Escribo mientras espero la llegada de tres damas que quieren pasar este fin de semana en el Molino. He preparado ya uno de los apartamentos más confortables y se está calentando ahora: por la noche ya va haciendo frío en la Conca de Barberá. Sin embargo, los días son luminosos y cálidos.
He vuelto de Madrid en el tren. Me gusta el tren, aunque en estos trenes modernos todo el mundo parece ponerse de acuerdo en montar una oficina portátil donde solucionan sus tareas pendientes, reestructuran puestos de trabajo, discuten presupuestos y qué sé yo. Están todos rematadamente locos. Y hablan muy alto. Mucho. Te enteras de todo, a tu pesar.
Pero, como a mí los trenes que me gustan son los que ya casi han desaparecido, lo que hago es que me invento un compartimento y procuro aislarme del ruido y de las ordinarieces por el sistema de la hipnosis transitoria voluntaria (HTV) que da un resultado casi perfecto. Entonces, cuando el ambiente está logrado, sólo hay que abrir el libro que estás leyendo o contemplar el paisaje desde la ventana hasta que la falta de luz exterior te devuelva tu propia imagen mezclada con los presurosos árboles y las colinas en fuga. Sí.
Pero decía que ya estoy de vuelta. Los perros de Sergi me estaban esperando. Ya los conocen ustedes. Son cariñosos pero además son mis fans o, mejor dicho, fans de los bocaditos de foie (barato) que les preparo y de los trozos de "chope" con que premio su buen comportamiento de vez en cuando.
Aún con sol, la tarde se prestaba a darse un garbeo por la huerta. Las manzanas siguen ofreciendo su mejor cara pero las peras aún no se deciden a madurar. No importa, no hay prisa. Entre higos y uvas de varias clases, sin contar con nueces, avellanas y almendras... y ahora: las castañas empiezan a caer.
He cosechado algunas manzanas para entregar al amigo lector: el frutero del que ya les he hablado. El más atento y perspicaz de los lectores con que me he topado en la vida. Claro, siempre que paso por delante de su frutería lo veo aplicado a un libro. Es una imagen que me gustaría retratar para que ustedes la vean. Nadie podría sospechar que en un pueblo de mala muerte como éste, un pobre frutero que vende cuatro cosas al día, solitario y silencioso,... En fin. La vida.
Tengo que contarles que mi clase de yoga de hoy ha sido soberbia. Respirar en medio de parsvakonasana sin que se ofusquen los riñones ni le dé un pasmo a la tercera cervical es una experiencia que deben ustedes tener algún día. Tengo que practicar mañana, sin excusas, o de otra manera las agujetas me harán el fin de semana imposible.Niebla ladra. Se ha hecho de noche y de las tres damas nada sé. ¿Por dónde andarán? ¿Se habrán perdido? No sé si... Bueno, esperaré un poco más. Pero voy a saludar a Niebla y a acomodar a los dos mejores amigos "del hombre" en el almacén para que pasen la noche tranquilos.
Tengo que hablarles otro día de Günter Walraff, un periodista al que admiro. Me lo recordarán, ¿verdad? Aún no puedo poner fotos en la entrada porque me dice una galleta que tengo desactivadas las cookies en mi navegador y que tengo que activarlas. Vaya usté a saber cómo diablos se hace eso.
Buenas noches.





