
La Navidad de 2008 llegó con el estruendo de las bombas en Gaza. Meses antes, años antes, las explosiones de cohetes en territorio judío. El año nuevo, con la intervención militar del Pueblo Elegido contra los palestinos. Produce una enorme tristeza e impotencia contemplar la incapacidad humana de esos dos pueblos primos hermanos para aceptar que tienen un territorio que compartir; que llegar a un acuerdo limpio y generoso por ambas partes les supondría poder vivir en paz, aunque discutieran cada día por cualquier cosa, belicosos como son ambos. Echar las culpas a los judíos, que acudieron en masa hace sesenta años a esa tierra para colonizarla sin tener consideración por los que ya las habitaban es un trabajo inútil. Habría que pedirle cuentas a los ingleses que son los responsables del cisco, pero tampoco esa reivindicación histórica parece tener sentido, salvo para los que juegan a elegir el periodo histórico preferido en el que asentar sus reales, dejando fuera otros tiempos igual de históricos pero menos admirables. Los pueblos tienen que apechugar con las buenas y las malas caras de sus historias, y mirar sólo hacia el camino que les queda por delante.
No he estado en la manifestación de Madrid contra Israel y a favor del pueblo palestino. Me parece que no se puede seguir con esos planteamientos. Si los palestinos confían en Hamas para arreglar sus problemas con los judíos, mal hecho. Y los judíos se defienden contundentemente, porque pueden hacerlo. Son muy fuertes. Y tienen mucho miedo. Hasta aquí, a mí, como ser humano, me parece de lo más inteligible. Hablar con libertad y sin violencia, con la mente abierta a posibles ideas nuevas, soluciones, propuestas. Hablar sin miedo a la catalogación -a lo que la opinión pública izquierdista española es tan proclive-, con la inteligencia y la compasión como banderas. Ah, amigos... Ahí es donde se ve la dimensión humana de nuestras pobres existencias.
Tuve un compañero de facultad palestino en la Complu, de Madrid. Ahmed; era divertido, algo gamberrete, pero inteligente. Era laico o, al menos, sus creencias religiosas jamás las mostró a nadie, como hacíamos los demás, por otra parte. Tenía afán por saber y discutía abiertamente con argumentos. Yo admiraba a aquellos palestinos que desempeñaban los cargos más importantes en los países árabes, técnicos, profesionales, médicos, profesores de universidad... ¿Qué se hizo de ellos? ¿Dónde están? En mis viajes a Israel he visto la laboriosidad de los judíos y la lasitud de los palestinos, más dispuestos a esperar a la puerta de su casa a que se lo den todo hecho que a esforzarse ellos mismos, con sudor y ánimo, a tratar de resolver sus problemas. A pesar de las ayudas millonarias europeas. Mi buen Yassir Arafat no era distinto, a pesar de su buena imagen en España.
Luis Eduardo Aute, en el programa de radio de Carlos Herrera, dijo el otro día que el Papa de Roma lo que tenía que hacer era ir a Gaza a reunirse con la autoridad religiosa musulmana y la judía para ver de solucionar algo. Se equivocó. Los ortodoxos judíos no son autoridad que hable de nada de esto. No son sionistas. Y los sionistas no son religiosos. La cosa no es tan simple. Y quiero creer que tampoco es tan complicada. Pero los seres humanos seguimos siendo bastante necios, primitivos, irracionales y absurdos. Y el mejor escenario para comprenderlo es el de una guerra.