirmé al dedillo tras la lectura del viejo libro de Clara Coria: El sexo oculto del dinero, que les recomiendo.
Los chistes y comentarios que he visto y oído tampoco llevan carga de mal de ojo o de terribles deseos a los afortunados receptores de tales sueldos. Pero sí, toneladas de melancolía. Especialmente en el caso de Felipe (¿se acuerda alguien de cuando todos le llamaban así?) Escribe Andrés Trapiello, en El Cultural de la semana pasada:  "Muchos simples recordarán acaso a la luz de un hecho tan humano como éste, los bellos y elocuentes discursos de aquel hombre, y dirán ahora, como Hamlet, "palabras, palabras, palabras." Pero a otros el ser simples no nos hace hamletianos: sabemos que hay palabras que no nacen del interés o del provecho propio. Y eso, por paradójioco que parezca, nos permite tomárnoslo todo con bastante humor, sin duda porque seguimos siendo pobres, quiero decir, libres". Y menciona luego a Pablo Iglesias y a Unamuno.
Sí, pobres, sin duda. Y libres para administrar nuestra pobreza. Que sigan los que predican riendo a mandibula batiente, en sus fiestas lujosas, ajenos al dolor de los demás. Siempre habrá algún Hamlet que, mirada en lontananza y a media voz, como Galileo ante el Tribunal de la Inquisición, nombre las cosas por la palabra exacta.

sábado, 15 de enero de 2011

Una lección vital

Rita Levi-Montalcini (Turin, 1909)
Han publicado un librito de Rita Levi-Montalcini, premio Nobel de Medicina (1986) por sus investigaciones sobre el cerebro humano. Descubrió una proteína, la NFG, que estimula el crecimiento de las fibras nerviosas. Una tontería. La doctora Levi-Montalcini es una mujer menuda de encendido pelo blanco, indómita desde niña cuando tuvo que ir oponiendo resistencia a todos los caminos que le iban marcando para que fuera buena niña y buena mujer, después. Ni lo uno ni lo otro, sin dejar de ser buena persona.
El librito en cuestión se llama "El as en la manga" (Crítica, 2010) y trata de juego, claro. El de la vida, el de cumplir años. "Los dones reservados a la vejez" es el subtitulo. Entra en materia científica en los meandros del sistema nervioso, y también en terreno creativo aportando ejemplos conocidos de las vidas de Pablo Picasso, Galileo Galilei, Bertrand Russell... La lectura es una experiencia parecida a la de paladear un bombón delicioso del que sólo se desea que no se termine todavía.
Su inteligencia le impide incurrir en paparruchas de corrección ni en vanas ilusiones de inmortalidad, pero infunde el optimismo propio de una persona admirable como es ella. Para que no valgan cuentos, abre sus páginas con estos versos de Yaerts:
"...el anciano no es más que un residuo humano,
 un vestido hecho jirones colgado de un palo, a
no ser que el alma dé palmas y cante, cante
cada vez más fuerte, por cada jirón
de su vestido mortal"
("An aged man is but a paltry thing./ A tattered coat upon a stick, unless/ Soul claps its hands and sing, and louder sing/ For every tatter in its mortal dress) Collected Poems of W. B. Yeats; MacMillan Publ. NY, 1933.

sábado, 8 de enero de 2011

La vida sigue igual

http://www.youtube.com/watch?v=SXh7JR9oKVE

Lo más chocante es que la gente trate de captar el momento con sus cámaras fotográficas en vez de disfrutarlo plenamente. Como si el sonido real y la emoción de estar en medio de eso pudiera captarse, "congelarse". Otra curiosidad es que, acabada y aplaudida la actuación, los contagiados se sienten tan tranquilos a terminarse la hamburguesa. Qué humanos que semos.

domingo, 2 de enero de 2011

Un nuevo año comienza

Me caigo de sueño y Dante, el gatazo negro, se empeña en subirse al teclado, de modo que tengo que luchar doble para escribir esto, pero no puedo dejar de hacerlo. Acaba de empezar el segundo día del año y no quería que el blog anduviera echando mano de ropa vieja. El 1 del 1 del 11 ha pasado y quiero decirles que lo estrené dando un buen paseo por el bosque, entre nieblas flotantes y la fragancia de la espesura de robles, castaños, pinos, chopos, hayas, cedros, abetos y hasta enebros, madroños y jaras. El silencio se rompía solamente con el crujir de hojas y ramas rotas que alfombran el camino: están limpiando el bosque de los desastres de la nieve pasada. El aprisco de refugio de las mulas que ayudan en las labores de limpieza, está ahora vacío, pero me han asegurado que regresarán. Animales mágicos y desconocidos, las mulas.
En el molino, unos cuantos hombres y mujeres jóvenes, que han llegado de Barcelona, lo pasan en grande organizando cenas y fiestas. Casan bien el silencio y la alegría de las risas y los cuentos que se cuentan. Fuera, en el frío del atardecer, la superficie del estanque permanece inalterada, ni una gota de viento. Los peces se refugian en el fondo, entre la vegetación y el lodo. Los pájaros ya se han guardado. Yo hago lo propio. Buenas noches.