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Palacio de Cristal, en El Retiro |
te escribo desde Madrid. Estoy en un hotel de la Gran Vía y, aunque la calle es ruidosa, las ventanas de mi habitación paran el bullicio para que no me moleste. Está genial Madrid, tan animada, tan incansable. Como hormigas, la gente no para quieta en su deambular presuroso para hacer recados, llegar a tiempo a una reunión, buscar la salida más conveniente del metro, preguntar por alguna dirección. Cuando cae la noche y se enfría la calle, iluminan Madrid las caras de los que quieren tomar una copa entre amigos o ver una buena película, asistir a una obra de teatro, en algún teatrito de los cientos que ocupan los rincones más ocultos, algún concierto, un recital de poesía, tal vez. Madrid se despliega en una enorme explanada que ofrece -como en el Rastro al que cantaba Patxi Andion- lo que quiera cada cual.
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Esperando el metro cuando la huelga |
No creas que debas sentirte celoso por lo que te cuento, Molinillo. Tú eres tan bonito que no se trata de hacer comparaciones. Solamente quería que supieras que Madrid me trata bien, me acoge y me ofrece una cara sonriente y esperanzadora. Nos viene bien eso, Molino, a ti y a mí. Por eso es bueno que lo sepas.