viernes, 15 de octubre de 2010

Three ladies



Escribo mientras espero la llegada de tres damas que quieren pasar este fin de semana en el Molino. He preparado ya uno de los apartamentos más confortables y se está calentando ahora: por la noche ya va haciendo frío en la Conca de Barberá. Sin embargo, los días son luminosos y cálidos.
He vuelto de Madrid en el tren. Me gusta el tren, aunque en estos trenes modernos todo el mundo parece ponerse de acuerdo en montar una oficina portátil donde solucionan sus tareas pendientes, reestructuran puestos de trabajo, discuten presupuestos y qué sé yo. Están todos rematadamente locos. Y hablan muy alto. Mucho. Te enteras de todo, a tu pesar.
Pero, como a mí los trenes que me gustan son los que ya casi han desaparecido, lo que hago es que me invento un compartimento y procuro aislarme del ruido y de las ordinarieces por el sistema de la hipnosis transitoria voluntaria (HTV) que da un resultado casi perfecto. Entonces, cuando el ambiente está logrado, sólo hay que abrir el libro que estás leyendo o contemplar el paisaje desde la ventana hasta que la falta de luz exterior te devuelva tu propia imagen mezclada con los presurosos árboles y las colinas en fuga. Sí.
Pero decía que ya estoy de vuelta. Los perros de Sergi me estaban esperando. Ya los conocen ustedes. Son cariñosos pero además son mis fans o, mejor dicho, fans de los bocaditos de foie (barato) que les preparo y de los trozos de "chope" con que premio su buen comportamiento de vez en cuando.
Aún con sol, la tarde se prestaba a darse un garbeo por la huerta. Las manzanas siguen ofreciendo su mejor cara pero las peras aún no se deciden a madurar. No importa, no hay prisa. Entre higos y uvas de varias clases, sin contar con nueces, avellanas y almendras... y ahora: las castañas empiezan a caer.
He cosechado algunas manzanas para entregar al amigo lector: el frutero del que ya les he hablado. El más atento y perspicaz de los lectores con que me he topado en la vida. Claro, siempre que paso por delante de su frutería lo veo aplicado a un libro. Es una imagen que me gustaría retratar para que ustedes la vean. Nadie podría sospechar que en un pueblo de mala muerte como éste, un pobre frutero que vende cuatro cosas al día, solitario y silencioso,... En fin. La vida.

Tengo que contarles que mi clase de yoga de hoy ha sido soberbia. Respirar en medio de parsvakonasana sin que se ofusquen los riñones ni le dé un pasmo a la tercera cervical es una experiencia que deben ustedes tener algún día. Tengo que practicar mañana, sin excusas, o de otra manera las agujetas me harán el fin de semana imposible.
Niebla ladra. Se ha hecho de noche y de las tres damas nada sé. ¿Por dónde andarán? ¿Se habrán perdido? No sé si... Bueno, esperaré un poco más. Pero voy a saludar a Niebla y a acomodar a los dos mejores amigos "del hombre" en el almacén para que pasen la noche tranquilos.

Tengo que hablarles otro día de Günter Walraff, un periodista al que admiro. Me lo recordarán, ¿verdad? Aún no puedo poner fotos en la entrada porque me dice una galleta que tengo desactivadas las cookies en mi navegador y que tengo que activarlas. Vaya usté a saber cómo diablos se hace eso.
Buenas noches.

martes, 12 de octubre de 2010

Un encuentro extraordinario

Todo estaba bien planeado y salió bien. Al fin una historia que acaba como Dios manda (olvídense ahora de las fórmulas modernas; esto se ha dicho así de toda la vida y funciona). Había que compartir un cocido madrileño en Toledo, lo que le cambiaba el gentilicio a cocido toledano. También se agradece que a Toledo no se le asocie siempre con una mala experiencia tipo: noche toledana, por ejemplo. O, más graciosamente: "no seas bolo como los de Toledo".
La heroica cocinera, Chari, ha tenido buenos pinches, hay que decirlo, entre ellos a Quique, quien evitó a tiempo que le cayera a la sopa otro kilo de fideos que la habría convertido en un engrudo imposible de tragar. Sopa y resto del cocido estaban riquísimos, por cierto.
Habían anunciado su asistencia ilustres comensales venidos desde Lanzarote, Málaga, Valladolid, Madrid y Granada, sin contar con los toledanos. En total, unas tropecientas personas entre perros, niños, primos, gatos y cónyuges. Una delicia. Se comió, se bebió, se charló, se voceó, se cantó y se bailó. Sobre todo, nos abrazamos los que llevábamos tiempo sin vernos. Y los que no, también. En esta familia, falta tiempo para abrazarse y darse sonoros besos de esos que avergonzaban tanto de chicos.
Es raro lo que sucede cuando llevo tanto tiempo sin ver a mis primos de Málaga, porque es como si me hubiera separado de mi familia más cercana, de mi propia infancia, y, pasado mucho tiempo, como ocurre en los mejores melodramas antiguos, nos reencontráramos. Y es raro porque no nos hemos perdido ni hemos estado ausentes en tierras lejanas ni hemos ido a hacer las Américas ni hemos estado enfadados, sin hablarnos, que serían motivos muy claros de alejamiento.
Es la vida la que aleja a la gente que se quiere: las vidas de cada uno, las circunstancias, los lugares a los que cada cual se va desplazando según necesidades o preferencias. De ahí lo de reencontrarse con la infancia y todo lo que lleva eso encima de peso. Bueno y del otro.
Tenía que contarlo esta tarde lluviosa desde el molino solitario, donde los nenúfares han vuelto a florecer y los kois nadan jubilosos entre las ondas que forman los goterones de agua caída del cielo. Se está bien dentro, sentada a la mesa del escritorio, junto a la ventana, mientras oigo el sonido de la lluvia y me alumbra la lámpara de luz cálida bañando de amarillo el papel electrónico que utilizo y el pelo de Dante, negro como la noche negra.
Escribo para felicitarme por formar parte de esta familia; por la herencia recibida, tan millonaria.
En agradecimiento.

lunes, 4 de octubre de 2010

Un cuarto propio


Cristina era como un hada, quizás lo siga siendo.
 Cristina cuidó de mi hija cuando ésta era pequeña, unos seis años. Cristina era muy joven entonces, recuerdo que tenía unos hermosos ojos azules y un carácter dulce; era una chica muy seria: podía confiar plenamente en ella. El tiempo y otras circunstancias nos separaron y ahora, tantos años después, la magia de la red de redes ha vuelto a ponernos en contacto.
Esta entrada en el diario es para deciros que Cristina tiene una librería en Ciudad Real donde, cuando se cierra la puerta, se enciende una luz cálida y directa que ilumina las mejores páginas de los libros que han cambiado a la gente para ser mejor. Desde fuera, puede verse movimiento y escucharse el sonido de las palabras, las risas, los susurros, como en esas tarjetas de Navidad que muestran un paisaje nevado y frío, azul, al anochecer, y una casita encendida, al fondo, dentro de la cual una imagina un ambiente tan agradable que quisiera poder estar dentro.
Os invito a entrar en esa casita. Acaba de cumplir un año. No he podido asistir, pero sí me han entrado unas ganas enormes de entrar a visitarla. Y lo haré.

domingo, 3 de octubre de 2010

Primarias en Madrid

En Madrid, los políticos del PSOE están de primarias. Les ha gustado el sistema de los partidos norteamericanos y quieren ponerlo en práctica. No está mal, en principio. Resulta que la candidatura oficialista, Trinidad Jiménez, actual ministra de Sanidad, apoyada por el presidente del gobierno, Rodríguez Zapatero, ha perdido frente a la candidatura del pueblo llano, de los militantes socialistas, Tomás Gómez, que ha sido ganadora. Hasta ahora, muy bien, muy bonito todo.
A Gómez no lo conocía y cuando me llegó alguna noticia de él fue la de que se trata de un luchador duro y nato, con alguna picia en su haber. Pero, ¿qué político no tiene picias en su cajón? Tampoco conozco la calidad de la picia en cuestión, de modo que, por el momento, seguiré con atención las evoluciones de este político, con cara juvenil y natural, sin tanto maquillaje.
Otro dato significativo -pero, claro, todo está estudiado por los guardadores de imagen- es que Gómez ha esperado los resultados de la consulta en la sede de los socialistas madrileños, mientras que Jiménez lo ha hecho en un hotelazo de lujo. Y con maquillaje. A mí, el acento de Jiménez me gusta. Creo que es de Huelva.
Hasta aquí mi crónica política. Hoy apenas he hecho labores del campo, si exceptúo unas hierbas que he arrancado de los rosales, de modo que me siento algo apelmazada. Por eso prefiero dejarles ahora. Ya volveré otro día con más tino.
Queden ustedes en paz y alegría.

martes, 28 de septiembre de 2010

Tareas de otoño

Bien está lo de los paseos, las lecturas y las risas con los amigos del castillo, Martina y Pedro, pero el otoño está ya oficialmente aquí y hace falta mover el culo, con perdón, o se acumulan los trabajos y se te echa encima el invierno. Tempus fugit que es un gusto.
Campesina, de Van Gogh
Con que aquí me tenéis, rastrillo en mano enguantada, que ya he escarmentado con los callos, las desgarraduras, los cortes y pinchazos, la suciedad y el despelleje y ahora siempre me acuerdo de colocarme unos buenos guantes. He barrido hojas que ya empiezan a caer, recogido los montones de ramas secas que había acumulado hace un par de días en el jardín, regado los rododendros que, siento decirlo, no creo que se salven finalmente, y apartado algunos bulbos, sobre todo narcisos, para la primavera.

Waldo, limpiando un hueso de cocido.

Un viaje que otro a las cepas de moscatel que están casi a punto, aunque aún hay muchos racimos verdes. Peras de varias clases, manzanas verde doncella, goldenestarky, además de unas que no sé cómo se llaman, pero que, creo, se usan para hacer sidra. ¿Alguien sabe? Para no hablar de los higos. Cada mañana, me desayuno unos cuantos, tomados directamente de la higuera que queda junto al tendedero. Resultan deliciosos en ayunas y al tibio sol de las nueve.

No he hecho fotos. Mal hecho, ya lo sé. Pero ya las haré. Tenía que contaros esto, eso es todo. Niebla ( a la que conoceis de la entrada anterior) y Wualdo, al que os presento en ésta, me acompañan en el trabajo otoñal, esperando que se me deslice alguno de los canapés de paté de cerdo ibérico que les doy de vez en cuando. Se ve que les gusta bastante el cerdo ibérico. Son unos finolis.
Y me voy a la cama que ya va siendo hora.
A seguir bien.

martes, 21 de septiembre de 2010

Paseo de otoño

Llueve a mares; no ha parado en varias horas.
He salido a pasear por entre las viñas, terreno pedregoso, difícil de pisar, pero rodeado de espacios de misterio, oscurecidos por las negras encinas y los enhebros. Al pasar ante Niebla, la perra de Sergi, mi vecino, que estaba atada con cara de aburrirse lo indecible, la he soltado con la condición de que me acompañara y no se fuera por la carretera alocadamente. Niebla es escapista como buena alaska. Una perra blanca, de ojos verdes, que muta el pelo hacia hilos tostados cuando cambia la estación del año hacia el frío. En ello está ahora.
Con que salimos juntas y así volvímos, antes de la cuenta porque las nubes grises empezaron a gastar bromitas a la media hora de excursión. Primero, solamente unas gotas, un calabobos inocente. Luego, el estruendo de un trueno, y otro y otro. Las montañas de Prades y los montes de Poblet se encargan de amplificar el sonido encabalgándolo, creando un rosario de truenos como de espejos sonoros enfrentados, casi infinitos.
Niebla desaparecía cada dos por tres en el paseo. Pasaba fugaz, fantasmal por entre las hileras de vides y se esfumaba tras los matorrales de rosas silvestres y retamas. La seguí en una ocasión y me desveló un sendero con huellas recientes de jabalíes. La tierra está aún blanda de la última lluvia de hace unos días. El sendero zigzagueante y escarpado, estrecho y cuajado de encinas bajas y enhebros pinchudos, me obligó a caminar como por debajo de horcas caudinas (gracias, Pilar) durante un buen trecho. Como no me fío de los cazadores y comoquiera que escuché tiros bien cerca de casa ayer, domingo, me puse a silbar cancioncillas campestres para prevenir un susto. En mi postura agachada, bien podrían confundirme con un jabalí esos bárbaros que por matar, tirarían a su madre si volara. Caso de que estuvieran cazando perdices, digo.
Nada de eso pasó. Niebla iba apareciendo y desapareciendo hasta que los truenos y el plomo del cielo y el agua que iba animándose a caer más fuerte nos obligó a regresar.
¡Qué agradable entrar en casa cuando afuera llueve y está desapacible! Niebla se ganó un canapé de paté de canard, del que dio cuenta en menos de medio minuto. Yo me licué unas cuantas uvas rosaki, dulces y deliciosas.
Fuera, la niebla se cernía entre los chopos y tapaba totalmente los cedros del camino del bosque. Un buen momento para arrebujarse en el sofá y terminar de leer el periódico.


martes, 14 de septiembre de 2010

Un mundo infeliz

Leo en el periódico que hay 230 millones de personas en paro en el mundo. No sé de dónde habrán sacado esa cifra, cómo saben ese número exacto, si cuentan o no cuentan a los que llevan en paro toda la vida porque viven en países donde el trabajo no cuenta. O no existe. O no es remunerado. Las mujeres, sobre todo, algo saben de eso.
Leo en mi blog preferido que la universidad de Puerto Rico ha suprimido las clases que tenía de estudios de género, o sea sobre las mujeres y las peculiaridades que plantea esa "condición". Parece que haya alguna relación entre una y otra noticia, ¿no es así? En fin, se trata de los graves problemas que están acuciando a la gente, sean del sexo que sean. O del género.
Asumimos, a estas alturas, que el sistema socialista ha fracasado y lo representamos muy gráficamente con el derrumbamiento del muro de Berlín. En eso parece que todo el mundo está de acuerdo. Sin embargo, ante el fracaso estrepitoso del sistema capitalista todos prefieren hablar de abuso de codiciosos, descuido de gobernantes, corrupción y tal y cual. Quizás porque la representación gráfica del fracaso del capitalismo no es un muro enorme que se cae a trozos sino millones de personas que se empobrecen progresivamente, que pasan hambre y ven peligrar sus casas, cuando ya creían que las tendrían para siempre. Clases medias que desaparecen para dejar paso a la marginación y la carencia. Niños sin techo, padres sin sueldo, dolor, llanto. ¿Cómo representar gráficamente eso? ¿Cómo denunciar a gritos el estrepitoso fracaso del sistema capitalista? Cuando la tecnología y la inmediatez de comunicaciones nos ha hecho creernos casi dioses, nadie va a prestar atención a una loca vociferante.
Si falta el pan faltará con mayor razón el conocimiento y, más aún, la cultura, según lo que aprendimos en la pirámide invertida de necesidades. No ha fracasado el capitalismo, dice; es que unos sucios avariciosos quieren ganar dinero a toda costa sin pararse a pensar cuánto podrá caber en sus tumbas. Nos hemos apuntado todos al modo de vida anglosajón y ahora nadie quiere comulgar con su triste religión: make money not love.
Y, sin embargo, el fracaso del sistema capitalista se ve y se palpa. Ya no puede esconderse más. Sí que vamos bien.