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Campesina, de Van Gogh |
Con que aquí me tenéis, rastrillo en mano enguantada, que ya he escarmentado con los callos, las desgarraduras, los cortes y pinchazos, la suciedad y el despelleje y ahora siempre me acuerdo de colocarme unos buenos guantes. He barrido hojas que ya empiezan a caer, recogido los montones de ramas secas que había acumulado hace un par de días en el jardín, regado los rododendros que, siento decirlo, no creo que se salven finalmente, y apartado algunos bulbos, sobre todo narcisos, para la primavera.
Waldo, limpiando un hueso de cocido. |
Un viaje que otro a las cepas de moscatel que están casi a punto, aunque aún hay muchos racimos verdes. Peras de varias clases, manzanas verde doncella, golden y estarky, además de unas que no sé cómo se llaman, pero que, creo, se usan para hacer sidra. ¿Alguien sabe? Para no hablar de los higos. Cada mañana, me desayuno unos cuantos, tomados directamente de la higuera que queda junto al tendedero. Resultan deliciosos en ayunas y al tibio sol de las nueve.
No he hecho fotos. Mal hecho, ya lo sé. Pero ya las haré. Tenía que contaros esto, eso es todo. Niebla ( a la que conoceis de la entrada anterior) y Wualdo, al que os presento en ésta, me acompañan en el trabajo otoñal, esperando que se me deslice alguno de los canapés de paté de cerdo ibérico que les doy de vez en cuando. Se ve que les gusta bastante el cerdo ibérico. Son unos finolis.
Y me voy a la cama que ya va siendo hora.
A seguir bien.