jueves, 12 de enero de 2012

El roscón


Tomó su tiempo y encerró su misterio el roscón de este año. La sorpresa salió muy pronto, casi nada más empezar a cortarlo. Una moneda de oro para atraer a la suerte, o sea, al trabajo. En realidad se trataba de una moneda nueva y brillante, de cobre, de algún país ignoto que por alguna razón yo conservaba metida en un vaso de metal, regalo de un comerciante sirio, de cuando Siria no estaba martirizada por su tirano.
El misterio es dónde habrá terminado el haba y a quién le tocaría. La tradición dice que si te toca el haba, tienes que ocuparte tú del siguiente roscón, el de los Reyes próximos. Para mí que ha habido silencio por parte del afortunado o afortunada que lo encontró. Y, sin embargo, se trata de un hallazgo valioso.
Desde que alguien me leyó -¿o lo hice yo misma?- el cuento de las habas mágicas y el gigante ogro del que apenas me acuerdo, esa leguminosa me resulta atractiva, no tanto para comerla, que también, cuanto para guardarla, oscura y sobada, en algún bolsillo donde pueda encontrarme con ella por sorpresa.
Confesaré que había sustituido el haba estaba por una judía roja, que era lo único que tenía en la despensa cuando metí las sorpresas en el bollo. No creo que me tome mucho tiempo desentrañar el misterio, pero sospecho que la sustitución del fruto puede tener algo que ver con su desaparición.
El roscón estaba rico. 

miércoles, 4 de enero de 2012

Aquellos emisarios misteriosos

Largo camino, largo trecho de infancia
Ajetreo y nervios la noche del 5 de enero. Aún  cuando por la edad, las sospechas sobre su auténtica identidad empezaban a crecer como los hongos en el bosque de otoño. Los polvorones sobre la mesa del comedor, las copitas de anís (cognac para Melchor, que es de gustos clásicos) y algo de paja para los camellos en el suelo, a las patas de la mesa. Esto nunca acabó de convencerme. Yo había sido alimentada con leche de camella en mi tierna infancia y por razones que no puedo explicar, no me imaginaba a las camellas zampando paja, sino que las imaginaba, golosas, mucho más aficionadas al turrón que a otra cosa.
He colgado lamparillas de luz de las ramas desnudas de los fresnos y entre los granados y los palosantos. En Molino está bonito esta Navidad, acogedor, cálido. La gente lo ha pasado en grande. Ahora, en el silencio invernal, lejanos los ecos de las voces festivas, a los misteriosos magos de Oriente les vendrán bien las llamitas que cuelgan de las ramas, tenues pero brillantes, como luciérnagas atrapadas en el cristal.
Que los Reyes Magos, Sus Majestades de Oriente, os traigan destellos de felicidad, los mejores regalos, salud y paz para todos. Y si, además, os toca algo en la Lotería del Niño, miel sobre hojuelas. No me vendría mal a mí tampoco, pero no pido tanto. Mi deseo escondido y silencioso, ya lo saben ellos. Y yo sé, porque les conozco desde hace muuuucho tiempo, que lo tendrán en cuenta y harán cuanto puedan.
Good night, sleep tight! en esa noche de las maravillas. 



miércoles, 7 de diciembre de 2011

Boletus y endrinas para el otoño

Endrinas, membrillos y tres bellotas del camino
He reanudado los paseos diarios por el campo. En los alrededores del molino, el paisaje se ilumina cuando el sol pega contra las hojas que aún resisten de las viñas: carmesí y gualda, sepia y glauco, blancos diversos y sienas... Aunque en ocasiones el viento corta el cutis, aún se dejan los caminos patear por los espigadores de frutos de otoño, como yo. Aunque novata en este deporte, me había prometido no dejar pasar noviembre sin cosechar una buena cantidad de endrinas con vistas a hacer un buen pacharán. Hay por casa un orujo añejo, tanto que ni sé cuánto tiempo lleva ahí, que está pidiendo buena compaña. Un año ya hice la prueba con Marie Brizzard y no me salió malo. Seguramente es una herejía lo que hice, de modo que este año seré más ortodoxa.
Ya de paso, en otro paseo, muy intencionado, ya que fui pertrechada de cesta, cuchillo y guía de micólogo, me adentré en el bosque para comprobar si, en efecto, este año era mal año de setas. Me temo que así es. Las pocas lluvias y su tardanza en caer cuando cayeron, han ocultado las setas, aunque los hongos estén bajo tierra preparándose para el año próximo, o eso espero. Con todo, llegamos a reunir unos cuantos bolets de bou, como los llaman en esta parte de Cataluña, que, mirando en mi guía, parecen unos boletus piperatus, no muy apreciados pero que se dejan comer. Claro, nada que ver con los edulis deliciosos de los bosques de robles y hayas. Espero que tampoco con los llamados "mataparents", a los que se parecen. El caso es que, tras verificación fehaciente por Pere Sagués, mi vecino, que es quien sabe de esto y de la caza del jabalí, los he cocinado y congelado en bolsitas para guisos invernales.
El licor aún no lo he hecho. Tengan en cuenta que tardaré de dos a tres meses en dejarse probar. Ya iré contando. Vale (despedida latina).
Los bolets y unas carnets que me dio Sagués, encontrados en La Mata.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Es un cielo Madrid, y sonríe

Palacio de Cristal, en El Retiro
Querido Molino:

te escribo desde Madrid. Estoy en un hotel de la Gran Vía y, aunque la calle es ruidosa, las ventanas de mi habitación paran el bullicio para que no me moleste. Está genial Madrid, tan animada, tan incansable. Como hormigas, la gente no para quieta en su deambular presuroso para hacer recados, llegar a tiempo a una reunión, buscar la salida más conveniente del metro, preguntar por alguna dirección. Cuando cae la noche y se enfría la calle, iluminan Madrid las caras de los que quieren tomar una copa entre amigos o ver una buena película, asistir a una obra de teatro, en algún teatrito de los cientos que ocupan los rincones más ocultos, algún concierto, un recital de poesía, tal vez. Madrid se despliega en una enorme explanada que ofrece -como en el Rastro al que cantaba Patxi Andion- lo que quiera cada cual.
Esperando el metro cuando la huelga
Me gusta Madrid, donde el tópico de ciudad abierta se ajusta como un guante a la realidad, donde nadie te mira para incomodarte, donde quizás puedan pisarte el pie, sin querer, pero ya vuelven a pedir perdón, ofrecer el asiento en el metro, ceder el paso de una puerta... Y no a un señor mayor sino a cualquiera, a un chico de cresta, también.
No creas que debas sentirte celoso por lo que te cuento, Molinillo. Tú eres tan bonito que no se trata de hacer comparaciones. Solamente quería que supieras que Madrid me trata bien, me acoge y me ofrece una cara sonriente y esperanzadora. Nos viene bien eso, Molino, a ti y a mí. Por eso es bueno que lo sepas.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Al fin, la lluvia


Llueve sobre el estanque

El Molino bebe por fin el agua anhelada desde hace meses. Los kois saltan de un lado a otro del estanque de pura alegría. No ha sido mucha lluvia: han caído centenares de litros por todas partes pero aquí, apenas unas cuantas decenas. No importa; el Molino no es avaricioso, por eso ahora se siente tan feliz. Por la misma razón le ha dejado indiferente el debate acartonado que prepararon políticos y periodistas el lunes, 7 de noviembre, en televisión, muy al gusto norteamericano pero sin la brasa de los yanquis y con una puesta en escena pretenciosa y distante. Despilfarradora y fea.


Roca sobre azúl


Manca finezza en España para todo. Sin embargo, el Molino flota por encima de esa prosa malsonante de la carrera por el control de la miseria española. Es ligero como una pluma de golondrina. Cuando necesito liberarme del fardo que me machaca la espalda y me aplasta el corazón, me gusta escapar al Molino para que me contagie ese aire ajeno al plomo y al azufre que nos invade.
Es como abrir los ensayos de Montaigne, leer un poema de Antonio Machado, ver Qué bello es vivir o escuchar un aria de Mozart. La belleza está expuesta siempre a los ojos que saben mirar y a los oídos que escuchan con el corazón. Pero el empeño gigante de los aplastadores que pagan mal el trabajo, como en China; que rascan avariciosamente los bolsillos de los pobres para engordar sus panzas millonarias, como hace Alemania cuya deuda -superior a la española- la hace pagar al 1 por ciento (frente al 18 por ciento de la deuda griega).


El salto del Molino

Pero dejemos esto que suena inevitablemente a demagogia. Hasta en eso nos la tienen ganada.  La palabra, retorcida por pillos y sinvergüenzas. ¿Quién ha dado permiso para que sólo puedan dar la brasa los PP y los PSOE? ¿Dónde han preguntado al puto pueblo soberano si eso es decente? Seguiré votando fuera de la norma, desde luego. Les dejo estas fotografías del Molino para que se relajen.

lunes, 17 de octubre de 2011

Melancolía del adiós

Cae la tarde y se va la luz del día en el Molino. Con el otoño, se va también el calor de las horas de sol que se había acomodado entre nosotros sin importarle la estación otoñal. El jardín se apaga y gana el silencio todo el espacio, una vez que los pájaros deciden recogerse para la larga noche, bastante fría ya a estas alturas de octubre. El Molino se vende. Sus ocupantes, que amorosamente lo reavivaron y mimaron para que alcanzara todo su esplendor ya no pueden resistir más. Las cosas de los hombres, sus avariciosas ambiciones de tener más contra quien sea, han asfixiado las ilusiones de los habitantes del Molino.
                                                                                                               
Les gusta comer limones y naranjas
 El abismo de querer más sin límites, ser más guapo y más alto, más rico y más famoso. Tener más coches y más motos; más casas, palacios... Más aeropuertos fantasmas, más líneas de tren veloz que China, más miseria para el resto de la humanidad, no importa.

                                *****

Con lo bien que podríamos vivir los que preferimos ser ordinarios y silenciosos, pero felices. Buena música, buenos libros, buenos paseos. Amistad.
Guerrero y Emperatriz juegan despreocupados


Ojala que los kois sigan gozando de su gran charco, felices y ajenos a la crisis. Que la cuitada garza siga visitando el lugar en busca de su bocado favorito, los alevines de carpas, que los escarabajos rinoceronte, los nuncios de la muerte y hasta aquel gran capricornio que encontré una tarde de junio puedan seguir morando estos lugares. Y las vanessa atalanta y las limoneras y la bella antíope; y los pequeños y simpáticos chochines que gustan de anidar cerca del agua del estanque o los lúganos -algún polluelo he ayudado a recuperar su nido-, golondrinas y ruiseñores en junio. Que todos vivan en paz por los siglos de los siglos en el Molino. Ese es mi deseo.
La vieja Granja romana
Las casas y los árboles nos sobreviven. Sólo los animalillos y las plantas: budleyas, ailantos, fresnos y malvas, todos ellos se empeñan en seguir el ciclo de la vida para no dejar desolados los paisajes. Como mi alma en estos días. La vulgar prosa del dinero, el odioso afán mortal de hacer infelices a los demás, la pavorosa noche del hombre, no cesan de fabricar infelicidad por todo el mundo. También en el Molino.
El Molino se vende. ¿Quién querrá comprarlo? ¿Sabrá, quien se acerque a apoderarse de él, lo que encierran sus piedras, su agua, sus hierbas? ¿Querrá conocer la historia de sus habitantes, desde el siglo XVIII hasta aquí? ¿Qué hará con los atardeceres y las mañanas de gloria? Puede que los peces y los pájaros lo miren con curiosidad. Ellos son casi inmortales, como el Molino.
De pronto, con los pasos del verano aún sin borrarse del polvo -tierra sedienta desde abril-, se atisba el frío helador en el recodo del camino. Pintan bastos en todo el mundo. Una especie de vuelta a la edad media, con sus pestes y su miseria, su infinita tristeza, su desesperanza. Mi generación, y otras cuantas, nos habíamos librado de padecer una guerra. ¿Cuántas veces me lo habrá dicho mi padre que tuvo que combatir en una terrible? Que no os toque pasar una guerra, decía al contemplar nuestra desidia. Que no os toque una guerra. Y, mira por dónde, papá, nos ha tocado. Puede que no se oigan obuses lanzando proyectiles, ni bárbaros incendios ni haya millones de prisioneros, cientos de miles de muertos por el fuego enemigo. Pero muertos hay y habrá por falta de pan, por falta de aspirinas. No sólo en la pobre Africa.
¿Qué será del Molino, entonces? ¿Qué, de nosotros?
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viernes, 7 de octubre de 2011

Bodegón de otoño

Membrillos, caquis, tomatitos y uvas de mi huerta
A pasos de gigante se acerca el frío a la Conca de Barberá. Todavía podemos consolarnos con un tibio sol a mediodía pero no valen ilusiones: nos encaminamos al invierno, al frío, a las tardes minúsculas, las largas noches, las mañanas heladoras. La muerte de Jobs -que tenía apellido de santo pacienzudo- no ha parado la marcha de las estaciones. El ya no está aquí para verlo -de hecho, aquí no creo que haya estado jamás, viviendo como vivía en California-, pero el cielo se ha vuelto grisáceo, sopla un viento impío que hace volar las ramas de las palmeras y no apetece nada dejar el calor que emite la bombilla de la lámpara bajo la que escribo esto, para dar una vuelta. Hasta he tenido que meter en casa el semillero de acelgas y puerros para evitar que se queden tiesos. Ya lo exhibiré aquí cuando estén más presentables.
Kenia prueba refugios en todos los rincones. Regalé su cama de Ikea porque pensé que ya no le interesaba. Siempre dormían juntos ella y su hermano en un empeño que no podía ya repetirse porque son mucho más grandes que esa cama. Ahora parece reprobar mi decisión y me restriega sus apuros dentro de esta cesta que estudia minuciosamente para ver de sacarle algún partido.
Mientras esto escribo -al final, me he atrevido a caminar contra el frío viento de las narices- me entero por la radio de la concesión del premio Nobel de la Paz a unas cuantas mujeres de las que no se acuerda ni Santa Bárbara cuando truena. El Nobel de la Paz recupera su sentido este año. Mira que la han fastidiado veces.
Las juergas de las agencias de des-calificación de los países siguen, jaja, jiji, corre el champán que festejan a los tipejos que se están forrando, jiji, jaja. En España envejecemos sin remedio, se muere más gente que nace, los inmigrantes emigran a otros lugares, normal. Todo ello, dicho sobre un machacón fondo de música sobrante que contribuye a aumentar la inquietud y la sensación de malestar. Por suerte, empieza la retransmisión de un partido de fúmbol, así que puedo desconectar -clic- qué paz el silencio. Me retiro a practicar yoga. Yoga y silencio. A ver si recuerdo esta noche quedarme en silencio diez minutos (eso es difícil, ¿eh?) antes de dormir, como hace el Nobel de Literatura de este año, Tomás Transtörm.