El Molino ha recibido una visita muy grata. El escultor Javier Corberó, adalid de colosos de piedra, y Natalie, una británica nacida en Hong Kong, de madre cubana, han paseado y admirado la primavera que brilla en el Molí. Fuera, el sol castigaba a muchos grados de temperatura, creando una sensación de agosto, fuera de lugar en este junio recién abierto. El tránsito a la panza del molino, fresca y umbría, se agradecía mucho.
Javier, un hombre raro, singular, divertido, sin posibilidad de duplicado, ha sido gran amigo de Antonio Gades (foto de la derecha), aquel bailaor que se casó con Marisol: "dos niños explotados", como resume bien el escultor. Tanta fue su amistad que ambos se confundían y resultaba difícil distinguirlos. Una vez, Javier se llevó el pasaporte de Gades y cruzó la frontera sin ningún problema. ¿Te equivocaste de documento?, le pregunté. No, qué va; nos apostamos a que no se darían cuenta los policías, y no se enteraron del cambiazo.Sí, la piel de la cara de Corberó es agitanada, y los ojos, y los labios y las maneras. Es un caballero gitano de alta cuna, de mirada certera y sensibilidad artística poco comunes. En Nueva York, tomó un taxi que iba conducido por un sigh, con su turbante y toda la pesca, quien le preguntó si en España la gente era como él o eran más blancos. Se encontraba muy a gusto el taxista con un pasajero de tez tan pareja.
Corberó recibe a jóvenes artistas en su casa aldea de las afueras de Barcelona y les muestra algunos trabajos. "Si veo que ven, les dejo estar más y les enseño cosas; si veo que no ven los largo pronto con cualquier excusa". Para estar en la vida como se debe hay que ver; mirar y ver. Un artista, sobre todo; pero también cualquiera que no quiera morirse sin haberse enterado de casi nada.
El Molino se ha sentido muy honrado con esta visita. Ha soñado con alojar colosos en el jardín. Ha crecido y se ha relajado un poco. Lleva una temporada algo nervioso por la crisis.




