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Alcachofas en primer término, junto a la rúcula. Al fondo, Dina |
El bancal del huerto está empezando a animarse. Recojo algunas mañanas hojas sueltas y tiernas de lechuga primavera y hoja de roble; también de espinacas y rúcula. Luego añado al cesto un par de rabanitos y me monto una ensalada crujiente y fresca gracias a la centrifugadora de ensaladas que me regaló mi amiga Estrella, uno de esos artefactos de plástico donde puedes lavar la verdura cruda y tapar con una tapa que lleva un cordón del que hay que tirar como si de un fuera borda se tratara. Me encanta hacerlo.
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Lechugas primavera, flanqueadas por espinaca y acelga |
Pues he ampliado la huerta, como ya he dicho en otra entrada y ahora preparo la tierra con humus de hojas fermentadas y estiércol de las mulas bonitas que trabajaron en el bosque para acarrear madera. Después, añado ceniza de las hogueras autorizadas en las que hemos quemado ramas y hojas del invierno. Esa tierra espero que acoja con gracia las semillas de maíz eco, calabazas (ya las planté esta mañana), pepinos y melones. Amén de los semilleros de tomates raf, puerros y lechugas que están germinando. Este año, parece que la cosa promete. Me gusta pararme al atardecer, si el frío no aprieta, a contemplar el silencio de la huerta. Yo no sabía que se podía hacer hasta que lo comprobé por casualidad una tarde. Luego caí en la cuenta de que los pajarillos no callaron en ningún momento. Pero a mí no me molestaban.
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El pequeño ruibarbo que asomó en pleno frío |
Los ruidos feroces de la radio contando las noticias sí que me molestan, pero no hay nada que hacer por ahora. Confío en que la gente acabe organizándose, no para jalear la calle solamente sino para hacernos un favor unos a los otros. O dos. Dicen que España es de los países donde hay menos emprendedores del mundo desarrollado. Y no es culpa de las leyes porque bien que montan sus empresas los extranjeros de todo tipo que llegan. Empresas grandes y pequeñas. Habrá que cavilar por ese lado y dejarse de lamentaciones y griterío.
Como el ruibarbo, tener valor para asomar la nariz en medio de las heladas y crecer, a la chita callando, hasta hacerse fuerte. Como dice Fernando Vallejo, el escritor colombiano, no es que haya que hacer el bien sino que no hay que hacer el mal. Valete.