Notas del Molí del Salt, Vimbodí, desde la campiña que rodea la abadía de Poblet
miércoles, 28 de abril de 2010
De sapitos y culebras
martes, 20 de abril de 2010
¿Estuviste en la cola de Velázquez?
Parece que, al igual que en los primeros años del primer gobierno socialista, cuando era ministro de Cultura, o así, el inefable Javier Solana, en que se formaban esas colas impensables ante una expo de Velázquez, o se pagaban unos cachés inéditos en el mundo entero por escuchar a Yehudi Menuhin, pues al igual que entonces, ahora hay que apuntarse a los eventos necrológicos de carácter cultural."Al cabo, nada os debo, me debeis cuanto escribo", y tanto.
Este es el país en el que vivimos: o aplastado por la vil pedantería de los que se creen elegidos de los dioses o abandonado de la plebe soberana que prefiere mirar la caca televisiva o jugar a vidas virtuales antes que pararse (si no va conduciendo un coche), bajo un olmo viejo (si es que queda alguno), junto al río (si no huele a podrido), abrir un libro (de papel, si quedan) a leer (si es que se acuerdan)unas cuantas líneas de un buen autor (si es que saben reconocerlo) que reconforte sus vidas (si es que han advertido estar necesitados de confort).
Perdonen el cabreo. Es una patología que me ataca de vez en cuando. Será el dolor de España del que hablaban los del 98. O mi impaciencia o la envidia que me provocan otras sociedades más razonables pero quizás menos disfrutonas que la nuestra.
Tienen razón: mejor colas ante Velázquez que nada. Mejor asistir a homenajes de escritores desaparecidos que nada. Igual se pega algo y nace el deseo de leer, qué gran regalo.
jueves, 1 de abril de 2010
Czeslaw Milosz
Qué día tan feliz.
Se disipó la niebla temprano, yo trabajaba en el jardín.
Los colibríes se detenían sobre las madreselvas.
No había nada en la tierra que deseara tener.
No conocía a nadie que valiera la pena envidiar.
Olvidé todo el mal acontecido.
No me avergonzaba pensar que era el que ahora soy.
En el cuerpo no sentía ningún dolor.
Al incorporarme, vi el mar azul y unas velas.
Berkeley, 1971
Traducción de Xavier Farré
martes, 23 de marzo de 2010
Nada que temer
Estoy leyendo un libro de Julian Barnes (en la foto, con su hermano mayor y su bisabuelo): "Nada que temer", lo han traducido. El británico trata de acercarse a la muerte para ver si se le quita el miedo. Su tesis es que los creyentes, a pesar del consuelo de creer, tienen más miedo que los agnósticos. Pero, cuando parece muy seguro de esto, se le atraviesa una duda, ¿y si aunque seas agnóstico la muerte te aterra? El tono del libro, a pesar de todo, es humorístico en el muy clásico estilo ingles que me encanta. Debiera ser menos perezosa y leerlo en inglés, de hecho. Pero soy tan perezosa...Barnes parte de una frase que se le ocurrió un día y que mostró a su hermano para saber su opinión: "No creo en Dios pero le echo de menos". El hermano, dotado de un claro sentido práctico, le soltó que le parecía una chorrada como una casa. Resulta divertido leer las digresiones que se le ocurren a Julian con las salidas de tono de su hermano. Qué bien lo cuenta. Seguiré con el libro, aunque cuando lo tomo, por la noche, arrebujada en la cama, me dura solamente un par de páginas. Y así no hay quien avance.
Por el momento, lo que sé es que el humor de Julian Barnes me gusta más que el de David Lodge. Me parece más familiar. Atrás, muy atrás, quedan las risas que me producía el viejo Wodehouse. Y, curioso, no le pillado la gracia a Tom Sharpe, quien, por cierto, tampoco encontró gracioso el apagón de hace semanas en Cataluña, donde vive desde hace años. Y se hizo oír a pleno pulmón. Debe andar ahora escribiendo otra de sus sátiras escatológicas a cuenta del asunto. Esa no me la pierdo. No sigo más porque no puedo: Kenia acaba de acomodar su cabecita en mi mano derecha y se vuelve muy difícil continuar.
Que los dioses les sean propicios.
lunes, 15 de marzo de 2010
El DDT y los muchos canales
Yo creo que por entonces, todabía se usaba el DDT para matar moscas y otros bichejos domésticos la mar de molestos. El insecticida se aplicaba al aire, por medio de un cilindro de unos 20 centímetros de largo por seis de diámetro, que en su extremo descansaba sobre otro cilindro más pequeño, aunque de igual grosor, que confería al artilugio cierto aire de cañón de juguete. De ese cañón salía un líquido letal -se supo mucho después- no sólo para los mosquitos.
El perfume era inconfundible: irrespirable durante minutos. Había que salir en estampía del cuarto, "hasta que se airee un poco", decían.
Luego llegó el UHF. ¡Ah, el UHF! Menudo avance, y lo que nos hizo sufrir la larga espera del UHF, anunciada su llegada una y otra vez sin que aquello tomara nunca cuerpo. Pero llegó. Justo cuando la programación de la única caja tonta se había más que gastado entre festivales de folklore y concursos de sabihondos, aunque a mí el señor que sabía tanto de pajaritos me gustaba un montón. Con lo feíllo que era el pobre, pero cuánto sabía de pajarillos. Sí, el UHF nos liberaba un poco de la programación convencional: más documentales, más programas algo más rarillos, mejor.
Todo esto viene a cuento de algo que ya habrán ustedes adivinado, claro. En casa hemos estado unas semanas sin ver la tele con el apagón analógico, así llamado. No una ni dos, sino varias semanas en las que hemos tenido que recurrir a la red para saber si iba a nevar al día siguiente. ¡Qué precariedad! Sin embargo, no puedo culpar de eso a nadie salvo a mí misma, que no he mostrado el menor interés en evitar esa ausencia televisiva.
Ahora que ha venido un técnico muy amable y nos ha colocado bien los aparejos de la antena -castigada por la nieve y los vientos- se ven 42 canales, más los 65 del Astra, un satélite alemán, por lo visto, al que estamos relacionados por una antena parabólica que se empeñó el Galeno en que compráramos muy barata. Menuda monserga. No hay espíritu noble que aguante el zapeo de tanto canal, de tanta basura. De modo que la tele permanece oscura y callada la mayor parte del tiempo. Pero, eso sí, esta vez, con posibilidad de apagar más de 100 canales. Ahí es nada. Casi preferiría volver a los tiempos del DDT.
viernes, 12 de marzo de 2010
Requiescat in pacem
