viernes, 24 de diciembre de 2010

Una noche buena a todos

He ido a visitar los Durero -Eva y Adán- recién restaurados por Maite Dávila en el Museo del Prado. Junto a ella han trabajado arduamente los componentes del equipo del gabinete técnico fundado por Carmen Garrido y José María Cabrera, hace muchos años. Un equipo espléndido en el que figura también el carpintero que se ha hecho cargo del soporte de madera en el que Durero pintó esta maravilla.
Lo que choca es que al entrar en el espacio donde se encuentran las dos tablas, sea la espalda de las misma lo que primero se muestra. También ha habido mucho empeño en que la opinión pública crea que lo que merece la pena de ver es la recuperación del soporte. En ello algo tiene que ver un personaje polémico: el conservador de madera del Metropolitan Museum de Nueva York, George Bisacca del que se cuenta que puede vender a su propia madre si el negocio le sale rentable.
También se ha dado bombo y platillo a que la Fundación Getty ha financiado la recomposición de la madera, y sí, muy bien. Pero la gente no quiere ver la madera sino la pintura y la pintura está relegada a un segundo plano. Sean dadas las gracias al pillo Bisacca y a la espléndida Getty, pero ¿por qué los jefes del Prado han ninguneado a los magníficos profesionales del Gabinete Técnico del Museo del Prado que es uno de los mejores (y con menos medios) del mundo? Total, que si Dávila hubiera nacido en otro país, ahora sería reconocida por muchos. Pero ha nacido aquí, de modo que está deseando jubilarse para dejar atrás las mezuquiondades de la lucha por el poder en El Prado y en cualquier oficinilla oscura. Vanitas vanitatis.
Ante la insidia y la injusticia, lo mejor es dejar que la Navidad alumbre y caliente nuestras vidas, amigos.
Que sea así esta noche buena para todos.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Un encuentro fortuito

Poco acostumbrada como estoy a la civilización, la visita semanal a Barcelona se convierte para mí en una fiesta, una ocasión de pasear, mirar, buscar algo que me hace falta, como una cuchara de palo o un tirador de cajón. Hasta hay días en que me da tiempo de ver una película en el Alexandra, que es un cine que me gusta mucho. ¿Les he contado alguna vez lo que me pasó en el Alexandra, una mañana en que fui a ver "El gran silencio"?
Pues, ahí estaba yo, en primera fila, viendo ese film sobre el silencio, tomando como asunto la vida de los monjes trapenses de la cartuja de, vaya, se me olvidó el nombre, pero está, creo al norte de Francia, ¿o quizás, en Suiza? Es lo de menos. La película de Philip Groening,  dura más de tres horas, pero yo estaba preparada, después de un año intenso y fructífero en pranayama y meditación. Cuando transcurrieron los primeros treinta minutos, de pronto, me acordé. Pero, ¿seguro que no les he contado ya? Es que tengo la impresión de déjà dit. Pues sigo.
Por Dios bendito, ¡me había dejado la cacerola de legumbres en el fuego, en casa! Yo vivía ese año, hace cuatro, en Barcelona. Me subieron calores por el cuerpo hasta las mejillas, me puse en lo peor: se habrá quemado todo, estará ardiendo la casa entera, algún vecino habrá llamado a los bomberos... y así.
Sin embargo, espoleada por la rabia contra mi misma por el despiste, salí reptando de la sala para no molestar, en medio del silencio, y volé, más que corrí a pillar un taxi que me dejó en diez minutos ante mi casa:
-"No apague el motor. Salgo enseguida", dije al conductor. Subí de tres en tres los banzos de la escalera, abrí a la primera la puerta, entré en la cocina y todo estaba en orden, como si nada. Cerré la llave del gas y bajé a la misma velocidad, ante los incrédulos ojos del taxista que se disponía a encender un cigarrillo temiendo una espera medianita.
A los otros diez minutos, veinte en total, entraba al galope en el cine. Le empezaba yo a indicar al empleado lo sucedido cuando él mismo me invitó a entrar de nuevo:
-"Sí, sí. Ya la he visto a usted salir en estampía hace cinco minutos (¡!). Pase usté, pase", me animó muy amablemente. Y así lo hice. Volví a imitar a los indios navajo para no interrumpir con mi cuerpo la narración silenciosa que contemplaban montones de pares de ojos extasiados (la sala estaba a rebosar) y disfruté del resto del film como si nada hubiera roto la continuidad.
Pero, ¿por qué les decía esto? Humm, fuga de ideas, jo.
Ah, sí. Entré en Flash flash a comer, la tortillería que queda frente al Giardinetto, un bar de antiguas luces, que gustaba frecuentar la intelligentzia barceloní, y me encuentro con Rafael Argullol ante un bonito plato de verduras de colores. Sorpresa, beso, saludo, palabras y alegría por el encuentro después de tanto tiempo.
Comoquiera que este blog le debe al de Chiqui la existencia, me he visto en el deber de contarlo. Aunque tengo la incómoda sensación de que me he ido por los cerros de Úbeda, que son unas laderitas de monte bajo, muy agradables, por donde se perdían algunos parlamentarios del Forges, a menudo.
Todo, con tal de que ustedes lo pasen bien.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Sinsabores

He cometido un error que daña a una persona querida. Una tontería: he equivocado -incomprensiblemente- el paquete que debía traerle, de  modo que no podrá cumplir una obligación importante, como tenía previsto. ¿Habrá otra oportunidad para hacerlo? Lo desconozco. Me lo había recomendado tanto y yo estaba tan segura de que traía lo requerido que aún ahora, mucho después de reparar en el error, no puedo reconstruir el proceso del desaguisado. Desalentador que ocurra esto cuando tienes las pestañas quemadas del humo de mil batallas. Triste, tener que dar la mala noticia.
Es inevitable cavilar en la de veces que no se presta atención suficiente a las palabras de los otros. La de veces que no se produce una recepción del mensaje en el proceso de comunicación. Sólo la impresión de haber comprendido. En medio, múltiples interferencias que tienen que ver con el ruido ambiente, con la dispersión de las ideas -fuga de ideas, espetan los psiquiatras-, con la nebulosa configuración de la mente en el mundo moderno.
Una vez les conté que me gustaba fregar los cacharros a la hora elegida por mí, porque lo tomaba como un acto de meditación. Me pasa cuando recojo las hojas secas del otoño en el jardín, y en los paseos por el monte, o campo a través, del pueblo hacia el molino o del molino al pueblo. Me apabulla comprobar la de horas de meditación que me quedan para captar una molécula de realidad, un trozo de vida real. Tan inmersa en no sé qué mundo me encuentro.
Yo quería hablarles de las mulas y los muleros que trabajan estos días en el bosque, limpiando la madera en que la nieve pasada convirtió árboles enteros, grandes ramas de encina, pino, roble, chopo, cedro... Pensaba decirles que me gustan esos animales, mitad yegua, mitad borriquito, ojos grandes, oscuros, morro amoroso, corpachón protector. No necesito imaginarles un cuerno cónico y largo en medio de la frente para verlas como animales mitológicos. Quería brindar por ellas con ustedes, mientras las imagino, descansando en su aprisco de piedra y maderas, a la espera de otra mañana fresca, fragante, en que desperecen sus patas mientras arrastran troncos en el bosque.
Pero se me ha cruzado esa otra noticia. Ya ven cómo es de errática el alma mía.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Los fríos de Madrid, el calor del metro


Hacía un frío en Madrid de bigotes. El frío era de bigotes, no que Madrid tuviera bigotes esa tarde . Había quedado con mi hija en La Mallorquina, a merendar. Sólo si se es de fuera se puede cometer el error de quedar a merendar en La Mallorquina, ese café de la Puerta del Sol, frente a la salida del metro (o la entrada, según), cercado de vendedoras de lotería de Navidad. Pero yo me considero de fuera, llevo 4 años en el exilio, y quedé ahí.
 Tuvimos que esperar unos minutos a que se vaciara el puente -o sea, el salón de arriba, para mí como el puente de una embarcación- porque aquello estaba de bote en bote. Señoras que empezaban sus compras y señoras que terminaban sus compras; señores barrigudos que acompañaban a las señoras que acababan sus compras, damas solitarias que apuntaban la lista de regalos que tendrían que comprar y así, un largo etcétera, amigos.
Madrid se pone imposible por Navidad, tópico repetido ad livitum: imposible por Navidad. Y, naturalmente, "Navidad" se puede considerar ya este primero de diciembre. Manda carallo, cuando yo era chica ("ya estamos con la manía de regresar a la Prehistoria", oigo murmurar) Navidad empezaba más justo, cuando el clima estaba más en sazón, más ambientao y tal. Ahora, empieza cuando lo deciden los centros comerciales. Manda carallo. Yo, por eso, llevo varias navidades que no gasto un ochavo en Navidad. Es para fastidiar.
 No sé a quién: creo que al sistema, en general. El sistema está resultando bastante defectuoso, con sus crisis financieras, sus devastadoras operaciones especulativas, sus depredaciones varias, su condena a la miseria a masas de personas, su musiquita y su canesú. De modo que lo que en mis años de estudiante ("¡y daaaale!") era la consigna de todo progre que se preciara, hoy se ha vuelto obligación moral de quienes nos vamos dando cuenta, por fin, de qué iba esto, como dijo Gil de Biedma, muy querido por estas páginas.
Como mejor se puede chingar al sistema es dejando de consumir, amigos. No me refiero al pan ni a la leche de soja, ni al té ni a los tomates. Ya saben a qué me refiero: a descubrir el encanto de aquél jersey viejo que nuestra madre nos tejió con lanas recicladas de varios colores, tan chic que puede llegar a ser si una se lo propone; a aprender a apreciar esos zapatos arrugaos que dan calorcillo aunque avergüence un  poco llevarlos a un cóctel o a una vernisage de pintor en el candelabro. Siempre se puede optar por pasar del pintor del candelabro e ir a una expo de, pongamos por caso, Durero, al que ya no le importa cómo lleves los zapatos siempre que estén bien limpios.
Los japos lo llaman wabi shabi, o parecido: aprender a apreciar la belleza de lo viejo, algo roto, imperfecto, arrugadillo. Es asombroso lo que un ser humano puede afinar cuando dedica tiempo y esfuerzo a fijarse en lo que normalmente nos pasa desapercibido: los sonidos del silencio, por ejemplo. Y en ésas andaba yo, una vez despedida de mi retoña, por los pasillos del metro de Madrí, cuando el silencio de mis pasos sin charleta, de mis cavilaciones en medio del gentío apresurao de Sol, suenan unas percusiones molonas, africanas, chulis.






Ahí estaba él, Carlos, tocando su plastifón, un invento propio fabricado con botellas y cacharros de plástico reciclado de diversas formas y tamaños, bien ensamblados en una mesa baja como soporte. Qué sonido más bueno saca de ese amasijo ordenado de bidones. Me lo he traído aquí, después de una pequeña charla con él, de soltarle un luro y de desearle buena suerte. Un tipo que se las arregla para comer cada día en el subsuelo de la ciudad dura y amable que es Madrid.
Buena suerte a todos.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Un sueño africano, una pesadilla

Siempre me sentí muy orgullosa de ser africana. Cuando, de pequeña, en el colegio, me preguntaban por el lugar donde había nacido me las arreglaba para embellecer con imaginación las calles, ya de por sí encantadoras de mi Chauen natal. Cuando, a los trece, supe que podríamos mudarnos a la antigua Villa Cisneros la emoción me embargó durante unos días. Me despedí de mis compañeras de clase con la promesa de que les escribiría cartas estimulantes cargadas de exotismo y aventuras, personajes de novelas y animales raros. Pero duró poco porque mis padres decidieron que no aceptaban ese destino. Algún retazo de conversación había yo captado entre mi madre y mi tía Amparo, a la vuelta de un rincón del salón, en casa. "¿Imaginas la educación de tus hijas en ese lugar durante tanto tiempo? ¿Qué será de ellas?" Puede que sea mi calenturienta imaginación pero me quedó el sonido de esas interrogantes que sonaban amenazadoras. En mis sueños, una plaza con palmeras y algún tamarindo, sol de primavera y aroma de galán de noche. El color amarillo y el sonido de un español hablado con gracioso acento. Yo creo que se trata de Lima pero jamás he estado allá. Era un sueño recurrente que dejó de visitarme hace ya muchos años. Lima y mi idea de Villa Cisneros.
Ahora, hay sangre y fuego en el Sáhara donde las protestas se hacen en español, la lengua querida, la expresión de otro sueño que no pudo ser. El ogro sanguinario alauita aplasta a todo un pueblo de manera impune. Impide la entrada de periodistas: que no haya testigos. Muchos intereses de las naciones del mundo las mantienen calladas. El dinero no da tregua a las naciones. Ya no hay tiempo ni de disimular.
¿Qué va a ser de los saharauis? ¿Esperarán a ser abducidos por Marruecos o se lanzarán a una guerra civil? Morir matando, dice el bobo. Quizás no quede otra salida.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Hacia el Oriente, cuenta atrás

Estoy algo nerviosa ante un viaje largo que me tomará casi un mes fuera de casa y que exige de mí cierta preparación a la que no estoy dedicando el tiempo necesario. ¿Cómo es posible que un día tenga 24 horas, de las que solamente 8 las ocupo descansando, y no me dé tiempo a hacer nada? Es una pregunta aparentemente retórica y sin embargo confío en que un alma caritativa ensaye una respuesta que me haga ver la luz. Nada nada no es exacto, algo haré; me propongo siempre escribir las cosas que he hecho durante el día, aunque sean nimias, pero después no me acuerdo de hacerlo. O no me apetece porque estoy cansada. Pero, ¿cómo demonios puedo estar cansada si no hago nada en todo el día?
Como en los sueños, cuando las cosas no suceden como una quiere, se tuercen, se empeñan en volverse desagradables, así me van perturbando pequeñas cosas, tonterías, compromisos, obligaciones absurdas. Lo más fastidioso es que sé que preparar este tipo de viajes con el detenimiento requerido es la cosa que más me gusta. Me propongo hacerlo y, de paso, dejar de dar la lata a mi alrededor con la queja repetida.
Voy a Corea, con la intención de visitar el Paralelo 38º, y a Vietnam.
Es un viaje de trabajo, nada de turismo ni diversión. Bueno, la diversión es, precisamente, este tipo de trabajo. Me siento afortunada y agradecida a la suerte por poder hacer este viaje. Esto me trae inmediatamente a la cabeza esa canción de Violeta Parra, cantada por ella, con esa voz casi quebrada, suave, juvenil. Bella voz.
¿No les he dicho nunca que me encanta la voz humana? No todas, claro. Encuentro en el sonido de la voz humana los matices que me traen las mejores imágenes de lo divino y lo humano. Seguramente, lleva razón mi amiga Bhavana en que todos tenemos un destino escrito, un derrotero del que nada sabemos pero que se cumple indefectiblemente.No es determinismo, exactamente; es una especie de deriva acorde a nuestras características, nuestra personalidad que se va forjando a lo largo de los primeros años de nuestra vida.
Cuando era chica (como dice Chiqui), escribía cuentos. Una vez, escribí un cuento en forma de cómic, con dibujos que yo misma hacía, que se llamó: "La señorita de la radio". Recuerdo bien la vergüenza que pasé cuando ví que mis padres lo habían descubierto y que lo leían, encantados, un tanto sorprendidos de lo bien dibujado que estaba. Usaba las grapas del ABC, el periódico al que estaba suscrito mi padre entonces. "El ave que pasa por debajo de la puerta de casa". Me hacía polvo los dedos para clavar la grapa en las hojas del cuaderno donde escribía mis cuentos. No había esas pequeñas grapadoras que ahora son tan baratas. En una de aquellas limpiezas de verano que hacían historia, mi madre tiró los cuentos a la basura. Nada que reprocharle, que conste. Papelajos que atraían a las cucarachas, seguramente. Aunque confieso que ahora le echaría una ojeada con gusto.
Pasaron muchos años y entré en la radio a trabajar. Como si yo misma hubiera escrito mi destino. ¿No será que en aquel cuento infantil yo ya planeaba algo de mi propia vida? Por otra parte, mi madre nos entretenía, a la hora de la merienda, con la radio. Escuchábamos al "Zorro, zorrito, para mayores y chiquititos". Rueda por ahí uno de esos correos con anuncios antiguos de la radio, en el que sale la grabación de ese programa. Me dio un vuelco el corazón cuando apareció en mi PC. En la boca, un sabor a bocadillo de queso con membrillo. Humm...
Pero, ¿a cuento de qué les suelto toda esta historieta? Probablemente sea ésa la causa de que mi tiempo encoja tanto. Lo fácilmente que me enrollo, me entretengo, me distraigo, me lío, me enredo, me entusiasmo con miles de cosas distintas y dispersas. Puede que esa sea, precisamente, mi medida. Pues, si es así, se la brindo a ustedes. Os la brindo con gusto, amigos.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Los amigos y el sabor de las galletas



Avanza el otoño imperturbable, acompañado estos días de un fuerte viento que baja la temperatura y reemplaza por todas partes en pocas horas las hojas recogidas y quemadas la semana pasada. Lo bueno es que recoger hojas me gusta y me hace disfrutar del sol en la fría mañana de octubre. He pensado, mientras rastrillaba el suelo húmedo y perfumado, en una reciente visita de mis amigos de cuando entonces. Y se me han agolpado imágenes de aulas y pasillos de la facultad de Ciencias de la Información, hace treinta años, antes de que abandonáramos el campus de la Complutense.

Suenan campanillas, baila el rosal en el jardín, ladran alegres los perros, allá y aquí, tralará, tralaríííí.
Sonará a "moño" -como se dice ahora de lo sentimentaloide- pero aseguro que ha sido emocionante, aunque no tanto como para llorar en plan Desatinos al dejar la cartera ministerial. Carmelo, que fuera corresponsal en Washington para la 1, Adolfo, director de una prestigiosa revista médica, Pilar gran jefa de un alto organismo oficial de muchas páginas, José María, productor de lo mejor que se ha hecho en TVE (y algo de lo peor, probablemente, también), Cruz, supremo de economía en tierras de Oriente, grupo al que se unió Carmona para darle la sal andaluza que siempre es menester cuando se administra bien, como hace ella.
No es que no nos hayamos visto alguna vez en los madriles por el empeño de alguno para dar buena cuenta de platos merecedores de nuestro apetito, no. Pero es que el molino nos ha acogido a todos, en su seno, acunado en sus camitas, cobijado con su calor y premiado con sus despertares de bruma y sol, de agua y rosas (el vino ya nos lo pimplamos por la noche). Hacía mucho, mucho tiempo que no estábamos juntos tanto rato, discutiendo de qué escritor es digo de llevar tal nombre o de qué famoso artista dejó de serlo cuando dejó asomar su bigotillo facineroso. A qué director de periódico habría que pasar por las armas (bueno, a tanto no llegó la cosa, pero casi) y a qué periodista valía la pena llamar así. Manu Leguineche se salvó de la quema, hay que decirlo cuanto antes. Pero, pocos más.

¡Cuánto tiempo sin estas acaloradas discusiones que me retrotrajeron a mi casi adolescencia! Qué melancólico sentimiento de combate dialéctico. Hasta Marx y Freud dieron con sus barbas en el coso, donde evolucionaron en un par de pases brillantes por parte del silencioso Cruz, más hijo pródigo que el resto, más remiso al viaje al que al fin sucumbió con buen pie.

Se atropellan las conversaciones -por llamar así a la competición ruidosa por hacerse escuchar- cuando hay tanto que se ha quedado en el tiempo de silencio entre nosotros, pero qué bien se tolera esa verbena cuando sobrevuela la alegría por medio como para aflojar tensiones antiguas creadas en nuestro cuerpo y nuestra alma simplemente por los años vividos, los trabajos peleados.

Quizás es cuando una le echa años al curriculum cuando cae en la cuenta de que vida no hay más que una, que se cuela entre los dedos la muy resbaladiza, que ocasiones como la que acaba de sucedernos se dan pocas en realidad. Aunque ahora creamos que todo puede repetirse hasta la saciedad y el infinito con sólo un click. He aprendido, al fin, a pesar de las veces en que me hizo hincapié en ello mi abuelita, que la vida es única, los momentos ricos, también. Y que ni la tecnología más divina puede devolvernos el esplendor en la hierba, la gloria de la flor, cuando se van. Para siempre.

Exactamente igual que le ha pasado a las galletas María (Fontaneda). Ya no saben como sabían. Han sustituido el aceite por "grasas comestibles vegetales". Menuda cosa. De ellas me queda el recuerdo y la pena de no vover a probar el sabor tan rico de la primera (solía comérmelas a decenas). De mis amigos, compañeros de mi vida, tengo la alegría de comunicarles a ustedes que me queda su presencia, por muchos kilómetros que nos separen. Sentir que no estoy sola. Qué bueno es eso.

viernes, 15 de octubre de 2010

Three ladies



Escribo mientras espero la llegada de tres damas que quieren pasar este fin de semana en el Molino. He preparado ya uno de los apartamentos más confortables y se está calentando ahora: por la noche ya va haciendo frío en la Conca de Barberá. Sin embargo, los días son luminosos y cálidos.
He vuelto de Madrid en el tren. Me gusta el tren, aunque en estos trenes modernos todo el mundo parece ponerse de acuerdo en montar una oficina portátil donde solucionan sus tareas pendientes, reestructuran puestos de trabajo, discuten presupuestos y qué sé yo. Están todos rematadamente locos. Y hablan muy alto. Mucho. Te enteras de todo, a tu pesar.
Pero, como a mí los trenes que me gustan son los que ya casi han desaparecido, lo que hago es que me invento un compartimento y procuro aislarme del ruido y de las ordinarieces por el sistema de la hipnosis transitoria voluntaria (HTV) que da un resultado casi perfecto. Entonces, cuando el ambiente está logrado, sólo hay que abrir el libro que estás leyendo o contemplar el paisaje desde la ventana hasta que la falta de luz exterior te devuelva tu propia imagen mezclada con los presurosos árboles y las colinas en fuga. Sí.
Pero decía que ya estoy de vuelta. Los perros de Sergi me estaban esperando. Ya los conocen ustedes. Son cariñosos pero además son mis fans o, mejor dicho, fans de los bocaditos de foie (barato) que les preparo y de los trozos de "chope" con que premio su buen comportamiento de vez en cuando.
Aún con sol, la tarde se prestaba a darse un garbeo por la huerta. Las manzanas siguen ofreciendo su mejor cara pero las peras aún no se deciden a madurar. No importa, no hay prisa. Entre higos y uvas de varias clases, sin contar con nueces, avellanas y almendras... y ahora: las castañas empiezan a caer.
He cosechado algunas manzanas para entregar al amigo lector: el frutero del que ya les he hablado. El más atento y perspicaz de los lectores con que me he topado en la vida. Claro, siempre que paso por delante de su frutería lo veo aplicado a un libro. Es una imagen que me gustaría retratar para que ustedes la vean. Nadie podría sospechar que en un pueblo de mala muerte como éste, un pobre frutero que vende cuatro cosas al día, solitario y silencioso,... En fin. La vida.

Tengo que contarles que mi clase de yoga de hoy ha sido soberbia. Respirar en medio de parsvakonasana sin que se ofusquen los riñones ni le dé un pasmo a la tercera cervical es una experiencia que deben ustedes tener algún día. Tengo que practicar mañana, sin excusas, o de otra manera las agujetas me harán el fin de semana imposible.
Niebla ladra. Se ha hecho de noche y de las tres damas nada sé. ¿Por dónde andarán? ¿Se habrán perdido? No sé si... Bueno, esperaré un poco más. Pero voy a saludar a Niebla y a acomodar a los dos mejores amigos "del hombre" en el almacén para que pasen la noche tranquilos.

Tengo que hablarles otro día de Günter Walraff, un periodista al que admiro. Me lo recordarán, ¿verdad? Aún no puedo poner fotos en la entrada porque me dice una galleta que tengo desactivadas las cookies en mi navegador y que tengo que activarlas. Vaya usté a saber cómo diablos se hace eso.
Buenas noches.

martes, 12 de octubre de 2010

Un encuentro extraordinario

Todo estaba bien planeado y salió bien. Al fin una historia que acaba como Dios manda (olvídense ahora de las fórmulas modernas; esto se ha dicho así de toda la vida y funciona). Había que compartir un cocido madrileño en Toledo, lo que le cambiaba el gentilicio a cocido toledano. También se agradece que a Toledo no se le asocie siempre con una mala experiencia tipo: noche toledana, por ejemplo. O, más graciosamente: "no seas bolo como los de Toledo".
La heroica cocinera, Chari, ha tenido buenos pinches, hay que decirlo, entre ellos a Quique, quien evitó a tiempo que le cayera a la sopa otro kilo de fideos que la habría convertido en un engrudo imposible de tragar. Sopa y resto del cocido estaban riquísimos, por cierto.
Habían anunciado su asistencia ilustres comensales venidos desde Lanzarote, Málaga, Valladolid, Madrid y Granada, sin contar con los toledanos. En total, unas tropecientas personas entre perros, niños, primos, gatos y cónyuges. Una delicia. Se comió, se bebió, se charló, se voceó, se cantó y se bailó. Sobre todo, nos abrazamos los que llevábamos tiempo sin vernos. Y los que no, también. En esta familia, falta tiempo para abrazarse y darse sonoros besos de esos que avergonzaban tanto de chicos.
Es raro lo que sucede cuando llevo tanto tiempo sin ver a mis primos de Málaga, porque es como si me hubiera separado de mi familia más cercana, de mi propia infancia, y, pasado mucho tiempo, como ocurre en los mejores melodramas antiguos, nos reencontráramos. Y es raro porque no nos hemos perdido ni hemos estado ausentes en tierras lejanas ni hemos ido a hacer las Américas ni hemos estado enfadados, sin hablarnos, que serían motivos muy claros de alejamiento.
Es la vida la que aleja a la gente que se quiere: las vidas de cada uno, las circunstancias, los lugares a los que cada cual se va desplazando según necesidades o preferencias. De ahí lo de reencontrarse con la infancia y todo lo que lleva eso encima de peso. Bueno y del otro.
Tenía que contarlo esta tarde lluviosa desde el molino solitario, donde los nenúfares han vuelto a florecer y los kois nadan jubilosos entre las ondas que forman los goterones de agua caída del cielo. Se está bien dentro, sentada a la mesa del escritorio, junto a la ventana, mientras oigo el sonido de la lluvia y me alumbra la lámpara de luz cálida bañando de amarillo el papel electrónico que utilizo y el pelo de Dante, negro como la noche negra.
Escribo para felicitarme por formar parte de esta familia; por la herencia recibida, tan millonaria.
En agradecimiento.

lunes, 4 de octubre de 2010

Un cuarto propio


Cristina era como un hada, quizás lo siga siendo.
 Cristina cuidó de mi hija cuando ésta era pequeña, unos seis años. Cristina era muy joven entonces, recuerdo que tenía unos hermosos ojos azules y un carácter dulce; era una chica muy seria: podía confiar plenamente en ella. El tiempo y otras circunstancias nos separaron y ahora, tantos años después, la magia de la red de redes ha vuelto a ponernos en contacto.
Esta entrada en el diario es para deciros que Cristina tiene una librería en Ciudad Real donde, cuando se cierra la puerta, se enciende una luz cálida y directa que ilumina las mejores páginas de los libros que han cambiado a la gente para ser mejor. Desde fuera, puede verse movimiento y escucharse el sonido de las palabras, las risas, los susurros, como en esas tarjetas de Navidad que muestran un paisaje nevado y frío, azul, al anochecer, y una casita encendida, al fondo, dentro de la cual una imagina un ambiente tan agradable que quisiera poder estar dentro.
Os invito a entrar en esa casita. Acaba de cumplir un año. No he podido asistir, pero sí me han entrado unas ganas enormes de entrar a visitarla. Y lo haré.

domingo, 3 de octubre de 2010

Primarias en Madrid

En Madrid, los políticos del PSOE están de primarias. Les ha gustado el sistema de los partidos norteamericanos y quieren ponerlo en práctica. No está mal, en principio. Resulta que la candidatura oficialista, Trinidad Jiménez, actual ministra de Sanidad, apoyada por el presidente del gobierno, Rodríguez Zapatero, ha perdido frente a la candidatura del pueblo llano, de los militantes socialistas, Tomás Gómez, que ha sido ganadora. Hasta ahora, muy bien, muy bonito todo.
A Gómez no lo conocía y cuando me llegó alguna noticia de él fue la de que se trata de un luchador duro y nato, con alguna picia en su haber. Pero, ¿qué político no tiene picias en su cajón? Tampoco conozco la calidad de la picia en cuestión, de modo que, por el momento, seguiré con atención las evoluciones de este político, con cara juvenil y natural, sin tanto maquillaje.
Otro dato significativo -pero, claro, todo está estudiado por los guardadores de imagen- es que Gómez ha esperado los resultados de la consulta en la sede de los socialistas madrileños, mientras que Jiménez lo ha hecho en un hotelazo de lujo. Y con maquillaje. A mí, el acento de Jiménez me gusta. Creo que es de Huelva.
Hasta aquí mi crónica política. Hoy apenas he hecho labores del campo, si exceptúo unas hierbas que he arrancado de los rosales, de modo que me siento algo apelmazada. Por eso prefiero dejarles ahora. Ya volveré otro día con más tino.
Queden ustedes en paz y alegría.

martes, 28 de septiembre de 2010

Tareas de otoño

Bien está lo de los paseos, las lecturas y las risas con los amigos del castillo, Martina y Pedro, pero el otoño está ya oficialmente aquí y hace falta mover el culo, con perdón, o se acumulan los trabajos y se te echa encima el invierno. Tempus fugit que es un gusto.
Campesina, de Van Gogh
Con que aquí me tenéis, rastrillo en mano enguantada, que ya he escarmentado con los callos, las desgarraduras, los cortes y pinchazos, la suciedad y el despelleje y ahora siempre me acuerdo de colocarme unos buenos guantes. He barrido hojas que ya empiezan a caer, recogido los montones de ramas secas que había acumulado hace un par de días en el jardín, regado los rododendros que, siento decirlo, no creo que se salven finalmente, y apartado algunos bulbos, sobre todo narcisos, para la primavera.

Waldo, limpiando un hueso de cocido.

Un viaje que otro a las cepas de moscatel que están casi a punto, aunque aún hay muchos racimos verdes. Peras de varias clases, manzanas verde doncella, goldenestarky, además de unas que no sé cómo se llaman, pero que, creo, se usan para hacer sidra. ¿Alguien sabe? Para no hablar de los higos. Cada mañana, me desayuno unos cuantos, tomados directamente de la higuera que queda junto al tendedero. Resultan deliciosos en ayunas y al tibio sol de las nueve.

No he hecho fotos. Mal hecho, ya lo sé. Pero ya las haré. Tenía que contaros esto, eso es todo. Niebla ( a la que conoceis de la entrada anterior) y Wualdo, al que os presento en ésta, me acompañan en el trabajo otoñal, esperando que se me deslice alguno de los canapés de paté de cerdo ibérico que les doy de vez en cuando. Se ve que les gusta bastante el cerdo ibérico. Son unos finolis.
Y me voy a la cama que ya va siendo hora.
A seguir bien.

martes, 21 de septiembre de 2010

Paseo de otoño

Llueve a mares; no ha parado en varias horas.
He salido a pasear por entre las viñas, terreno pedregoso, difícil de pisar, pero rodeado de espacios de misterio, oscurecidos por las negras encinas y los enhebros. Al pasar ante Niebla, la perra de Sergi, mi vecino, que estaba atada con cara de aburrirse lo indecible, la he soltado con la condición de que me acompañara y no se fuera por la carretera alocadamente. Niebla es escapista como buena alaska. Una perra blanca, de ojos verdes, que muta el pelo hacia hilos tostados cuando cambia la estación del año hacia el frío. En ello está ahora.
Con que salimos juntas y así volvímos, antes de la cuenta porque las nubes grises empezaron a gastar bromitas a la media hora de excursión. Primero, solamente unas gotas, un calabobos inocente. Luego, el estruendo de un trueno, y otro y otro. Las montañas de Prades y los montes de Poblet se encargan de amplificar el sonido encabalgándolo, creando un rosario de truenos como de espejos sonoros enfrentados, casi infinitos.
Niebla desaparecía cada dos por tres en el paseo. Pasaba fugaz, fantasmal por entre las hileras de vides y se esfumaba tras los matorrales de rosas silvestres y retamas. La seguí en una ocasión y me desveló un sendero con huellas recientes de jabalíes. La tierra está aún blanda de la última lluvia de hace unos días. El sendero zigzagueante y escarpado, estrecho y cuajado de encinas bajas y enhebros pinchudos, me obligó a caminar como por debajo de horcas caudinas (gracias, Pilar) durante un buen trecho. Como no me fío de los cazadores y comoquiera que escuché tiros bien cerca de casa ayer, domingo, me puse a silbar cancioncillas campestres para prevenir un susto. En mi postura agachada, bien podrían confundirme con un jabalí esos bárbaros que por matar, tirarían a su madre si volara. Caso de que estuvieran cazando perdices, digo.
Nada de eso pasó. Niebla iba apareciendo y desapareciendo hasta que los truenos y el plomo del cielo y el agua que iba animándose a caer más fuerte nos obligó a regresar.
¡Qué agradable entrar en casa cuando afuera llueve y está desapacible! Niebla se ganó un canapé de paté de canard, del que dio cuenta en menos de medio minuto. Yo me licué unas cuantas uvas rosaki, dulces y deliciosas.
Fuera, la niebla se cernía entre los chopos y tapaba totalmente los cedros del camino del bosque. Un buen momento para arrebujarse en el sofá y terminar de leer el periódico.


martes, 14 de septiembre de 2010

Un mundo infeliz

Leo en el periódico que hay 230 millones de personas en paro en el mundo. No sé de dónde habrán sacado esa cifra, cómo saben ese número exacto, si cuentan o no cuentan a los que llevan en paro toda la vida porque viven en países donde el trabajo no cuenta. O no existe. O no es remunerado. Las mujeres, sobre todo, algo saben de eso.
Leo en mi blog preferido que la universidad de Puerto Rico ha suprimido las clases que tenía de estudios de género, o sea sobre las mujeres y las peculiaridades que plantea esa "condición". Parece que haya alguna relación entre una y otra noticia, ¿no es así? En fin, se trata de los graves problemas que están acuciando a la gente, sean del sexo que sean. O del género.
Asumimos, a estas alturas, que el sistema socialista ha fracasado y lo representamos muy gráficamente con el derrumbamiento del muro de Berlín. En eso parece que todo el mundo está de acuerdo. Sin embargo, ante el fracaso estrepitoso del sistema capitalista todos prefieren hablar de abuso de codiciosos, descuido de gobernantes, corrupción y tal y cual. Quizás porque la representación gráfica del fracaso del capitalismo no es un muro enorme que se cae a trozos sino millones de personas que se empobrecen progresivamente, que pasan hambre y ven peligrar sus casas, cuando ya creían que las tendrían para siempre. Clases medias que desaparecen para dejar paso a la marginación y la carencia. Niños sin techo, padres sin sueldo, dolor, llanto. ¿Cómo representar gráficamente eso? ¿Cómo denunciar a gritos el estrepitoso fracaso del sistema capitalista? Cuando la tecnología y la inmediatez de comunicaciones nos ha hecho creernos casi dioses, nadie va a prestar atención a una loca vociferante.
Si falta el pan faltará con mayor razón el conocimiento y, más aún, la cultura, según lo que aprendimos en la pirámide invertida de necesidades. No ha fracasado el capitalismo, dice; es que unos sucios avariciosos quieren ganar dinero a toda costa sin pararse a pensar cuánto podrá caber en sus tumbas. Nos hemos apuntado todos al modo de vida anglosajón y ahora nadie quiere comulgar con su triste religión: make money not love.
Y, sin embargo, el fracaso del sistema capitalista se ve y se palpa. Ya no puede esconderse más. Sí que vamos bien.

lunes, 30 de agosto de 2010

Se va el verano

Se va a grandes zancadas. La mujer del tiempo ha dicho que los grados de temperatura que hemos perdido estos días serán definitivos. ¡Definitivos! Quiero decir: nunca me acostumbro al cambio de estación cuando el cambio de estación va del verano al otoño. No porque no me guste el otoño, que me encanta, con su halo de romanticismo, los dorados y los sepias, amarillos, rojos, sienas. Me joroba, simplemente, que se acabe el verano.
Creo que se trata de un atavismo infantil, de cuando el cole y el polvo de los caminos con el uniforme puesto cuando ya hacía calor, en mayo. De niña, aún no habían construído esas casas que ahora ocupan el descampado que separaba mi hogar del edificio del colegio: un soberbio constructo renacentista, de estilo herreriano, que en tiempos perteneció al duque de Lerma. Un camino de polvo y cardos borriqueros, los años en que había llovido poco. Los de abundante lluvia dejaban crecer las hierbas tan altas que podían cubrirte enteramente, mientras pasaba por el trillado camino hecho de tanto pisar por el mismo lado. Un camino que tenía algo de laberinto ciego, aunque yo ya me sabía bien por dónde había que salir.
Los ecos de las voces alegres de un grupo numeroso de ingleses se han ido. El molino ha quedado en silencio, quizás algo tristón. El viento ha arrancado las pocas rosas que aún aguantaban, los topillos han afeado bastante la hierba este año, en la piscina empiezan a brotar las algas, abandonado el trabajo de limpieza diaria "por fin de temporada".
Me recuerda a las escenas de la peli de Ettore Scola, "La Familia", creo que se llamaba. Un relato melancólico, anque a mi amigo Jorge le chinchara tanto esa actriz francesa que trabaja en el film, ¿cómo se llama? Fanny Ardant; porque es francesa, ¿no? Bueno, si no, poco importa. Quienes hayan visto la película se acordarán de ese pasillo en penumbra, solitario, como en tardes de verano, a la hora de la siesta. Un pasillo con gran poder narrativo. Evocador.
Se va el verano, amigos. Es como si se envejeciera más deprisa. Asoma el otoño su hociquillo depredador, su travieso ademán de "se acabó el pastel". ¿Qué será de nosotros? Ojala resistamos el invierno tan duro, tan largo. En el molino, se escucha el viento, a ráfagas, a veces; los pájaros, cuando da tregua eolo, se afanan de lado a lado, buscando el mejor sitio o el manjar asegurado. Las golondrinas se preparan ya, en lo alto, agazapadas en los cables del teléfono, listas para la gran migración: hay que buscar el rescoldo de una temperatura más amable que las que aquí se anuncian.
El viento, ese barrendero de ilusiones, limpiará el ambiente y hará volar papeles, bolsas de plástico, hojas de plátanos y hayas. Acallará las risas que antes tranquilizaban las conciencias. Pero esto es así; no es nada nuevo. Pasa cada año, sólo que da un poco de vértigo. Siempre es así. Muy normal. muy natural, pero da vértigo.
Quizás tenga que consultar al oftalmólogo lo del vértigo. Que sigan ustedes bien.

sábado, 21 de agosto de 2010

El libre albedrío, ma non troppo


Es cierto: pasan los días y no salimos de Birmania, con  la manía que se coge a algo insistente, lo que parece poco justo para un país tan bello del que casi todo el mundo regresa enamorado. Adiós a Myanmar, pues. Por el momento.
Repaso algunos libros de Cesare Pavese para escribir alguna cosilla. El verano ya no es interminable como cuando entonces. Se acaba cuando menos te lo esperas y hasta la brisa fresca del casi anunciado otoño te fastidia un poco, aunque venga bien para aligerar las calorinas que nos han caído. Los veranos de entonces, los de la siesta obligada y el pan con chocolate de merienda, traían horas muertas, de gran aburrimiento, que te empujaban a leer, a devorar libros. En uno de esos veranos, aunque la merienda ya fuera otra, cayó en mis manos un libro de CP que se llamaba "El oficio de vivir". Léanlo, si no lo han hecho todavía, por circunstancias de la vida. Qué sé yo; hay tantas... Las de la foto del autor, por ejemplo, responden a su ficha policial, por comunista, en tiempos de pre-guerra mundial.
Tomo al azar un fragmento: "16 de enero. Quisiera estar siempre tan seguro -como lo estoy esta mañana- de que, al estar la voluntad del adulto condicionada por las cien mil decisiones que ha venido tomando desde niño en estado de irresponsabilidad, es ridículo hablar de libre albedrío aun en el adulto. Descubrimos, poco a poco, que tenemos un carácter (a los dieciséis, a los dieciocho, a los veinte, a los veintidós, etc.) sin saber ni por asomo cómo lo hemos adquirido, y es indudable que, según sea el carácter de cada cual, obraremos de un modo u otro: ¿dónde queda, entonces, el libre y consciente albedrío?"
No me negarán que está bien dicho. ¿Por qué no me tranquiliza, entonces, saber que le puedo aflojar la responsabilidad de mi mal carácter a las decisiones infantiles erróneas que habré tomado en mi vida? Pero, claro, el ser humano necesita andar lucubrando todo el rato sobre lo divino y lo humano. Así nos va.
Me muero de sueño. Por esta noche dejaré las lucubraciones.
Good night.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Objetivo Birmania

Una amiga acaba de regresar de Myanmar, antigua Birmania, encantada de cuanto ha visto y aprendido allá. Con deseos enormes de regresar a ver más cosas, a disfrutar mejor de lo conocido, a conocer más gente. Un país atractivo, donde no hay mendigos, los niños están perfectamente escolarizados, las calles, limpias, tranquilas, sin presencia de policías, sin acoso a los visitantes, tipo lo que ocurre en Marruecos; un lugar donde los monjes (el 5 % de la población) colorea el ambiente callejero con sus túnicas color de azafrán, cuencos en mano a la espera de recibir el arroz del día. Los monjes no pueden trabajar, por sus votos de pobreza, y deben aguardar que los compasivos transeúntes les entreguen algo de arroz con que pasar la jornada.
Le he preguntado por el ambiente social, ya que me acuerdo de los disturbios tan sonados de hace meses. Nada de eso. Ya se sabe que los turistas se enteran de pocas batallas campales en los lugares a los que van de viaje, pero no es el caso de mi amiga, periodista de profesión y muy inclinada a olisquear por ahí y por acá. Entonces, ¿a qué venía todo eso? ¿A qué viene la campaña antibirmana que sistemáticamente llevan a cabo voceros en los mass media? Por otra parte, está la Premio Nobel de la Paz, hija del político asesinado, Suu Kyi, arrestada en su domicilio, un palacio sensacional en un país pobre. Me desconcierta tanta desinformación, tanta información confusa y aparentemente interesada. Y sospecho de los que esta´n interesados en desarrollar sus negocios a toda costa en aquel país, cueste lo que cueste, pase lo que pase.
Tengo muchas ganas de conocer Myanmar. Conozco a una bella persona que nació allí y a la que encontré en Lalibela, Etiopía. Es cierto que a veces el mundo es un pañuelo. Y preocupa y fastidia que los intereses de los que dedican su vida a "hacer dinero" exclusivamente, estén tan empleados a fondo en destruir países con tal de salirse con la suya e imponer sus negocios multinacionales, de hoteles, restaurantes, tiendas, etc., aunque eso suponga acabar con el encanto milenario de un país bello, lleno de gente encantadora, como dice esta amiga viajera.
Yo, este año, creo que no podré mover el trasero del Molino. Tengo gente de United Kingdom y de Barcelona alojada. Me gusta charlar con ellos al atardecer, a la orilla del estanque de los kois. También ellos son muy viajeros y me cuentan. Y viajamos juntos, contemplando cómo cae el sol, dejando una estela rojiza detrás de los pinares, allá lejos, en el horizonte. Con un tinto de verano tintineante que llevarse al caletre de vez en cuando y el croar de las ranas, y el cri cri de los grillos. Y por poco dinero.

domingo, 18 de julio de 2010

Al Vaticano las mujeres no le gustamos nada nada

Pero que nada. La Santa Inquisición, que ahora se llama la Congregación de la Doctrina de la Fe, ha dicho que la ordenación de mujeres es un pecado y de los gordos, no menor que la pederastia y la pornografía infantil. Normal.
No sólo la iglesia católica sino que muchas más instituciones humanas y sociedades enteras y, desde luego, millones de individuos (entre los que cabe contar inmumerables individuas) siguen creyendo que la mujer fue un error divino, como había dejado dicho Tomás de Aquino.
Las lindezas más sonadas contra las  mujeres, o mejor, contra la mujer, la idea general de la mujer, lo que caracteriza a lo femenino, etc. se pueden leer en autores variopintos, desde el bueno de Aristóteles que basaba su argumentación sobre la decidida inferioridad de las mujeres con respecto a los varones en que sus dentaduras tienen menos dientes.
Autores incontestables como Nietsche, Schopenhauer, Fray Luis de León (¿o fue el de Granada, o quizás, ambos?), Rousseau y una larga lista que ahora no me apetece levantarme a consultar (como decía Umbral) han atizado en la testa y en sitios menos nobles a la condición femenina, que es la condición de la condición humana, pero la Iglesia siempre ha llevado la delantera.
Le costó catorce siglos reconocer -a regañadientes- que las mujeres tienen alma.
Pues, nada; que habrá que seguir jorobándose y renunciar a ser sacerdotes. ¡Qué se le va a hacer! Aunque las anglicanas pasan de esta prohibición, como muestra esta graciosa foto que no he podido firmar porque no sé de quién es.
Ahora bien, como dice el suelto de la página de opinión de El País, cuando Jesús de Nazaret fue detenido, los hombres salieron por piernas para que nos les cogieran a ellos también. Las mujeres, incluso la malafamada Magdalena, se quedaron junto al cautivo y ajusticiado, a los pies de la cruz. No, si no es por nada.

martes, 13 de julio de 2010

Malestar

(EFE/http://www.cuartopoder.es)

Fotuts, tú; están fotuts los nacionalistas catalanes con el honorable Montilla, al frente. Les molesta que la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut aluda doce veces a la unidad indisoluble de España. ¡Doce veces! Por todos los santos y Dios bendito. Son ganas de fastidiar, desde luego. Y encima, va España y gana el Mundial de Fúmbol que es que no se puede tener más mala idea, jolines.
Hereu, alcalde de Barcelona (significa "heredero", por cierto) no quiso poner pantallas de TV en la ciudad para que la chusma viera los partidos en los que jugaba la selección española. Hasta el domingo en que no le quedaron más bemoles que hacerlo. En Baracaldo, población vasca, su alcalde sí tuvo bemoles para poner la pantalla pero los filoetarras cortaron los cables -además de quemar medio pueblo vociferando para amedrentar al personal- para que ni Dios viera el partido.
Esa es la realidad de España que ha promovido eficazmente el presidente Rodríguez, con sus "astucia" de ir engañando a los nacionalistas para obtener más votos con que permanecer sentadito en la sillita la reina que nunca se peina y un día se peinó, etc. Los cuatro gatos, empreñados ("enfadados") por no jugar a las casitas en su propia nacioncita han crecido al calor de las mentiras y de una educación en la que se ha adiestrado a generaciones enteras en el odio a lo español y su asimilación con épocas oscuras. ¡Como si ellos no hubieran contribuido a esa oscuridad cuando les fue bien hacerlo!

Pero, bueno; yo, a lo que iba es a que la elegancia, el buen hacer, la generosidad, el compañerismo, la inteligencia han ganado en Johanesburgo. Aunque los otros trampeen y jueguen sucio se puede ganar. Aunque el juez que decide sea ciego para las injusticias, se puede ganar. Y eso da mucha alegría. ¡Qué quieren que les diga!

viernes, 9 de julio de 2010

Las buenas maneras,

No me gusta el fútbol, es más, me ha dado rabia siempre el fútbol: rabia encontrarme con que la película anunciada en la tele se sustituía por un partido de liga, rabia porque había días en que en la radio no podía oírse otra cosa que vociferantes papagayos gritando "¡¡casi!!, ¡¡¡Uyyyyy!!!" y cosas por el estilo. Me daba rabia que el fútbol se metiera por todas partes. 
He sido deportista, que conste; he practicado, desde que tengo uso de razón: natación, frontón, ciclismo, tenis, pin pong, patinaje, baloncesto, balonmano, volei, hasta he jugado al badminton. Y he disfrutado partidos de tenis y de volei retransmitidos por la tele. Y la Vuelta o el Tour. Pero, el fútbol...
Yo creo que esto me pasa porque tengo prejuicios. Lo vi siempre ajeno a mí, lo asocio a tardes de domingo aburridísimas, en los años grises de los sesenta y los setenta, cuando -sobre todo en verano- las horas de la siesta se eternizaban con el zumbidillo del transistor y las retransmisiones de fútbol se cruzaban por el aire de casa a casa, en el patio grande, al aire libre, del bloque de viviendas donde vivía yo. 

El fútbol me recuerda también al novio de Pilar, una tata que cuidó de mi familia, que era un tipo un tanto borde y del que siempre sospeché que no se portaba bien con ella. Me parecía algo hortera ser hincha de fútbol, impropio de alguien que quisiera tener distinción, un toque de clase. Además, yo me sentía muy moderna, em encantaban los Beatles, y el fútbol me parecía una cosa antigua.
En el tiempo del que hablo aún no se tenía en cuenta todas esas sandeces de la "corrección política". Las cosas se decían con  buena o con mala intención y no hacía falta ser un hipócrita y mentir como un bellaco para quedar bien en sociedad.
Sigue sin interesarme el fútbol pero ahora he permitido que me invada de vez en cuando. Ya no salto como un galgo a apagar la radio cuando empieza un programa de deportes, o sea, de fútbol, como hacía antes. Sigo con lo que esté en la cocina: tratando de cocer el enésimo bizcocho de plátano en el horno, sacando brillo a las bandejas de alpaca, despejando el fregadero, poniéndoles condumio a los gatos o qualquecosa.
El Mundial de Suráfrica ha venido a cambiarme los esquemas en este terreno de juego. Supongo que esto ocurre porque la Selección Española va marcando estilo y ganando a su ritmo, pero esa circunstancia no quita mérito. Me gusta lo que aprendo escuchando la radio en esos programas de deportes, o sea, de fútbol; me divierte el lenguaje -como le pasaba al gran Fernando Lázaro Carreter- y la creatividad que desarrollan algunos comentaristas. Y la pasión que le ponen, que procuro desvincular de los grandes negocios multimillonarios que mueve este deporte.
Luego están los protagonistas. Ya me había llamado la atención Pep Guardiola, el entrenador del Barça, por su elegancia y su modestia. Algo parecido me ocurre con Vicente del Bosque, el seleccionador nacional, por su prudencia y su bonhomía. Realmente, parece un español del siglo XVI o del XVII, bien nacido. Gentes de buen talante y buenas maneras. Tanto uno como otro me alegran el panorama de paisanaje hispano. Y de paisanaje, en general. 
Entre los jugadores, me parecen extraordinarios tanto Iker Casillas como Mesi, el argentino. Salen de la normalidad por su personalidad: ambos son de lo más antidivo que pueda una imaginarse, a pesar de la exposición a los medios constante y de tanto dinero corrompedor en sus bolsillos.
En fin que, en el partido del domingo para determinar qué selección nacional sea la campeona del mundo, deseo que gane la mejor.
Y que la mejor sea la española.
¡Ah, se sienteee...! 

viernes, 2 de julio de 2010

La piscina de verdad, la auténtica

Este es el aspecto que presentaba la piscina una vez vaciada de agua y aligerada de hojas, frutos y otras sustancias cuya mención prefiero ahorrarles. Con la llegada del calor ya no había excusas para aplazar por más tiempo la tarea casi de pesadilla. Lo confesaré: es la primera vez que me veo en tal aprieto. Los años anteriores a éste, alguien encargado de ello cumplía a las mil maravillas. Pero se fue. Lástima.
Ahí abajo, dentro de esas cuatro paredes, envuelta en el aroma de podredumbre al que acabé acostumbrándome con facilidad, por cierto -hay pestes mucho más insoportables-, se vive una sensación de hipnosis a la que contribuye la radiación solar en las paredes casi blancas. Como si estuvieras en un sueño, no del todo una pesadilla, pero sí algo inquietante, del que no sabes el final.
Gracias a la humedad y a un buen cepillo de barrendero de setenta centímetros de ancho, reducir la masa de chapapote vegetal fue relativamente fácil y, además, aproveché para cultivar mis tríceps, ese grupito muscular casi inexistente en los brazos femeninos. Las agujetas del día siguiente fueron de risa; que causaban una extraña risa, quiero decir, a fuerza de dolor. Cosa más rara...
No dispongo de foto que dé fe de mi práctica con la karcher, una maquinita de agua a presión que me prestó mi amigo el Galeno, con la que la porquería salta en pedazos dejando el paisaje piscinil limpio y brillante. Pero sí puedo enseñarles esta otra foto del estado en que quedaron las paredes del habitáculo de nadar, si me permiten la licencia del nombre. Qué bonito sería si se pudiera dejar tal cual, pero ¿se puede? No, no se puede. No se puede porque si lo dejas así las algas y otras pequeñas vidas entusiastas medrarían a placer a las horas de llenar de agua la piscina, agua que se calentará con el fuerte sol de julio y, ya lo decían los sabios griegos, ese caldito es origen de vida. Hay que raspar y hay que pintar.
No me negarán que es una pena, porque los colores que ha desvelado la karcher son muy sugerentes y ricos, pero se ve que no son admisibles, por el momento, en las piscinas. ¡Qué se le va a hacer!
A todo esto, la tarde se presentaba un tanto inestable. Por un lado, un alivio ya que el sol había estado castigándome todo el día, pero los truenos que se iban acercando no auguraban nada bueno.
Gotas de lluvia vinieron a confirmar mis sospechas. No hay más remedio que dejar el curro hasta mañana. Qué bien, la verdad. Tenía las 5L, 6L y 7L a punto de quebrarse como un azucarillo de navidad. 
Excusa perfecta para entrar en la vieja casona, prepararme un té kukicha y sentarme al ordenador para contarles a ustedes esta cantinela que no sé si a estas alturas seguirán leyendo. Que también son ganas.

                                                                               *****

Bien. Retomo la narración -tan obsesiva como hipnótica como la labor de la piscina- para contarles que ya está. Pintada con varios tonos de azul, según se me iban acabando los botes de pintura al agua. Creo que quedará estupenda al menos las primeras semanas. Luego, algas y pequeñas formas de vida se irán apoderando de ella, pero a nosotros no nos importa compartir con ellos tanta agua de manantial, fría como la nieve. Estimulante.ras seguirán leyendo. Por que también son ganas.

Et voilà: a falta de llenar este saco de agua. Ya les haré partícipes del placer friulento de entrar en ellas, recién salidas de las entrañas del monte. Feliz veraneo. Tómenselo, por favor; no se burquen excusas tontas como tener trabajo, ocupaciones y, lo que es peor, preocupaciones. El verano es para las vacaciones y las vacaciones son para veranear. A la antigua usanza, desde luego.

Casi olvido otra fotografía muy reveladora de lo adecuada que resulta una vieja piscina que lleva todo un año al pairo, alimentándose de la intemperie y sus dádivas, como casa cuna de ranitas. Miren qué hermosura de renacuajos en formación. No había menos de quinientos renacuajos y ranitas diminutas. También de las grandes. Pero, que nadie sufra: todos fueron salvador y disfrutan de buena salud, como lo muestran sus dinámicos croares hasta altas horas (las muy malvadas).  Espero que se pueda clicar encima para verla ampliada. Son unos bichos encantadores. Valete.
Se puede, se puede: fíjense en el renacuajo solitario, más sumergido, en un detalle ampliado: qué sensación de estar nadando a su lado, ¿verdad? Le acompañan dos garapitos (Notonecta glauca) buenos nadadores y muy competitivos. Ahora sí, me voy a dormir.

miércoles, 23 de junio de 2010

Largo y cálido verano

Mis queridos queridísimos:
Después de varios días, que casi pasan de una semana, tratando de acabar, conseguí hacerlo: pintar la piscina del Molino. Ha quedado bastabte bonita, de no ser por un churrete blanquecino que ha acabado por asomar, a pesar de que pasé y repasé con un fuerte tono azúl el pugnetero suelo de la cubeta natatoria. Mecachis. Y mira que he penado yo en la piscina de marras.
 En todo caso, comunico a los amables lectores de este blog que el agua está fresquita, demasiado quizás, pero están invitados a darse un chapuzón cuando así lo deséen. Han dejado ya dicho los del tiempo que éste va a ser un verano de órdago. Calentito. Las ranas y yo lo vamos a pasar a remojo, según hemos acordado en el último conciliábulo celebrado ayer tarde, en la gran charca que aparece en la foto-avatar; no en ésta, ya que se trata de la piscina recién pintada, como puede apreciarse.
Ustedes vosotros podeis hacer lo que se os apetezca o venga en gana, que para todos los gustos hay que haber.
Yo, amén del remojo, me he agenciado unos cuantos libros para leer a pierna tendida, como aquellos veranos de la cándida adolescencia en que se iban las horas sin pensar. ¡Qué delicia! Esas tediosas horas de la siesta en que me zampaba las novelas como si fueran galletas de chocolate. Sí, amigos: ese es el lujo y no las horteradas de los malditos ricachones que nos están templando el alma a robo tendido.
A ver si encuentro un artículo que ha escrito un viejo amigo y compañero de las filas universitarias, Pedro García Cuartango, que se deja la piel en El Mundo, mi antiguo presidio, y que tiene un rinconcito al que ha llamado, con tan buen tino, "El tiempo recobrado", ya saben en homenaje a quién. Y quien no lo sepa que lo pregunte que es como se aprende. Y nunca es tarde para aprender y no hay que sentir vergüenza de desconocer algo, por muy importante que parezca. Caray, casi me ahogo.
Sé que a Javier, otro viejo amigo, con quien compartí su casa de Barquillo, en Madrid, le gustan las culebras. Casi capto otra que tomaba el sol sobre la fuente del jardín, placenteramente. La muy víbora se habrá zampado algunos pececillos de colores. Si la logro fotografiar, prometo traerla aquí otra vez.
Por el momento, valete,

Molinerazul.
PD
Como no he logrado enlazar el articulito, os lo he copiado a continuación.

TIEMPO RECOBRADO

Manifiesto contra la crisis

Pedro G. Cuartango
Publicado el Miércoles, 16 de junio de 2010
Levántate y mira cómo cambia de color el cielo al amanecer. Verás una infinita paleta de tonalidades azules que dejan paso a una luz radiante. Observa la sombra deslizarse por la pared como una salamandra perezosa.
Siéntate en un banco del parque más próximo, cierra los ojos y huele la hierba. Deja la mente en blanco y escucha los ecos del pasado que resuenan en tu memoria. Que ellos te lleven donde quieran.
Sube al campanario de una iglesia o al edificio más alto de tu ciudad y grita con fuerza. Siente cómo tus pulmones se quedan vacíos. Contempla el mundo desde la altura. Todo parece más pequeño.
Cuando sople el viento, busca una llanura. Siente su frío cortante en la cara. Mira cómo se desplazan las nubes. Están a merced de las corrientes de aire, al igual que tu vida. Su movilidad es una forma de quietud.
Disfruta de un pan cocido en horno de leña y piensa en la caprichosa geometría de su masa y su corteza. Fíjate bien: es la reproducción a pequeña escala de un universo que se ha expandido desde un soplo original.
Pero nada como una vieja canción italiana de los años 60. Vuelve a escuchar 'Senza fine' y revive las emociones del amor a los 16 años. Tú también -como Gino Paoli- tienes una bala clavada cerca del corazón.
No seas fatalista ni aceptes la crisis como un pretexto para justificar tu pereza. Como ya sabían los griegos, todo lo nuevo nace de las dificultades. Saca lo mejor de ti mismo y aprovecha la tempestad para aprender a navegar con más pericia.
Báñate en las aguas frías de un gran río. Sentirás cómo tus emociones fluyen y se marchan hacia la desembocadura, mientras tu alma se reconforta en la orilla.
Viaja en tren y coge un destino cualquiera. Observa cómo se cruzan las vías y cómo cambia el paisaje. Apéate en una estación al azar y camina como el Lázaro resucitado. Lo importante son los ojos y no lo que vemos.
A los que te hablan del futuro respóndeles con la máxima del Evangelio de que Dios vela por todas sus criaturas.
«Eterno será el verano tuyo. No perderás la gracia, ni la Muerte se jactará de ensombrecer tus pasos cuando crezcas en versos inmortales» ('Soneto XVIII', Shakespeare).
No obstante, lleva el óbolo en el bolsillo por si requieres de los servicios de Caronte. No temas el viaje por la laguna Estigia porque los dioses te protegerán en la travesía.
Mira la estrella Vega que aparece en el cénit a medianoche de junio. Desprende un brillo azulado. Es distinta a todas las demás como las rayas de tu mano. Pero a su lado hay una gigantesca nebulosa invisible.
No intentes desvelar el enigma de los siete puentes de Königsberg. Cruza por ellos y piensa que por allí han pasado Kant y otros muchos sabios.
Ten piedad de tu corazón afligido y olvida las penas porque tú eres mucho más importante que las circunstancias.
Persigue tus sueños. Aprende a volar.

lunes, 14 de junio de 2010

Su Serenidad el Vino

Asistí el viernes pasado a la cuadragésimo cuarta ceremonia de investidura de doce aspirantes ilustres a caballeros del Serenísimo Capítulo del Vino, celebrada en Hostalric (Barcelona), entre los muros de una fortificación medieval, de vida azarosa y aire un tanto castrense y romántico, recuperada en 1967 por el padre de su actual dueño, Joaquín Gay Montellá, quien casualmente preside este año el citado Capítulo.
Había llevado conmigo el cuaderno de notas que me regaló Amalia, que llamaba la atención de los curiosos asistentes al acto, bien vestidos todos, incluso yo, debo admitir.
Entre los elegidos figuraba Rosa María Esteva, una empresaria barcelonesa, hermana de su adorado Jacinto, hombre de letras que decidió morir joven por la vía rápida, hace ya unos cuantos años. Rosa es una mujer dinámica y valiente, dotada para los negocios. Tiene un famoso hotel en Barna, el Omm de resonancias budistas, y muchos restaurantes y bares repartidos por la ciudad condal y hasta en Madrid: Tragaluz es el mascarón de proa, pero enfrente se encuentra El Japonés. Me han  hablado muy bien de El Chino, Agua, Lobo... En Madrid, Bar Tomate, frente al Embassy, un local que resuena al espionaje que proliferó entre la guerra civil española y la segunda guerra mundial, cerca del Paseo de la Castellana.
En la introducción, un locutor alto y apuesto (así, en sentido literal y convencional) nos desasnó en relación al castro. Durante la Guerra de la Independencia contra los franceses, alias gabachos, Hostalric fue el último sitio que éstos abandonaron, ya en 1814. No se querían ir. Se nos informó que la población fue la primera de toda España que se rindió al enemigo. Gente de carácter práctico, sin duda. No como los borricos de los madrileños que no llegaron a rendirse jamás, lo que les costó unos famosos fusilamientos.
¡Qué bonito todo! La ceremonia fue de graciosa solemnidad, como corresponde a una idea de su primer caballero investido: Salvador Dalí. Lástima que en esos periódicos no se estilara poner fotos.
 Los miembros del Capítulo se hicieron esperar un ratito para aparecer radiantes, vestidos con largas capas púrpura forradas de armiño (sintético, ya que son, además, defensores de los animales) mientras una música de Verdi acompasaba el avance a la palestra.Ya se harán ustedes cargo de la escena con Dalí como inspirador.
Total, como iba diciendo, el tipo de voz engolada dio paso después al Heraldo, encargado de nombrar a los escogidos, uno por uno, para que comparecieran, cargados con la pesada púrpura, a recibir la medalla (de un par de arrobas de peso también) y el golpecito en los dos hombros que los iba consagrando. El primero en comparecer y al que tocó la responsabilidad de decir un discurso, fue LG. Con una pasmosa calma, serio como si la cosa lo fuera, ajeno a la tentación de tomar una actitud de broma, dijo sus palabras, ayudándose en Velázquez ("Los Borrachos"), Platón y Sócrates (El Banquete) y otros argumentos de creación personal que encandilaron al público que respondió con aplauso atronante.
Otro de los engalanados era el Conseller de Agricultura de la Generalidad de Cataluña, al que se trabó la capa, dando la impresión de que se resistía a devolverla, el muy pillín.
Con sus medallas y sus diplomas, los muy serenísimos caballeros y dama, junto con el respetable que abarrotaba la sala noble del castillo, nos disposimos a dar buena cuenta de una soberana cena regada de caldos de rechupete, como podrán ustedes suponer, que arruinaron los mejores deseos de mantener una dieta de reducción de michelines. La vida.

domingo, 6 de junio de 2010

Colosos en el molino

El Molino ha recibido una visita muy grata. El escultor Javier Corberó, adalid de colosos de piedra, y Natalie, una británica nacida en Hong Kong, de madre cubana, han paseado y admirado la primavera que brilla en el Molí. Fuera, el sol castigaba a muchos grados de temperatura, creando una sensación de agosto, fuera de lugar en este junio recién abierto. El tránsito a la panza del molino, fresca y umbría, se agradecía mucho.
Javier, un hombre raro, singular, divertido, sin posibilidad de duplicado, ha sido gran amigo de Antonio Gades (foto de la derecha), aquel bailaor que se casó con Marisol: "dos niños explotados", como resume bien el escultor. Tanta fue su amistad que ambos se confundían y resultaba difícil distinguirlos. Una vez, Javier se llevó el pasaporte de Gades y cruzó la frontera sin ningún problema. ¿Te equivocaste de documento?, le pregunté. No, qué va; nos apostamos a que no se darían cuenta los policías, y no se enteraron del cambiazo.
Contar las cosas de Corberó no tiene gracia. Porque, en lo narrado entra su voz y su acento, su calidad de voz y sus ademanes, la expresión de sus ojos. Pero es una tentación. En otra ocasión, me dice, una vez que se había enfadado con su esposa de entonces, y decidieron no hablarse, le pidió a gades que lo sustituyera un par de días: "Tú te estás calladito, sin decir nada, y pululas por la casa sin  hacerte notar mucho". Y así lo hicieron. Y pasaron esos dos días sin que la dueña echara en falta al auténtico gitano. El caso es que Gades tenía los ojos azules, frente a la negrura azabachesca de Javier. Esto demuestra que es más el aire, el alma, que los rasgos físicos, lo que nos acerca o aleja de otra persona.
Sí, la piel de la cara de Corberó es agitanada, y los ojos, y los labios y las maneras. Es un caballero gitano de alta cuna, de mirada certera y sensibilidad artística poco comunes. En Nueva York, tomó un taxi que iba conducido por un sigh, con su turbante y toda la pesca, quien le preguntó si en España la gente era como él o eran más blancos. Se encontraba muy a gusto el taxista con un pasajero de tez tan pareja.
Corberó recibe a jóvenes artistas en su casa aldea de las afueras de Barcelona y les muestra algunos trabajos. "Si veo que ven, les dejo estar más y les enseño cosas; si veo que no ven los largo pronto con cualquier excusa". Para estar en la vida como se debe hay que ver; mirar y ver. Un artista, sobre todo; pero también cualquiera que no quiera morirse sin haberse enterado de casi nada.
El Molino se ha sentido muy honrado con esta visita. Ha soñado con alojar colosos en el jardín. Ha crecido y se ha relajado un poco. Lleva una temporada algo nervioso por la crisis.

domingo, 30 de mayo de 2010

De qué va la feria



Este año, la feria va de nórdicos que escriben novelas de policías y asesinos. Pues sí que vamos bien. Mucho me temo que ni la voy a pisar. No por los nórdicos, qué va, sino por otras razones; entre ellas se encuentra el hecho de que yo me encuentre lejos de Madrid. Y sin perspectiva de visitarla esta semana, con lo que pasarán esos quince dias feriados de libros sin mí. No creo que el Retiro me eche mucho de menos. Aunque debiera: he sido asidua, día tras día, cuando éramos vecinos el Retiro et moi.
Lo que sí haré es interrumpir mis lecturas excéntricas (¿?) y leer algo más "actual", más reciente. A ver qué tal. Leeré, por fin, a la nueva nobel, Herta Müller, de la que ya había tenido noticia hace años, cuando Siruela, la editorial del conde, publicó una novela suya. Pero no pasé de hojearla con cierta pereza.
La pereza... es buena consejera de lecturas, no crean. Mala para decidirse a fregar los cacharros apilados en el fregadero a estas horas de la noche, pero buena para dejarse caer en un sillón y abrir un libro y permitir que los ojos resbalen por sus lineas de hormiguitas negras que se mueven y se recolocan y tal. Ay, sí; qué bien. Me subo corriendo a mi cuarto que esta noche me acabo el que estoy leyendo.
Y ustedes: ¿qué libro leerán esta semana? Anden, sean buenos y cuéntenme, a ver si me dan más ideas. Todo menos lo que dictan los media. Que es que cada vez lo tolero peor. Y detesto el bicarbonato.