He ido a visitar los Durero -Eva y Adán- recién restaurados por Maite Dávila en el Museo del Prado. Junto a ella han trabajado arduamente los componentes del equipo del gabinete técnico fundado por Carmen Garrido y José María Cabrera, hace muchos años. Un equipo espléndido en el que figura también el carpintero que se ha hecho cargo del soporte de madera en el que Durero pintó esta maravilla.
Lo que choca es que al entrar en el espacio donde se encuentran las dos tablas, sea la espalda de las misma lo que primero se muestra. También ha habido mucho empeño en que la opinión pública crea que lo que merece la pena de ver es la recuperación del soporte. En ello algo tiene que ver un personaje polémico: el conservador de madera del Metropolitan Museum de Nueva York, George Bisacca del que se cuenta que puede vender a su propia madre si el negocio le sale rentable.
También se ha dado bombo y platillo a que la Fundación Getty ha financiado la recomposición de la madera, y sí, muy bien. Pero la gente no quiere ver la madera sino la pintura y la pintura está relegada a un segundo plano. Sean dadas las gracias al pillo Bisacca y a la espléndida Getty, pero ¿por qué los jefes del Prado han ninguneado a los magníficos profesionales del Gabinete Técnico del Museo del Prado que es uno de los mejores (y con menos medios) del mundo? Total, que si Dávila hubiera nacido en otro país, ahora sería reconocida por muchos. Pero ha nacido aquí, de modo que está deseando jubilarse para dejar atrás las mezuquiondades de la lucha por el poder en El Prado y en cualquier oficinilla oscura. Vanitas vanitatis.
Ante la insidia y la injusticia, lo mejor es dejar que la Navidad alumbre y caliente nuestras vidas, amigos.
Que sea así esta noche buena para todos.
Notas del Molí del Salt, Vimbodí, desde la campiña que rodea la abadía de Poblet
viernes, 24 de diciembre de 2010
jueves, 16 de diciembre de 2010
Un encuentro fortuito
Poco acostumbrada como estoy a la civilización, la visita semanal a Barcelona se convierte para mí en una fiesta, una ocasión de pasear, mirar, buscar algo que me hace falta, como una cuchara de palo o un tirador de cajón. Hasta hay días en que me da tiempo de ver una película en el Alexandra, que es un cine que me gusta mucho. ¿Les he contado alguna vez lo que me pasó en el Alexandra, una mañana en que fui a ver "El gran silencio"?
Pues, ahí estaba yo, en primera fila, viendo ese film sobre el silencio, tomando como asunto la vida de los monjes trapenses de la cartuja de, vaya, se me olvidó el nombre, pero está, creo al norte de Francia, ¿o quizás, en Suiza? Es lo de menos. La película de Philip Groening, dura más de tres horas, pero yo estaba preparada, después de un año intenso y fructífero en pranayama y meditación. Cuando transcurrieron los primeros treinta minutos, de pronto, me acordé. Pero, ¿seguro que no les he contado ya? Es que tengo la impresión de déjà dit. Pues sigo.
Por Dios bendito, ¡me había dejado la cacerola de legumbres en el fuego, en casa! Yo vivía ese año, hace cuatro, en Barcelona. Me subieron calores por el cuerpo hasta las mejillas, me puse en lo peor: se habrá quemado todo, estará ardiendo la casa entera, algún vecino habrá llamado a los bomberos... y así.
Sin embargo, espoleada por la rabia contra mi misma por el despiste, salí reptando de la sala para no molestar, en medio del silencio, y volé, más que corrí a pillar un taxi que me dejó en diez minutos ante mi casa:
-"No apague el motor. Salgo enseguida", dije al conductor. Subí de tres en tres los banzos de la escalera, abrí a la primera la puerta, entré en la cocina y todo estaba en orden, como si nada. Cerré la llave del gas y bajé a la misma velocidad, ante los incrédulos ojos del taxista que se disponía a encender un cigarrillo temiendo una espera medianita.
A los otros diez minutos, veinte en total, entraba al galope en el cine. Le empezaba yo a indicar al empleado lo sucedido cuando él mismo me invitó a entrar de nuevo:
-"Sí, sí. Ya la he visto a usted salir en estampía hace cinco minutos (¡!). Pase usté, pase", me animó muy amablemente. Y así lo hice. Volví a imitar a los indios navajo para no interrumpir con mi cuerpo la narración silenciosa que contemplaban montones de pares de ojos extasiados (la sala estaba a rebosar) y disfruté del resto del film como si nada hubiera roto la continuidad.
Pero, ¿por qué les decía esto? Humm, fuga de ideas, jo.
Ah, sí. Entré en Flash flash a comer, la tortillería que queda frente al Giardinetto, un bar de antiguas luces, que gustaba frecuentar la intelligentzia barceloní, y me encuentro con Rafael Argullol ante un bonito plato de verduras de colores. Sorpresa, beso, saludo, palabras y alegría por el encuentro después de tanto tiempo.
Comoquiera que este blog le debe al de Chiqui la existencia, me he visto en el deber de contarlo. Aunque tengo la incómoda sensación de que me he ido por los cerros de Úbeda, que son unas laderitas de monte bajo, muy agradables, por donde se perdían algunos parlamentarios del Forges, a menudo.
Todo, con tal de que ustedes lo pasen bien.
jueves, 9 de diciembre de 2010
Sinsabores
He cometido un error que daña a una persona querida. Una tontería: he equivocado -incomprensiblemente- el paquete que debía traerle, de modo que no podrá cumplir una obligación importante, como tenía previsto. ¿Habrá otra oportunidad para hacerlo? Lo desconozco. Me lo había recomendado tanto y yo estaba tan segura de que traía lo requerido que aún ahora, mucho después de reparar en el error, no puedo reconstruir el proceso del desaguisado. Desalentador que ocurra esto cuando tienes las pestañas quemadas del humo de mil batallas. Triste, tener que dar la mala noticia.
Es inevitable cavilar en la de veces que no se presta atención suficiente a las palabras de los otros. La de veces que no se produce una recepción del mensaje en el proceso de comunicación. Sólo la impresión de haber comprendido. En medio, múltiples interferencias que tienen que ver con el ruido ambiente, con la dispersión de las ideas -fuga de ideas, espetan los psiquiatras-, con la nebulosa configuración de la mente en el mundo moderno.
Una vez les conté que me gustaba fregar los cacharros a la hora elegida por mí, porque lo tomaba como un acto de meditación. Me pasa cuando recojo las hojas secas del otoño en el jardín, y en los paseos por el monte, o campo a través, del pueblo hacia el molino o del molino al pueblo. Me apabulla comprobar la de horas de meditación que me quedan para captar una molécula de realidad, un trozo de vida real. Tan inmersa en no sé qué mundo me encuentro.
Yo quería hablarles de las mulas y los muleros que trabajan estos días en el bosque, limpiando la madera en que la nieve pasada convirtió árboles enteros, grandes ramas de encina, pino, roble, chopo, cedro... Pensaba decirles que me gustan esos animales, mitad yegua, mitad borriquito, ojos grandes, oscuros, morro amoroso, corpachón protector. No necesito imaginarles un cuerno cónico y largo en medio de la frente para verlas como animales mitológicos. Quería brindar por ellas con ustedes, mientras las imagino, descansando en su aprisco de piedra y maderas, a la espera de otra mañana fresca, fragante, en que desperecen sus patas mientras arrastran troncos en el bosque.
Pero se me ha cruzado esa otra noticia. Ya ven cómo es de errática el alma mía.
Es inevitable cavilar en la de veces que no se presta atención suficiente a las palabras de los otros. La de veces que no se produce una recepción del mensaje en el proceso de comunicación. Sólo la impresión de haber comprendido. En medio, múltiples interferencias que tienen que ver con el ruido ambiente, con la dispersión de las ideas -fuga de ideas, espetan los psiquiatras-, con la nebulosa configuración de la mente en el mundo moderno.
Una vez les conté que me gustaba fregar los cacharros a la hora elegida por mí, porque lo tomaba como un acto de meditación. Me pasa cuando recojo las hojas secas del otoño en el jardín, y en los paseos por el monte, o campo a través, del pueblo hacia el molino o del molino al pueblo. Me apabulla comprobar la de horas de meditación que me quedan para captar una molécula de realidad, un trozo de vida real. Tan inmersa en no sé qué mundo me encuentro.
Yo quería hablarles de las mulas y los muleros que trabajan estos días en el bosque, limpiando la madera en que la nieve pasada convirtió árboles enteros, grandes ramas de encina, pino, roble, chopo, cedro... Pensaba decirles que me gustan esos animales, mitad yegua, mitad borriquito, ojos grandes, oscuros, morro amoroso, corpachón protector. No necesito imaginarles un cuerno cónico y largo en medio de la frente para verlas como animales mitológicos. Quería brindar por ellas con ustedes, mientras las imagino, descansando en su aprisco de piedra y maderas, a la espera de otra mañana fresca, fragante, en que desperecen sus patas mientras arrastran troncos en el bosque.
Pero se me ha cruzado esa otra noticia. Ya ven cómo es de errática el alma mía.
viernes, 3 de diciembre de 2010
Los fríos de Madrid, el calor del metro
Hacía un frío en Madrid de bigotes. El frío era de bigotes, no que Madrid tuviera bigotes esa tarde . Había quedado con mi hija en La Mallorquina, a merendar. Sólo si se es de fuera se puede cometer el error de quedar a merendar en La Mallorquina, ese café de la Puerta del Sol, frente a la salida del metro (o la entrada, según), cercado de vendedoras de lotería de Navidad. Pero yo me considero de fuera, llevo 4 años en el exilio, y quedé ahí.
Tuvimos que esperar unos minutos a que se vaciara el puente -o sea, el salón de arriba, para mí como el puente de una embarcación- porque aquello estaba de bote en bote. Señoras que empezaban sus compras y señoras que terminaban sus compras; señores barrigudos que acompañaban a las señoras que acababan sus compras, damas solitarias que apuntaban la lista de regalos que tendrían que comprar y así, un largo etcétera, amigos.
Madrid se pone imposible por Navidad, tópico repetido ad livitum: imposible por Navidad. Y, naturalmente, "Navidad" se puede considerar ya este primero de diciembre. Manda carallo, cuando yo era chica ("ya estamos con la manía de regresar a la Prehistoria", oigo murmurar) Navidad empezaba más justo, cuando el clima estaba más en sazón, más ambientao y tal. Ahora, empieza cuando lo deciden los centros comerciales. Manda carallo. Yo, por eso, llevo varias navidades que no gasto un ochavo en Navidad. Es para fastidiar.
No sé a quién: creo que al sistema, en general. El sistema está resultando bastante defectuoso, con sus crisis financieras, sus devastadoras operaciones especulativas, sus depredaciones varias, su condena a la miseria a masas de personas, su musiquita y su canesú. De modo que lo que en mis años de estudiante ("¡y daaaale!") era la consigna de todo progre que se preciara, hoy se ha vuelto obligación moral de quienes nos vamos dando cuenta, por fin, de qué iba esto, como dijo Gil de Biedma, muy querido por estas páginas.
Como mejor se puede chingar al sistema es dejando de consumir, amigos. No me refiero al pan ni a la leche de soja, ni al té ni a los tomates. Ya saben a qué me refiero: a descubrir el encanto de aquél jersey viejo que nuestra madre nos tejió con lanas recicladas de varios colores, tan chic que puede llegar a ser si una se lo propone; a aprender a apreciar esos zapatos arrugaos que dan calorcillo aunque avergüence un poco llevarlos a un cóctel o a una vernisage de pintor en el candelabro. Siempre se puede optar por pasar del pintor del candelabro e ir a una expo de, pongamos por caso, Durero, al que ya no le importa cómo lleves los zapatos siempre que estén bien limpios.
Los japos lo llaman wabi shabi, o parecido: aprender a apreciar la belleza de lo viejo, algo roto, imperfecto, arrugadillo. Es asombroso lo que un ser humano puede afinar cuando dedica tiempo y esfuerzo a fijarse en lo que normalmente nos pasa desapercibido: los sonidos del silencio, por ejemplo. Y en ésas andaba yo, una vez despedida de mi retoña, por los pasillos del metro de Madrí, cuando el silencio de mis pasos sin charleta, de mis cavilaciones en medio del gentío apresurao de Sol, suenan unas percusiones molonas, africanas, chulis.
Ahí estaba él, Carlos, tocando su plastifón, un invento propio fabricado con botellas y cacharros de plástico reciclado de diversas formas y tamaños, bien ensamblados en una mesa baja como soporte. Qué sonido más bueno saca de ese amasijo ordenado de bidones. Me lo he traído aquí, después de una pequeña charla con él, de soltarle un luro y de desearle buena suerte. Un tipo que se las arregla para comer cada día en el subsuelo de la ciudad dura y amable que es Madrid.
Buena suerte a todos.
sábado, 13 de noviembre de 2010
Un sueño africano, una pesadilla
Siempre me sentí muy orgullosa de ser africana. Cuando, de pequeña, en el colegio, me preguntaban por el lugar donde había nacido me las arreglaba para embellecer con imaginación las calles, ya de por sí encantadoras de mi Chauen natal. Cuando, a los trece, supe que podríamos mudarnos a la antigua Villa Cisneros la emoción me embargó durante unos días. Me despedí de mis compañeras de clase con la promesa de que les escribiría cartas estimulantes cargadas de exotismo y aventuras, personajes de novelas y animales raros. Pero duró poco porque mis padres decidieron que no aceptaban ese destino. Algún retazo de conversación había yo captado entre mi madre y mi tía Amparo, a la vuelta de un rincón del salón, en casa. "¿Imaginas la educación de tus hijas en ese lugar durante tanto tiempo? ¿Qué será de ellas?" Puede que sea mi calenturienta imaginación pero me quedó el sonido de esas interrogantes que sonaban amenazadoras. En mis sueños, una plaza con palmeras y algún tamarindo, sol de primavera y aroma de galán de noche. El color amarillo y el sonido de un español hablado con gracioso acento. Yo creo que se trata de Lima pero jamás he estado allá. Era un sueño recurrente que dejó de visitarme hace ya muchos años. Lima y mi idea de Villa Cisneros. ¿Qué va a ser de los saharauis? ¿Esperarán a ser abducidos por Marruecos o se lanzarán a una guerra civil? Morir matando, dice el bobo. Quizás no quede otra salida.
domingo, 7 de noviembre de 2010
Hacia el Oriente, cuenta atrás
Estoy algo nerviosa ante un viaje largo que me tomará casi un mes fuera de casa y que exige de mí cierta preparación a la que no estoy dedicando el tiempo necesario. ¿Cómo es posible que un día tenga 24 horas, de las que solamente 8 las ocupo descansando, y no me dé tiempo a hacer nada? Es una pregunta aparentemente retórica y sin embargo confío en que un alma caritativa ensaye una respuesta que me haga ver la luz. Nada nada no es exacto, algo haré; me propongo siempre escribir las cosas que he hecho durante el día, aunque sean nimias, pero después no me acuerdo de hacerlo. O no me apetece porque estoy cansada. Pero, ¿cómo demonios puedo estar cansada si no hago nada en todo el día?
Como en los sueños, cuando las cosas no suceden como una quiere, se tuercen, se empeñan en volverse desagradables, así me van perturbando pequeñas cosas, tonterías, compromisos, obligaciones absurdas. Lo más fastidioso es que sé que preparar este tipo de viajes con el detenimiento requerido es la cosa que más me gusta. Me propongo hacerlo y, de paso, dejar de dar la lata a mi alrededor con la queja repetida.
Voy a Corea, con la intención de visitar el Paralelo 38º, y a Vietnam.
Es un viaje de trabajo, nada de turismo ni diversión. Bueno, la diversión es, precisamente, este tipo de trabajo. Me siento afortunada y agradecida a la suerte por poder hacer este viaje. Esto me trae inmediatamente a la cabeza esa canción de Violeta Parra, cantada por ella, con esa voz casi quebrada, suave, juvenil. Bella voz.
¿No les he dicho nunca que me encanta la voz humana? No todas, claro. Encuentro en el sonido de la voz humana los matices que me traen las mejores imágenes de lo divino y lo humano. Seguramente, lleva razón mi amiga Bhavana en que todos tenemos un destino escrito, un derrotero del que nada sabemos pero que se cumple indefectiblemente.No es determinismo, exactamente; es una especie de deriva acorde a nuestras características, nuestra personalidad que se va forjando a lo largo de los primeros años de nuestra vida.
Cuando era chica (como dice Chiqui), escribía cuentos. Una vez, escribí un cuento en forma de cómic, con dibujos que yo misma hacía, que se llamó: "La señorita de la radio". Recuerdo bien la vergüenza que pasé cuando ví que mis padres lo habían descubierto y que lo leían, encantados, un tanto sorprendidos de lo bien dibujado que estaba. Usaba las grapas del ABC, el periódico al que estaba suscrito mi padre entonces. "El ave que pasa por debajo de la puerta de casa". Me hacía polvo los dedos para clavar la grapa en las hojas del cuaderno donde escribía mis cuentos. No había esas pequeñas grapadoras que ahora son tan baratas. En una de aquellas limpiezas de verano que hacían historia, mi madre tiró los cuentos a la basura. Nada que reprocharle, que conste. Papelajos que atraían a las cucarachas, seguramente. Aunque confieso que ahora le echaría una ojeada con gusto.
Pasaron muchos años y entré en la radio a trabajar. Como si yo misma hubiera escrito mi destino. ¿No será que en aquel cuento infantil yo ya planeaba algo de mi propia vida? Por otra parte, mi madre nos entretenía, a la hora de la merienda, con la radio. Escuchábamos al "Zorro, zorrito, para mayores y chiquititos". Rueda por ahí uno de esos correos con anuncios antiguos de la radio, en el que sale la grabación de ese programa. Me dio un vuelco el corazón cuando apareció en mi PC. En la boca, un sabor a bocadillo de queso con membrillo. Humm...
Pero, ¿a cuento de qué les suelto toda esta historieta? Probablemente sea ésa la causa de que mi tiempo encoja tanto. Lo fácilmente que me enrollo, me entretengo, me distraigo, me lío, me enredo, me entusiasmo con miles de cosas distintas y dispersas. Puede que esa sea, precisamente, mi medida. Pues, si es así, se la brindo a ustedes. Os la brindo con gusto, amigos.
Como en los sueños, cuando las cosas no suceden como una quiere, se tuercen, se empeñan en volverse desagradables, así me van perturbando pequeñas cosas, tonterías, compromisos, obligaciones absurdas. Lo más fastidioso es que sé que preparar este tipo de viajes con el detenimiento requerido es la cosa que más me gusta. Me propongo hacerlo y, de paso, dejar de dar la lata a mi alrededor con la queja repetida.
Voy a Corea, con la intención de visitar el Paralelo 38º, y a Vietnam.
Es un viaje de trabajo, nada de turismo ni diversión. Bueno, la diversión es, precisamente, este tipo de trabajo. Me siento afortunada y agradecida a la suerte por poder hacer este viaje. Esto me trae inmediatamente a la cabeza esa canción de Violeta Parra, cantada por ella, con esa voz casi quebrada, suave, juvenil. Bella voz.
¿No les he dicho nunca que me encanta la voz humana? No todas, claro. Encuentro en el sonido de la voz humana los matices que me traen las mejores imágenes de lo divino y lo humano. Seguramente, lleva razón mi amiga Bhavana en que todos tenemos un destino escrito, un derrotero del que nada sabemos pero que se cumple indefectiblemente.No es determinismo, exactamente; es una especie de deriva acorde a nuestras características, nuestra personalidad que se va forjando a lo largo de los primeros años de nuestra vida.
Cuando era chica (como dice Chiqui), escribía cuentos. Una vez, escribí un cuento en forma de cómic, con dibujos que yo misma hacía, que se llamó: "La señorita de la radio". Recuerdo bien la vergüenza que pasé cuando ví que mis padres lo habían descubierto y que lo leían, encantados, un tanto sorprendidos de lo bien dibujado que estaba. Usaba las grapas del ABC, el periódico al que estaba suscrito mi padre entonces. "El ave que pasa por debajo de la puerta de casa". Me hacía polvo los dedos para clavar la grapa en las hojas del cuaderno donde escribía mis cuentos. No había esas pequeñas grapadoras que ahora son tan baratas. En una de aquellas limpiezas de verano que hacían historia, mi madre tiró los cuentos a la basura. Nada que reprocharle, que conste. Papelajos que atraían a las cucarachas, seguramente. Aunque confieso que ahora le echaría una ojeada con gusto.
Pasaron muchos años y entré en la radio a trabajar. Como si yo misma hubiera escrito mi destino. ¿No será que en aquel cuento infantil yo ya planeaba algo de mi propia vida? Por otra parte, mi madre nos entretenía, a la hora de la merienda, con la radio. Escuchábamos al "Zorro, zorrito, para mayores y chiquititos". Rueda por ahí uno de esos correos con anuncios antiguos de la radio, en el que sale la grabación de ese programa. Me dio un vuelco el corazón cuando apareció en mi PC. En la boca, un sabor a bocadillo de queso con membrillo. Humm...
Pero, ¿a cuento de qué les suelto toda esta historieta? Probablemente sea ésa la causa de que mi tiempo encoja tanto. Lo fácilmente que me enrollo, me entretengo, me distraigo, me lío, me enredo, me entusiasmo con miles de cosas distintas y dispersas. Puede que esa sea, precisamente, mi medida. Pues, si es así, se la brindo a ustedes. Os la brindo con gusto, amigos.
miércoles, 27 de octubre de 2010
Los amigos y el sabor de las galletas
Avanza el otoño imperturbable, acompañado estos días de un fuerte viento que baja la temperatura y reemplaza por todas partes en pocas horas las hojas recogidas y quemadas la semana pasada. Lo bueno es que recoger hojas me gusta y me hace disfrutar del sol en la fría mañana de octubre. He pensado, mientras rastrillaba el suelo húmedo y perfumado, en una reciente visita de mis amigos de cuando entonces. Y se me han agolpado imágenes de aulas y pasillos de la facultad de Ciencias de la Información, hace treinta años, antes de que abandonáramos el campus de la Complutense.
Suenan campanillas, baila el rosal en el jardín, ladran alegres los perros, allá y aquí, tralará, tralaríííí.
Sonará a "moño" -como se dice ahora de lo sentimentaloide- pero aseguro que ha sido emocionante, aunque no tanto como para llorar en plan Desatinos al dejar la cartera ministerial. Carmelo, que fuera corresponsal en Washington para la 1, Adolfo, director de una prestigiosa revista médica, Pilar gran jefa de un alto organismo oficial de muchas páginas, José María, productor de lo mejor que se ha hecho en TVE (y algo de lo peor, probablemente, también), Cruz, supremo de economía en tierras de Oriente, grupo al que se unió Carmona para darle la sal andaluza que siempre es menester cuando se administra bien, como hace ella.
No es que no nos hayamos visto alguna vez en los madriles por el empeño de alguno para dar buena cuenta de platos merecedores de nuestro apetito, no. Pero es que el molino nos ha acogido a todos, en su seno, acunado en sus camitas, cobijado con su calor y premiado con sus despertares de bruma y sol, de agua y rosas (el vino ya nos lo pimplamos por la noche). Hacía mucho, mucho tiempo que no estábamos juntos tanto rato, discutiendo de qué escritor es digo de llevar tal nombre o de qué famoso artista dejó de serlo cuando dejó asomar su bigotillo facineroso. A qué director de periódico habría que pasar por las armas (bueno, a tanto no llegó la cosa, pero casi) y a qué periodista valía la pena llamar así. Manu Leguineche se salvó de la quema, hay que decirlo cuanto antes. Pero, pocos más.
¡Cuánto tiempo sin estas acaloradas discusiones que me retrotrajeron a mi casi adolescencia! Qué melancólico sentimiento de combate dialéctico. Hasta Marx y Freud dieron con sus barbas en el coso, donde evolucionaron en un par de pases brillantes por parte del silencioso Cruz, más hijo pródigo que el resto, más remiso al viaje al que al fin sucumbió con buen pie.
Se atropellan las conversaciones -por llamar así a la competición ruidosa por hacerse escuchar- cuando hay tanto que se ha quedado en el tiempo de silencio entre nosotros, pero qué bien se tolera esa verbena cuando sobrevuela la alegría por medio como para aflojar tensiones antiguas creadas en nuestro cuerpo y nuestra alma simplemente por los años vividos, los trabajos peleados.
Quizás es cuando una le echa años al curriculum cuando cae en la cuenta de que vida no hay más que una, que se cuela entre los dedos la muy resbaladiza, que ocasiones como la que acaba de sucedernos se dan pocas en realidad. Aunque ahora creamos que todo puede repetirse hasta la saciedad y el infinito con sólo un click. He aprendido, al fin, a pesar de las veces en que me hizo hincapié en ello mi abuelita, que la vida es única, los momentos ricos, también. Y que ni la tecnología más divina puede devolvernos el esplendor en la hierba, la gloria de la flor, cuando se van. Para siempre.
Exactamente igual que le ha pasado a las galletas María (Fontaneda). Ya no saben como sabían. Han sustituido el aceite por "grasas comestibles vegetales". Menuda cosa. De ellas me queda el recuerdo y la pena de no vover a probar el sabor tan rico de la primera (solía comérmelas a decenas). De mis amigos, compañeros de mi vida, tengo la alegría de comunicarles a ustedes que me queda su presencia, por muchos kilómetros que nos separen. Sentir que no estoy sola. Qué bueno es eso.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




