viernes, 18 de septiembre de 2009

calabazas

Les presento mi cosecha de calabazas. Ha sido un año dadivoso y brillante este que ya da paso al otoño. El informe PISA que da cuenta de cómo les va aquí y allá a los estudiantes europeos ha vuelto a darnos toneladas de calabazas a los españoles. Nuestros estudiantes son casi los más burros -¿debiera decir "vurros"?- del suelo de la vieja y, a veces, cochambrosa Europa -¿debiera decir "Oigopa"?-. La mala educación de las mesnadas españolas de los últimos, pongamos, treinta años, tene algo que ver con los sucesivos cambios de planes de estudio, salidos de gobiernos que no debieron tener las cosas muy claras. Eso, unido a la inconveniente repartición en 17 paisillos con sus gobiernillos y sus funcionarillos y sus chupopterillos de toda ralea, de lo que convenimos en llamar España desde hace algún tiempo, ha acabado de dar al traste con la enseñanza primaria y secundaria (mejor dejamos la universitaria para otro día; de esto mucho tendría que decir mi admirado Ignacio Gómez de Liaño). ¿Qué se hizo de aquellos catedráticos de instituto, que pulieron las juveniles cabecillas que abnegados maestros de escuela habían desasnado previamente? "Tienes más hambre que un maestro de escuela", ¿no es acaso paradigmático el decir popular? Pobre Machado, don Antonio. A la presidenta de la Comunidad de Madrid se le ha ocurrido dotar a los maestros y profesores de auctoritas para que los niños no se les desmadren. Pero la autoridad ha de conocerse antes, en casa, donde los niños desmadrados aprenden, precisamente, a desmadrarse. Y despadrarse, desde luego. Desde aquel ministro de educación al que se le ocurrió la genial arenga: "¡Menos latín y más fútbol!" poco se ha conseguido superar en ingenio y eficacia. Porque, oiga usted, del latín hace tiempo que nunca más se supo, pero de fútbol no hay quien nos pueda. ¿Por qué será que me siento igual de acongojada?

martes, 1 de septiembre de 2009

Salvada por el sochantre

Aquel año académico en la universidad de Toledo (Oh) empezó con ciertas carencias que, sólo mucho más tarde, supe que eran afectivas. ¡Qué cosas! Una joven aspirante a periodista, independiente, autónoma, bien educada en la resolución de problemas cotidianos, curiosa y amante de los viajes en solitario resulta que acusó una falta de afecto en la Gran Pradera del Midwest. A otros les da por morder esquinas. No sé.
De modo que busqué, y encontré, socorro y alivio para mi pena en la biblioteca de la universidad. Magnífica biblioteca, tengo que decir: un edificio moderno de cinco plantas, bien distribuido y ordenado, a cuyos estantes podía una acudir en busca de sus libros, una vez consultadas las fichas donde se apuntaba el lugar exacto, con una carretilla, si quisiera, para trasportar cuantos se necesitaran. Los libros estaban protegidos por una banda magnética, oculta entre sus páginas, que pitaba fuertemente si no había sido desactivada formalmente. Podías retener los libros en tu casa durante quince días, al cabo de los cuales había que renovar el préstamo o devolverlos. ¡Qué delicioso era perderse entre los altos estantes llenos de libros! Buscar un título, o dos, y acabar con cinco o seis libros prometedores, que invitaban a ser abiertos enseguida, como dice Italo Calvino, en uno de los suyos, después de buscarse un buen refugio, cerrar la puerta para que nadie moleste, ni un teléfono, ni un timbre, ni un pensamiento que distraiga de la lectura (Se una notte d'inverno un viagiattore). Esa fruición de leer que se pierde, ay, con los años, así como la capacidad de concentración.
Así fue como me topé con el sochantre y sus crónicas, con Merlín y su amigo Felipe, con las ánimas dispersas y algo desanimadas (¡!) de sus historias, con el hombre que se parecía a Orestes y hasta con el inigualable Ulises. Alvaro Cunqueiro, que en su juventud hizo el paripé con Franco para escapar a castigos, aprendió a fabular muy pronto, escuchando las divertidas historias que le contaba su madre, doña Pepita Mora, al calor de la lumbre, en su Mondoñedo natal.

Fue dulce dejarse envolver por esas narraciones extraordinarias, esos personajes tragicómicos, tiernos y ocurrentes, el ambiente de plenilunio brumoso en pleno bosque, húmedo el aire y lleno de ulular de búhos y autillos. A él, al escritor, siempre me sentiré agradecida.
Había un departamento de revistas y periódicos diversos, en el sótano de esa biblioteca, donde más que instruirme, me consolaba del exilio voluntario con lecturas castizas. Por suerte, eso no duró mucho tiempo; en un par de meses, yo andaba ya muy metida en la vida universitaria, me había apuntado al equipo de volei de la universidad (del que salí tarifando, incapaz de soportar los intensos entrenamientos), iba a nadar tres días a la semana, había hecho amigos, sobre todo. Sara Burt, por ejemplo, de Florida. Sighn, del Punjab; Marta, de Argentina; Celia Esplugas, también argentina... Peter, de Ohio, al que yo le gustaba, pero él a mí, no. Para entonces, yo ya andaba metida en lecturas de novelas y cuentos sobre la guerra civil americana: Stephen Crain, Ambrose Bierce, etc. Sobre una asignatura que me apasionó, por la que leí libros como "Science and Sanity", de un polaco cuyo nombre he olvidado. "Nonverbal communication", de Clara Davis, creo. And so on.
Pero esto sólo quería ser un homenaje a un escritor casi olvidado y que a mí me encantó, literalmente.

jueves, 27 de agosto de 2009

big fish



Ese año estudiaba un postgrado de periodismo en la universidad de Toledo, Ohio. No recuerdo por qué -supongo que tenía que consultarle algo de la clase de Newswriting- recabé en la oficina del profesor Ted (¡Dios! ¿Cómo he podido olvidar su apellido?) Whatever. El curso estaba a punto de finalizar y yo ya preparaba la maleta para el regreso a España, aunque antes pensaba pisar varios lugares anhelados del Este: Cape Cod, Boston, NYC... A pesar de mi nula intención de ir por ahí messing around lo cierto es que este profesor y yo coincidimos en varios sitios y simpatizábamos; eso se notaba. A mí él me encantaba, la verdad, pero me daba la tímida al verle. Con todo, le había aceptado alguna invitación informal, a pie de máquina de la biblioteca: "Come, Elvira: I'll buy you a coffee". Nada importante, desde luego. A mediados de diciembre, el profesor de "Language and Behaviour", un indio simpatiquísimo y ligón, bastante guaperas, Indu Sighn, nos invitó a su fiesta de "Christmas Pre warm", creo que la llamó. Recuerdo lo escandalizado que estaba Ted ante la noticia de que el gobierno español hubiera legalizado al PCE y el nerviosismo con que me decía: "Pero, tú no pensarás regresar, ¿verdad? Ahora habrá otra guerra en España por culpa de los comunistas". Yo traté de tranquilizarle, sin éxito, imagino, asegurándole que los comunistas ya no eran como esos que aparecían en las películas de propaganda política y que mostraban a una luminosa y alegre América frente a la vieja y corrupta Europa, como nos enseñaban en clase de "Politics" or whatever. ¡Qué bien estuvo esa fiesta de precalentamiento de Navidad!
Pero, lo que yo andaba contando es que, al llegar a la oficina del profe de Newswriting, ¡Ted Joseph, así se llamaba (y, espero, se llame)! del que probablemente sólo pensaba despedirme, me encontré con una nota pegada en el cristal de su puerta:"Gone fishing" Encontraba muy gracioso el aviso, pero me entristecía la idea de marcharme sin verle antes, de modo que le dejé un billete (como se decía en Mme. Bovary) deseándole buena suerte en la vida y le aseguré que me apenaba no poder despedirme de él personalmente. Un par de días después, me llegó -no sé cómo demonios- una cartita suya al buzón de casa. Una nota breve y simpática que aún sé de memoria porque me anduvo rondando mucho tiempo: "Had I caught you instead of that 25 pounds perch, life could have been different; but such is life!"

TJ me había sugerido alguna vez que me fuera a trabajar al Chicago Tribune, donde él colaboraba, porque yo era smart y qué demonios iba a hacer alguien como yo en un país como España donde, por si fuera poco, aceptaban comunistas en la vida política. ¡Cuántas veces he pensado qué habría sido de mi vida si hubiera aceptado esa oferta y si hubiera propiciado mi captura por el gran TJfisher! But, such is life.
(Dedicado a A)

viernes, 21 de agosto de 2009

Tiempo de vendimia



El calor de este año ha precipitado la vendimia, qué raro, todavía en agosto. Será verdad que estamos ante el cambio de un ciclo por otro, una glaciación que vendrá después de estos calores inmensos. El caso es que las máquinas monstruosas de los campos de Codorniú han comenzado su bronca cantinela nocturna (así la uva no sufre el calor al ser cortada), repasando una vez y luego otra los surcos repeinados de la campiña. Los tractores que se encargan de esa tarea son, como digo, enormes. Aunque raro, puedes encontrarlos en la carretera, de madrugada, cuando regresan de su trabajo. Miden, qué sé yo, cuatro metros de alto o más, y llevan una especie de diabólica dentadura vertical encargada de comerse los racimos para enviarlos a la trituradora. ¡Qué cosas! Me acuerdo de cuando era estudiante y me fui a vendimiar a Alcázar de San Juan, Ciudad Real, con otros amigos. Teníamos 17 años. Los "amos", Mikaela, Miguel y José Luis, el mayor: gente seria de Castilla, de muy buen aspecto campesino, con dinero, nos enseñaron que no valía hincar la rodilla para cortar los racimos, sino que había que doblar el espinazo, quebrar la bisagra, apechugar con la tarea de manera valiente, cantando si es preciso, como hacía una cuadrilla de gitanos que faenaba en un campo cercano: primero, muy alegres, cantaban todas las tonadillas; al mediodía ya sólo les salían resoplidos y algún improperio contra los tábanos. Usábamos navaja curva y recia, de vendimiar. Ahora, cuando van a mano, llevan tijera; no hay color. La navaja requería pericia y maestría que se iba consiguiendo después de un tiempo y unos cuantos callos en las palmas. Mikaela quería casarme con Miguel, su hermano menor. Se ve que le gusté, cualquiera sabe qué pasó por su cabeza. Mi jergón llevaba sábanas, era el único. Y me arropaba por la noche para desearme felices sueños, ante la mirada de pasmo de mis compañeros, hundidos en sus picajosos jergones de paja de maíz.
Pero, un momento: ¿por qué estoy contando esto? Si sólo quería decirles que me resulta melancólico el tiempo de vendimia. La linda uva que cuelga entre pámpanos y sarmientos, sonriendo al sol de la mañana, indiferente a mis cuitas de paseante apresurada, camino de mi molino desde donde les escribo esta carta. Melancolía de los almuerzos, a las diez de la mañana, hambrientos ya por el trabajo empezado a las seis, de torreznos y gachas, de sardinas arenques y pan tierno, de pueblo, rico, rico, rico... Ahora que lo pienso, ni vendimia ni flores: debe de ser melancolía de los 17.

lunes, 20 de julio de 2009

Fly me to the Moon


La escena final de la película "Space Cowboys": la inmensidad del infinito, el espacio sideral, la negrura flotante, espesa e inabarcable, y, de pronto, un satélite blanquecino, como anémico, pero brillante gracias a la lejana luz del sol. Sobre su granulenta superficie, un astronauta, un hombre sentenciado a muerte por sus células inmortales, cancerosas, que se sienta pausadamente, levitando como corresponde a la atmósfera selenita, al abrigo de un oterito, mientras en el aire, en la anchura del espacio, suenan las notas en la Voz, "Llévame a la luna... déjame jugar entre las estrellas... déjame saber cómo es la primavera en Júpiter y Marte..." Qué poder evocador, qué hallazgo el de Eastwood que pone el punto final tan poéticamente, con tal fuerza.


Hace 40 años, cuando Armstrong pisaba la superficie lunar y los comentaristas televisivos y radiofónicos de todo el mundo transmitían en directo esas imágenes, yo asistía a esa línea maestra de la historia, desde el trampolín de mis años adolescentes. Si es un cuento chino inventado para chinchar a los soviéticos o no, me da igual. Si, como creo con Calderón, la vida es sueño, ¿por qué no disfrutar del sueño espacial sin resabios superintendentes? Haced lo que queráis; pero que nadie cuente conmigo para estropear esa entrada humana en la materia infinita.



Fly Me To The Moon- The Boss Frank - Watch the best video clips here

martes, 7 de julio de 2009

JM Antolin expone en NYC


Mural-sized painting "Denial of Masquerade" (The Archons)

J.M. Antolín es amigo pero antes que eso, poeta y pintor. Mucho antes. Dejó su Valladolid natal, hace mucho tiempo, para venir a vivir a Nueva York. También lo hicieron, antes que él, las rejas de la catedral, pero ésa es otra historia. El caso es que expone y quiero dar publicidad a esa exposición para que vaya a verla quien se pase por la Gran Manzana.




2/20 GALLERY
presents
J.M. ANTOLIN
Showing his controversial mural-sized painting: Denial of Masquerade (The Archons)
Opening reception:Thursday, July 16th, 2009from 6-9 pm@2/20 GALLERY220 W. 16th StreetNew York, NY 10011(between 7/8th ave)(212) 807-8348



Las palabras de Paul Valery, poeta, como él, y perspicaz crítico, servirán para dar una idea de la tarea que ocupa a JM Antolín:

"Ciertas búsquedas cuya exigencia es ilimitada aíslan a quien se lanza a ellas; este aislamiento puede ser imperceptible: pero un hombre que se ahonda es vano que intente ver a otros hombres, charlar con ellos, discutir con ellos; reserva lo que cree esencial y no entrega lo que siente inútil a su gran designio. Una parte de su espíritu puede perfectamente emplearse en responder a los demás, y aun brillar a sus ojos; pero lejos de confundirse entre ellos merced a ese olvido de sí que engendran los excitantes intercambios de similitudes de impresiones y diferencias de ideas, sirven éstos para apartarle, haciéndole sentir con más claridad aún su divergencia y arrastrándole a retirarse en sí, consigo, más vivamente a cada contacto; así se forma por reacción una soledad segunda que le resulta necesaria para hacerse secretamente, estudiada y celosamente incomparable. Más aún, tan lejos va en ese encastillarse y retenerse que se aísla aun de lo que fue y de lo que hizo: no hay obra de sus manos que vuelva a ver ante sus ojos y no quiera destruir, o ponerse a ella de nuevo..."

Qué no os desanime la apariencia. Dentro brilla un cálido corazón.

sábado, 4 de julio de 2009

aguaaa



El calor deshace planes de trabajo y buenos propósitos de orden en la casa. Postpone decisiones y derrite helados y conciencias. ¡Qué calor! y parece que éste se incrementa al repetir la expresión desmayada y aburrida. Buscaría alguna excusa para colgar una entrada nueva en el blog pero, ¡con este calor! Parece que los ingleses se han pasado el día de ayer lamentándose del calor enorme (31ºC) que les ha atacado durante 24 horas. ¡Qué exagerados los ingleses! Sólo 31 grados no es nada. Como 20 años: naaaaada.



De modo que he llenado la piscina de agua clara, sin cloro (¡Eh! No lo he planeado, ese pareado; pero no es tal pareado, sólo se acerca la fonética; vaya milonga), agua procedente de una fuenta cercana, una mina romana que lleva manando desde entonces. Cuando los que mandaban en el mundo sabían latín. No como ahora, que no saben más que de ingeniería financiera, y sin brillantez que digamos, visto el panorama económico que, dicen, padecemos. En fin que he llenado la piscina pero aún no me he metido dentro. Me da no sé qué. Está tan limpia, tan bonita, tan quieta y callada en su soledad de atardecida... Y tan fría el agua que me duelen los tobillos cuando trato de entrar. No me deja. Eso es lo que pasa. De modo que sigo pasando calor; disfruto del calor del verano que me trae siempre recuerdos de infancia. Aunque está claro que los niños ni se enteran del calor, les da igual. No entropece sus juegos ni su aburrimiento ante tantas horas libres de escuela, de maestros, de tareas, de memorizar la lista de los Godos. Los Reyes Godos. Yo nunca la memoricé. Tengo ese pequeño dolor en mi experiencia. Aunque doña Emma, la profe de Historia de cuarto de bachillerato del colegio Tavera de Toledo, se empeñó en que reconstruyéramos la Reconquista en folios que íbamos pegando, después de escribir en ellos los nombres de reinas y reyes herederos de los godos, a medida que iban recobrando el terreno invadido por las tribus de almorábides, almogábares, almohades... Almohadillas, almohadones, almohadas. Fue bello ese trabajito. Doña Emma tenía unas gafas oscuras de cristal gordo que se volvía verde de tan gordo. Me caía bien. Yo atendía sin pestañear, me acuerdo perfectamente. Aunque a veces no me enteraba de la lección porque, aunque atendía sin pestañear lo cierto es que se me iba la mente por ahí, subía al Valle y bajaba por el callejón de los Dos Codos o se dejaba perder por la calle del Pozo Amargo. Toledo daba para todo eso y más. Y, sobre todo, ese calor, ese calor sofocante e inmobilizador de las tardes de Toledo. ¿De qué se quejarán los ingleses?