lunes, 26 de septiembre de 2011

Que llueva, que llueva

La Virgen de la Cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan, que sí, que no, que caiga un chaparrón con azúcar y limón, que se inunden los cristales de la estación (aunque creo que aquí, en realidad dice "que se rompan los cristales...", que acaso tenga más lógica; pero yo siempre decía "que se inunden").
Pero no llueve. En todas partes se moja la tierra devolviendo a las naricillas ese olor inconfundible y gozoso de la tierra mojada, aún caliente por las estribaciones del verano. Ha llovido en la Cataluña interior, pero el Molino ha vuelto a ser castigado sin agua. Así que la cascada que aparece en la fotografía está ausente y silenciosa.
La cosa no es una broma porque el río hace tiempo que se secó y hubo que salvar cientos de peces que se ahogaban sin agua (esto tiene gracia; son raros los peces, ¿no?). Ahora, tengo que entrar con botas de agua en el fango del estanque, descubierto por la sequía, para recolocar las macetas de nenúfares, lirios de agua, colas de caballo gigantes, calas, etc., que se habían quedado en dique seco y amenazaban con morirse. Dos veces al día, le quito a la hierba el riego para darle ese agua del pozo al estanque; así se evita que la evaporación vaya más deprisa en espera a que llueva.
Pero no llueve, y la melancolía propia de la lluvia de otoño se vuelve aún más triste por no poder sentirla. Es más triste no poder notar cómo los ojos se inundan de lágrimas por la emoción que produce la belleza de una música: la de las gotas de agua chocando con las hojas de los chopos, la tierra del bosque, las piedras del camino, el agua del estanque.
Sí; me doy cuenta de que me he pasado de rosca aunque no crean que me encuentro muy descaminada. Al fin y al cabo les hablo de sentimientos y éstos son siempre muy suyos, o sea, muy nuestros, de cada cual. Ya me entienden. Aunque, con esta sequía, dudo mucho que haya alguien ahí fuera. ¿Hay alguien ahí?

jueves, 15 de septiembre de 2011

El bancal se anima en verano

Habíamos dejado el bancal mudo y quieto, pero la vida sigue y la realidad se muestra muy animada en ese pedazo de tierra tan pequeño. Confieso haber dedicado poco tiempo al bancal, haber incluso olvidado regarlo más de una vez -gracias a que mi vecino de cultivo, Sergi, sí ha tenido la caridad de hacerlo por mí- con lo que lo he puesto en peligro, ya que algunos días de agosto han sido muy calurosos.
Ahí lo tenéis. Los rabanitos pasarom, comí unos cuantos muy fuertes y ricos, pero la verdad es que la cosecha fue pequeña -mea culpa, ya lo sé para la próxima vez-; sin embargo, la rúcula ha resultado generosa y resistente. Los escarabajos de la rúcula y yo estamos muy contentos con esta hierba tan rica que ha dado fruto todo el verano, con lo que las ensaladas en el molino han sido abundantes.
En agosto planté una tomatera de tomatitos pequeños, deliciosos, que ya ha rebasado el ecuador pero no para de producir. Cuando se pase del todo, pienso plantar acelgas y puerros. Se dice que son buenos para el invierno. Claro que soy tan novata que supongo que me quedan muchas meteduras de pata que perpetrar. Ya lo iré contando, por si interesa a alguien.
El invierno era una prueba dura ya que hay días en que se bajan muchos grados de cero. Supongo que me acordaré de proteger la cerámica con plástico. El invierno que viene será también para mí una prueba muy dura. Les dejo ahora, tengo que meditar para ver si recupero la respiración. nada grave; sólo importante.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Cosas hechas a mano

Este es un pan integral de nueces hecho por mí misma y una panificadora eléctrica. Ya no puedo hacer más porque la panificadora en cuestión era un préstamo y he tenido que devolverla a su dueño. Si se fijan en la fotografía verán que el pan -que estaba muy rico- salió con forma de cadena montañosa, de hecho, a mí me recordaba el perfil de Montserrat, cuando la saqué del molde.
Hacer pan es como hacer jabón, por ejemplo. Son cosas que crees que hay que comprarlas hechas hasta que alguien te explica cómo hacerlas tú misma. No se trata de dar ejemplo de ama de casa perfecta, tipo "We can do it", de ésas que acaban en un manicomio, por perfeccionistas. No. Se trata de supervivencia. En un mundo que avanza vertiginosamente hacia un concepto de progreso que nos conduce a la Edad de Piedra, lo mejor es aprender técnicas de supervivencia. A matar, ya aprende el resto del mundo. Nosotros, a vivir y dejar vivir a los demás.
Hace unos años, hice un jabón con el aceite que fui recolectando en una de esas botellas de plástico de cinco litros. Le añadí hojas de laurel picado y quedó de un suave color verde laurel con cierto aroma de laurel. No conseguí darle acabado de tienda, pero ¿qué falta hacía? Este año aún no lo he intentado, aunque ya tengo cinco litros de aceite usado para hacerlo. Probaré a hacer un jabón líquido para la lavadora o para la vajilla. A ver qué tal.


lunes, 22 de agosto de 2011

Un paseo por el cielo

Perseidas o Lágrimas de San Lorenzo
Llevábamos tiempo pensando en hacerlo pero, por pitos o por flautas, siempre lo hemos ido dejando para más tarde. Hoy, por fin, Gonzalo ha aparecido por casa y nos ha propuesto contemplar las estrellas, ahora que la luna ha dejado de brillar entera y luminosa y anda en rojo menguante.
Después de un rato de charleta estelar en la que nos hemos familiarizado con unas cuantas constelaciones, reunidos todos -y éramos un buen montón de amigos- alrededor de un buen cava y rico brazo de gitano (alguien tendría que explicar alguna vez por qué los gitanos tienen brazos tan ricos) en la gran sala que hace de cocina, comedor y cuarto de estar, de Diego, el gemelo de Gonzalo. Arriba, en la montaña.
Llegada la hora, nos pusimos en marcha encarando un camino pedregoso y oscuro, apenas alguna linterna, hacia el lugar abierto desde donde, tumbados en esterillas de goma, nos dispusimos al paseo con la mirada, por lo más alto de la bóveda celeste.
Allí estaban las dos osas y la estrella Polar; Casiopea y Andrómeda, Perseo y Pegaso, su caballo salvador; el gran dragón y el triángulo del verano, Altair, Vega, el Aguila, el Cisne... Qué pequeña me sentí, como siempre que camino de noche mirando hacia arriba, fundiendo mi mirada con las estrellas. Por eso, en el silencio nocturno sólo roto por el sonido de los grillos, compuse un viparita karani tranquilo, relajante, sostenido por la oscuridad. La magia surge de lo menos pensado. Hasta once estrellas fugaces contamos. Conté hasta diez antes de formular un deseo que beneficiara a alguien que yo quiero. Si ese deseo mío se cumple, seré regalada también por la generosidad de las estrellas voladoras. Mejor forma de egoísmo no conozco.

jueves, 4 de agosto de 2011

Las cosas que valen la pena exigen su esfuerzo y atención



Bajo los tilos

 Al fin me han arreglado la vieja Nikon. Abrigaba la esperanza de que no mereciera la pena hacerlo porque su pantalla es pequeña para mis ojos cegatos, aunque sospecho que -de haber sido así- pasaría mucho tiempo antes de comprarme otra, ahora que han bajado tanto de precio. No está el horno.
Me dijo el arreglador de máquinas fotográficas que se trata de un ejemplar de magníficas lentes (él dijo otra palabra que no encuentro y que me gusta más) y que, aunque el arreglo subía a 80 luros, me valía la pena. Así que le hice caso: adios al sueño de tener una cámara más pequeña pero con pantalla grandota.
Les pongo aquí una de las primeras fotos con la Nikon buena. Es un estanquito de agua potable del molino, al que se asoma un tilo que nació por su cuenta y riesgo -seguramente, plantado por los mirlos- hace unos pocos años. Su copa ahora se eleva más de dos metros y medio, quizás tres, y da una buena cantidad de tila, cuyo perfume resulta balsámico y tonificante a la vez. Me gustaría ponerles una foto de la tila seca, amontonada en el suelo, pero dudo que consiga hacerlo sin ayuda. Claro que siempre puedo pedir auxilio a una buena estrella que me acompaña en la distancia.




El arreglador de máquinas fotográficas es un personaje. Aficionado con pasión a la fotografía y a la observación del firmamento, hace fotos a las llamaradas del sol o a Orión si se pone a tiro. Me pidió que le esperara unos minutos, si no tenía prisa, ya que a esa precisa hora podría fotografiar a Venus antes de que la luz bajara demasiado. Aproveché que no llevaba dinero para buscar un cajero y asaltar mi cuenta corriente. También compré unas pastas de Valladolid en el colmado de cerca de Trafalgar, que tiene dulces de pueblo muy ricos y, de paso, envié una perdida a mi amiga Pilar, que vive cerca. Me contestó y subía a su casa a tomar un té de flor de Jamaica; me encanmta cómo lo hace.
A la vuelta, ya estaba el fotógrafo en su taller. Tiene el establecimiento -una casa vieja y limpia, a la que se accede bajando unos cuantos escalones, para sumirse en un espacio donde cámaras de distintos tipos y épocas tapizan las paredes, donde la madera y el vidrio abundan y un cálido silencio lo llena todo- un aire de cubículo privado de Merlín. Me sentía un ser privilegiado por estar allí charlando con ese hombre que tanto sabe y tan entusiasta es.
Me enseñó unas fotos que había tomado del sol unos días antes: pudo aumentar un detalle de las llamas que casi quemaban. Le detectamos unos lunares al sol: "Se está haciendo viejo", me aclaró. Y recordé, de pronto, la lección del libro de Geografía de primero de bachillerato en el que se hablaba de esas cosas. 
De modo que si tienen que arregalr una cámara, no duden en preguntarme a qué mago enviarla, en la capital de España. Les dejo este enlace porque la foto puede ampliarse y ver una parte del lugar.


martes, 19 de julio de 2011

Pensaba en la guerra, a la sombra de los chopos

Durante los tres años que duró la Guerra Civil, Veciana -el último harinero del Molí del Salt, desde donde escribo- llevó un diario en el que escribía lo que pasaba, lo que veía, lo que le contaban, lo que cavilaba en medio del desastre de la guerra. Después del 37, pensó que su diario lo comprometía y acabó destruyéndolo, pero pasados unos días decidió recomenzar, reconstruyendo, incluso, las páginas quemadas. Es un testimonio emocionante de un hombre humilde, audidacta, que se define como buen republicano y que cuenta también cómo le iba el oficio y el negocio a medida que la guerra avanzaba en Cataluña y en el resto de España. Su relato de las fechorías de los pistoleros anarquistas (cuánto siento tener que decir esto) es estremecedor. A estas alturas, nadie debe ignorar lo que pasó en Cataluña a causa de los excesos de los anarquistas. El diario llegó a mis manos, caligrafiado por él mismo, cuando ya había muerto. Me lo confió con mucho secretismo su hija. Estuve editándolo un año entero con el fin de que lo publicara alguna editorial española. Lo envié a varias, sin éxito. Se me ocurrió hacérselo llegar a la directora del Seminario de biografías y memorias de la Universidad Autónoma de Barcelona; me parecía el lugar perfecto. No obtuve respuesta siquiera. De modo que solamente dos o tres personas hemos leído ese documento que adquiere ahora relevancia por el aniversario del comienzo de esa guerra. 75º, ya.
Veciana cuenta que a menudo se dejaba acariciar por el aire fresco bajo los chopos del Molí, escuchando los trinos de los pájaros y se extrañaba de que a unos pocos cientos de metros la gente anduviera matándose, delatándose, haciéndose tanto daño.
Los españoles casi no podemos hablar de ello todavía sin que salgan sarpullidos y úlceras. Casi no dejamos hablar a los historiadores. Falta tiempo aún, o capacidad de perdón, o de acercamiento frío a los hechos. Reflexión falta y discusión educada.
Yo he traído esto aquí por dedicar un homenaje a Veciana que era un hombre bueno, un buen republicano, un hombre justo que cometió el error de saludar la entrada de Franco en Barcelona con alivio y alegría porque significaba el final de la guerra. Como tantos otros.

domingo, 3 de julio de 2011

Astynomia

Los griegos inventaron la democracia -algo precaria, pero luz y chispa de lo que ahora tenemos-. Su lengua subyace en la nuestra y en otras muchas más, con más base de lo que creemos: policía es palabra griega: el encargado de la polis, el que vigila por la polis. O, en palabras del deleznable Torrente: el que "apatrulla la ciudad". Pero los griegos se han portado mal, según han dicho los delincuentes habituales que firman con letras de oro las fachadas de sus edificios, cada vez más altos y más grandes. Ellos mismos, cada vez más gordos y más sinvergüenzas: las agencias de calificación, los dictadores de los mercados que condicionan a las democracias.
Ay, qué cansancio. Tanta lucha democrática para esto. Con razón dijo alguien que la libertad hay que mantenerla siempre bajo vigilancia: una palabra tan bella retorcida para beneficio de gentuza tan descerebrada.
Policía, la que vigila el bien de la ciudad, del espacio de todos, que protege a la gente de los abusos. En los escudos de los agentes del orden griegos lo escriben en inglés: police. Porque en griego dicen: astynomia. Ya ven, ellos lanzan la palabra y luego se descuelgan de ella para adoptar otra más propia que nadie excepto ellos tenga. Hellas for ever.