viernes, 12 de octubre de 2012

Un paseo vespertino en imágenes

Hacia Poblet

Se  me hizo tarde para el paseo pero después de varios días sentada al ordenador me apetecía mucho estirar las piernas, de modo que no me arredré ante la escapada del sol, cada día que pasa, más veloz. Al tomar la carretera hacia el monasterio caí en la cuenta de que otra vez había olvidado llevar la cámara conmigo. Me da rabia llevar cosas en las manos cuando camino, pero -ja- mi teléfono móvil estaba agazapado en el bolsillo del pantalón, de modo que tomé la foto, casi sin luz, para dejar constancia del cielo que empezaba a pintarse. Chop, chop, chop... sólo el sonido de mis botines sobre el asfalto. 
Una luz se acerca

El cielo se encontraba en estado de gracia, lo noté enseguida. Casi no advertí que se acercaba un automóvil. Lejos de fastidiarme -como acostumbra- esta vez me gustó el sonido mecánico que me recordaba que estoy en cierta civilización. Llevaba un día de silencio y soledad y hasta se agradecía el ruido del motor y ese halo de efecto que produce -¿cómo se llama?; sí, hombre, lo definió Albert Einstein, me parece. Ah, sí: Doppler-.
Se tornan los tintes del cielo
 No sé cómo, pasados cuarenta minutos de caminata, ya fuera del asfalto, campo a través, aunque sin meterme en alturas montañosas, los tonos rosáceos se viran a un intenso amarillo que casi daña a los ojos. La intensidad del color producía una sensación rara de visitar otro planeta; como si algo fuera a transformar la rutina de la tarde en una aventura espacial. Quizás estaba influida por alguna película que vi recientemente.
Transición a otra dimensión
La cosa empezaba a oscurecer demasiado y aún me quedaba un buen trecho de camino. Pero resultaba tan agradable la calidez del color que inundaba el ambiente que ninguna amenaza ninguna inquietud molestaba la velada andariega. La soledad acompañada del cielo me hacía sentir su compañera, su otro yo.
A la vuelta del camino
Y a tan sólo mil metros de casa, el horizonte me regaló con una iluminación mejor, se tragó los ocres y amarillos intensos, esquinó la amenaza del negro y no sé de dónde, alzó a la línea de mis pasos un brillante cielo que me guiaba a casa. Un chocolate caliente (con leche de soja o de avena, claro; o de arroz) y alguna conversación amable. Buena perspectiva. El otoño resuena en buenas vibraciones.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Cosecha (pequeña) de maíz ecológico para palomitas
 El huerto cambia cada día. Después de unas semanas de calor abundante en las que había que regar c asi a diario, bien temprano por la mañana, las nubes le ganan el terreno al sol y preparan el ánimo para el otoño. Animo melancólico como se impone. Cuenta Félix de Azúa, en un articulo influido por su reciente paternidad tardía, que el presente se cubre de ceniza cuando se anhela el pasado como esperanza o vía futura. Sí, parece un galimatías, pero no lo es. Es una descripción de la nostalgia y de la melancolía. Estrenar el mundo, como hace un bebé cuando llega, para enseguida constatar que no era nuevo nada, que todo estaba avejentado por mil guerras y ocho mil miradas previas.
Lanzamiento (simulado) de la primera calabaza turbante del año
Mi huerto es más terrestre, menos  dado a meditaciones filosóficas y dispuesto siempre a ofrecer su mejor cara a quien lo contemple. Ahora, sin disimular su cansancio después del largo y seco verano, el maíz ya está cosechado, las patatas no dieron más que pequeñas chufas para el abono, se malograron las judías verdes sin apenas progresar, pero los tomates han alegrado las ensaladas, por no hablar de las magníficas lechugas maravilla, la rúcula, los rabanitos, las escarolas.Y luego están las calabazas.
Regar el huerto es un rato gratificante de la mañana, cuando hasta los perros están adormilados y los gatos merodean sus platos de comida.El aire es puro, la mañana acaba de estrenarse, es nueva, como el mundo para los recién nacidos. Y hay plazo para respirar hondo, exhalar un suspiro de esos que avergüenzan si se te escapan en público, contemplar el cielo y las nubes tras las montañas y pensar que este nuevo día traerá algo bueno. Entonces, recuerdas que quedaron galletas de cerveza en la caja para desayunar, de modo que limpias las hojas secas de las alcachofas, un poco abandonadas, recompones los palos que sujetan las enredaderas de pepinos, sacas los abortitos de calabacín (demasiada agua en el riego, me temo) y sales pitando, como ahora mismo hago, a desayunarte esas galletas tan ricas. Con té sancha, claro está.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Tarta de manzana vegana
Diversas circunstancias, entre las que cuento la casualidad y el azar, me van haciendo vegetariana. ya me lo advirtió un amigo yogui: "a medida en que practiques yoga verás que dejas de comer animales", pero no le dí mayor importancia, entre otras cosas, porque yo no era una entusiasta de los entrecotes. El pescado, el jamón pata negra, los quesos -cuanto más malolientes (torta del Casar, gruyere suizo, manchego curado de oveja y cabra, parmesano regiano, chaume...)- sí que me encantaban. La profecía de mi amigo se ha ido cumpliendo inexorablemente. 
Pastas de algarroba
Quién me iba a decir a mí que el trozo de medio quilo de excelente idiazábal iba a quedarse muerto de risa en el frigo sin que yo le diera unos viajes a la hora del aperitivo. Con lo fácil que es hacerse un bocadillo y -sobre todo- con lo rico que está. Pues ahí sigue; lo digo para quien le apetezca.
Poco a poco, mi nevera carece de huevos, leche de vaca, yogures de leche de vaca y quesos ni cosa parecida. Tanto es así que he aprendido a prescindir de ellos y a sustituirlos cuando es menester. Dejo como muestra, la tarta de manzana, sin huevo ni leche, y las galletas de harina de algarroba, muy recomendables, por cierto. Y rico, rico, rico... 

lunes, 27 de agosto de 2012

Corría el año de 1978 y yo me encontraba en Ohio, como estudiante de intercambio en la Universidad de Toledo. Se empeñaron en que lo conociera a pesar de que me producía algo de vergüenza ir con ellas. Tuve que acceder.¡Era un honor! El no accede fácilmente a estas entrevistas. Muchos quieren conocerle, verle, estrechar su mano. Me convencieron. No aceptar habría sido una descortesía morrocotuda. Con que, allá que fui, una vez engalanada con alguna falda presentable que aún cupiera en un cuerpo asombrosamente engrandecido de hechuras gracias a los deliciosos helados de mantecado con almendras y a la indescriptiblemente adictiva mantequilla de cacahuete, una delicia vegana.
En menos de veinte minutos, atravesando un delicioso parque de arces de cuyo nombre -maldita sea- me he olvidado, llegamos a su casa. Ding dong, y tras breve espera, allí estaba él. Abrió la puerta mostrando una de sus mejores sonrisas. Dientes blanquísimos, ojos tan claros que parecían de extraterrestre. Neil Armstrong en persona. Una velada inolvidable. Charlar con el hombre que pisó  la luna fue casi como estar en ella ( con la de veces que me habían dicho, de niña, que yo andaba siempre por el susodicho satélite terrestre) . ¡Lastima -¿verdad?- que no haya foto de ese encuentro! Tenía 48 años. El; yo, muchos menos.

lunes, 13 de agosto de 2012

Van creciendo los melones "piel de sapo"
Tarde perezosa de agosto. Fuera calienta el sol y empieza a levantarse un airecillo compasivo que parece querer calmar al ferragosto feroz. Suena Erik Satie en el tocadiscos patata que tengo sobre el alféizar de la ventana. He comido demasiadas avellanas tostadas y ahora me pesa el estómago y la conciencia. Pero, gracias a las notas de las gymnopedies me siento leve, ligera la carga de mi ser y estar sobre la tierra. ¿Cómo será -si es que es- estar debajo? Entonces, va el pianista y ataca una gnosianne. Y vuelve la sonrisa. Mientras tanto, ahí afuera, las ramas de la truhana se mecen por el viento. No va a haberla, pero sería perfecto que hubiera tormenta. A propósito, ¿no son acaso preciosos mis pepinos?

domingo, 8 de julio de 2012

Mucho trabajo pendiente en el jardín
(Esta entrada se quedó rezagada sin que lo advirtiera, desde el principio de la primavera; el jardín tiene ahora un aire mucho más respetable. Como tengo sueño, la cuelgo ahora que tiempo habrá de escribir otra)
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Ha hecho calor de verdad hoy. Se respira ya la pólvora del pistoletazo de salida de la primavera. De modo que me he dado una vuelta por el jardín y el resultado es desolador: hay tanto trabajo que no sé por dónde empezar. Si al menos tuviera una buena guadaña como la que le pintan a una de las Parcas famosas.


Daños en la valla
Sopla el viento, el que debe de estar asolando las costas inglesa y francesa, dando a la tarde una sonoridad rara. Me molesta el viento, sobre todo cuando crece a velocidades de vértigo, amenazando el gran ciprés que, a su vez, lleva camino de cargarse la valla. Creo que sólo la sujeta la enorme glicina que la abraza con fuerza. Ha florecido, por cierto, y ya se percibe la fragancia violeta por todo el jardín.


Los gatos han decidido regresar a la prisión. Agazapados en el tronco de la vieja acacia, no se sentían a gusto en medio de la ventolera. Entran a casa y lo primero que hacen es dejarse caer al suelo para revolcarse a placer. Supongo que quieren dejar claro que es suyo. El suelo, y el cuarto y los muebles y la casa. Son los dueños de todo.


Los perros están callados, seguramente duermen la siesta, atados en su caseta de ladrillo y tejas de verdad. La caseta de Waldo y Niebla debe de tener ya más de ochenta años. Ha criado líquenes en el tejado y tiene aire de respetabilidad. 
Creo que he comido demasiadas avellanas. Voy a mover el esqueleto y a trabajar en el jardín.

jueves, 21 de junio de 2012

Peonias blancas en jarrón japonés sobre la mesa del comedor
La noticia de la enfermedad de mi querida prima nos ha volcado a todos en la búsqueda de los remedios que, ajenos a la convención de la academia, alivien su dolor y la reconforten en los malos tragos. Lo cierto es que esa búsqueda nos ha empujado a saber y querer saber más de la medicina tradicional que también practicaban nuestros abuelos; no hay que irse a los ayurvedas indios ni a los yaquis ni a los chamanes siberianos.
Desde hace tiempo, me sentía atraída por la dieta vegetariana y, a pesar de mi inclinación por el jamón llamado "pata negra", auténtica joya celestial de la gastronomía patria, me ha costado poco esfuerzo darme cuenta del sufrimiento que hay que infligir a un ser vivo e inteligente -el hermano chancho- para producir ese manjar. Hace meses que no pruebo nada de lo que cause dolor a otros.
Mucho más difícil ha sido renunciar a los quesos -esas maravillas de la naturaleza láctica- especialmente el manchego de oveja y vaca, el flor de Esgueva, el parmigiano regiano, el gruyère suizo y la torta de Casar. Pero también han quedado atrás con el pretexto del colesterol malo que no quiere abandonarme ni a tiros. Así que, sustituí, por consejo de mi acupuntora china, el café con leche por el té verde sencha solo,  los filetes de ternera por lonchas de seitán, el jamón pata negra por nada (es insustituible) y la mantequilla por el rico tahini del que tampoco hay que abusar, pero abuso.
He aprendido a hacerme yo misma -con ayuda de la tecnología alemana, lo admito- las bebidas de soja, arroz, almendras, avena, alpiste, etc y hasta me he aventurado con yogures home made y quesos. Ahora, que me he apuntado a un foro de vegetas, la emprenderé con una receta de gruyere vegano, cuyo aspecto me atrae; ya veremos, el sabor. Les mantendré informados de mis actividades molineras, en caso de que haya alguien ahí, todavía.