Creo que fue por eso -aunque siempre digo que fue por la espalda- por lo que empecé a practicar yoga. Sobre todo, pranayama, ese conocimiento de la respiración que creíamos tener de nacimiento, como se tiene una peca o el pelo rizado. Ja.
Antes de que la furia me eleve varios centímetros del suelo o el mal humor me vuelva injusta conmigo misma en descalificaciones sin cuento, paro la marcha y tomo aire como si hubiera de nadar bajo el agua de la piscina cincuenta metros. Cuando parece que ya no me cabe más aire, sigo tomándolo. Asombra comprobar lo elástico de los pulmones. Y después, me quedo suspendida, sin exhalar ni un gramo, un par de segundos, para enseguida ir dejando escapar el aire, como si se tratara de un globo grande, al que sujeto por la boquilla con los dedos para evitar que salga disparado, revoloteando en eses furiosas. Aunque crea que ya no me queda ni una gota de aire en los pulmones, yo sigo exhalando como si tal cosa, hasta que, en efecto, parecen vacíos. Entonces, vuelvo a quedarme suspendida un par de segundos, para asombrarme otra vez con lo poco urgente que resulta el inhalar aire.
En fin; no es para contarlo, sino para practicarlo. El alma se serena. Había un programa en la tele de los 60 o 70 -cuando sólo había una tele y el adoctrinamiento embrutecedor estaba, por tanto, menos difundido- , al final de la emisión, que se llamaba así. Me gusta esa frase a la que descargo de toda obligación religiosa.
Mientras les cuento esto y escenifico mi pranayama para ustedes, Kenia, mi gata, me contempla silenciosa y quieta, como una pequeña escultura, sobre la mesa de la cocina. Ella es la serenidad con patas. Y nunca me cuestiona. Tiene un carácter permisivo pero seguro, exigente pero comprensivo. Me encanta esta gata.