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Perseidas o Lágrimas de San Lorenzo |
Llevábamos tiempo pensando en hacerlo pero, por pitos o por flautas, siempre lo hemos ido dejando para más tarde. Hoy, por fin, Gonzalo ha aparecido por casa y nos ha propuesto contemplar las estrellas, ahora que la luna ha dejado de brillar entera y luminosa y anda en rojo menguante.
Después de un rato de charleta estelar en la que nos hemos familiarizado con unas cuantas constelaciones, reunidos todos -y éramos un buen montón de amigos- alrededor de un buen cava y rico brazo de gitano (alguien tendría que explicar alguna vez por qué los gitanos tienen brazos tan ricos) en la gran sala que hace de cocina, comedor y cuarto de estar, de Diego, el gemelo de Gonzalo. Arriba, en la montaña.
Llegada la hora, nos pusimos en marcha encarando un camino pedregoso y oscuro, apenas alguna linterna, hacia el lugar abierto desde donde, tumbados en esterillas de goma, nos dispusimos al paseo con la mirada, por lo más alto de la bóveda celeste.
Allí estaban las dos osas y la estrella Polar; Casiopea y Andrómeda, Perseo y Pegaso, su caballo salvador; el gran dragón y el triángulo del verano, Altair, Vega, el Aguila, el Cisne... Qué pequeña me sentí, como siempre que camino de noche mirando hacia arriba, fundiendo mi mirada con las estrellas. Por eso, en el silencio nocturno sólo roto por el sonido de los grillos, compuse un viparita karani tranquilo, relajante, sostenido por la oscuridad. La magia surge de lo menos pensado. Hasta once estrellas fugaces contamos. Conté hasta diez antes de formular un deseo que beneficiara a alguien que yo quiero. Si ese deseo mío se cumple, seré regalada también por la generosidad de las estrellas voladoras. Mejor forma de egoísmo no conozco.