Habla Vicente Molina Foix, en El Boomeran, de la austeridad franciscana de Antonio López, e incluyen esta bella fotografía en el comentario que les invito a compartir en esta dirección: http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/noticias/zapatosdelfranciscano.pdf
Tuve la fortuna de entrevistar para RNE durante una hora, sin pausa, al artista manchego, vencida su oposició ya que, según insistía él mismo, "no soy capaz de hablar más de unos minutos pues tengo pocas cosas que decir". El programa resultó precioso, interes
antísimo y al final de la emisión, ya a micro cerrado, me preguntó, sorprendido: "Ah, pero, ¿ya hemos terminado?"
De entonces a ahora ha llovido mucho y se diría que Antonio López ha ganado en mundanidad para alegría de sus admiradores. En dos ocasiones diferentes, separadas por meses, he coincidido con Antonio Lópes en un vagón del metro de Madrid. Una vez, iba él sentado, ¡haciendo sudocus!. La otra, de pie, en medio de un gentío, pequeño de estatura como es él, parecía un pastorcico salido de algún Nacimiento en Navidad. Más que un franciscano, a mí me parece un pastor. Claro que con la humildad de Francisco de Asís, y con su entusiasmo. Ni que decir tiene que, en ninguna de las dos ocasiones me atreví a abordarlo. Me limité a contemplar discretamente su presencia, esa humanidad pequeña, morral al hombro, casi insignificante, que yo sabía (seguramente más de uno de los que viajaban en el vagón, también) que encierra a un gigante.
Estoy por vender a Metro de Madrid una idea estupenda para su divertida publicidad televisiva. Pero, no; mejor me guardo ese lujo para mí solita. Egoísta que es una. ya me lo decía mi mamá.
Tuve la fortuna de entrevistar para RNE durante una hora, sin pausa, al artista manchego, vencida su oposició ya que, según insistía él mismo, "no soy capaz de hablar más de unos minutos pues tengo pocas cosas que decir". El programa resultó precioso, interes
antísimo y al final de la emisión, ya a micro cerrado, me preguntó, sorprendido: "Ah, pero, ¿ya hemos terminado?"De entonces a ahora ha llovido mucho y se diría que Antonio López ha ganado en mundanidad para alegría de sus admiradores. En dos ocasiones diferentes, separadas por meses, he coincidido con Antonio Lópes en un vagón del metro de Madrid. Una vez, iba él sentado, ¡haciendo sudocus!. La otra, de pie, en medio de un gentío, pequeño de estatura como es él, parecía un pastorcico salido de algún Nacimiento en Navidad. Más que un franciscano, a mí me parece un pastor. Claro que con la humildad de Francisco de Asís, y con su entusiasmo. Ni que decir tiene que, en ninguna de las dos ocasiones me atreví a abordarlo. Me limité a contemplar discretamente su presencia, esa humanidad pequeña, morral al hombro, casi insignificante, que yo sabía (seguramente más de uno de los que viajaban en el vagón, también) que encierra a un gigante.
Estoy por vender a Metro de Madrid una idea estupenda para su divertida publicidad televisiva. Pero, no; mejor me guardo ese lujo para mí solita. Egoísta que es una. ya me lo decía mi mamá.

